Aparecen en México fotografías inéditas del poeta andaluz realizadas por el periodista gráfico Tomás Montero Torres
Hay poetas que, pese a contar con una obra amplia, el conjunto de esta se ve eclipsado por un libro en particular, un poema concreto. El caso de Pedro Garfias es uno de ellos: autor de otros poemas antes y después, su recuerdo lo asociamos siempre a una elegía muy justamente alabada, epítome del exilio: Primavera en Eaton Hastings. No corresponde esta a su etapa española ni a la mexicana, inicio y final de su carrera, sino a ese interludio terrible, porque era cuando empezaba a sentir el arañazo de la pérdida, en una pequeña localidad cercana a Oxford y acogido a la hospitalidad de lord Faringdon en aquel lugar en el que antes que él vivió brevemente Luis Cernuda y después de él Arturo Barea. De aquel destierro de Garfias en Inglaterra habló Pablo Neruda en sus memorias, Confieso que he vivido, donde evoca su capacidad de comunicación con un tabernero local; extraño diálogo, pues ni aquel sabía español ni inglés nuestro poeta.
He escrito “nuestro” poeta, y digo bien, porque Pedro Garfias es poeta español y mexicano, y da gusto compartir su legado a horcajadas del ancho océano. Nacido en Salamanca, el escenario de buena parte de su infancia y juventud se desarrolló en Andalucía. El destino lo zarandeó y él sustituyó la tasca de su tierra nativa por la cantina (en medio, ya dije, el viejo pub inglés). Garfias fue uno de aquellos que con la derrota de la República arribaron al puerto de Veracruz en el Sinaia, como Juan Rejano, Manuel Andújar o Ramón Gaya, en una travesía narrada por Andrés Trapiello en su novela Días y noches. Garfias escribió en su poema “Entre España y México”, a bordo de aquel barco:
Qué hilo tan fino, qué delgado junco
—de acero fiel —nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
España que perdimos, no nos pierdas,
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga,
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta…
La vida bohemia de Garfias, siempre escribiendo en papelitos que escribía aquí o allá y allá o aquí perdía, lo llevó por diferentes lugares de su país de adopción, de la Ciudad de México a Monterrey, donde murió, pasando por otras ciudades como Guadalajara, donde tiene un busto en una glorieta que se abre a la avenida Chapultepec. Hay otro busto suyo, menos impresionista e indómito, en el Parque España de la capital mexicana. En el archivo del gran fotógrafo Tomás Montero Torres (1913-1969), que lo mismo retrató a Cantinflas que a Pedro Infante, a Lola Flores o Estrellita Castro de gira en México, sin olvidar a braceros y desheredados, han aparecido también dos imágenes de Garfias, más que bustos, porque en una posa de cuerpo entero y en la otra de cintura para arriba. Aunque en las dos dimensiones de un negativo, de una cartulina, tienen además una tercera dimensión, relieve: a Garfias se le ve vivo, como que casi se le puede tocar.
No están fechadas estas fotos tomadas por Montero Torres, pero deben de ser de muy finales de los cuarenta o de primeros de los cincuenta, si se compara el físico del poeta con otras que conocemos de aquella época. A diferencia de varias de grupo en las que aparece él, aquí lo tenemos solo, trajeado como era norma de la época pero con una corbata de fantasía que le aporta un toque artístico, un poco de dandi. Contra esto conspiran sin embargo su cuerpo grueso y algunas manchas, roces e hilos sueltos en pantalones y chaqueta. De los zapatos, sus andariegos zapatos, nada vemos. Probablemente estarían lustrosos, tras el trabajo de un boleador. También seguramente estarían gastados, asendereados como se decía de los héroes de antaño.
Montero Torres consiguió con estos dos retratos los mejores que se conocen del poeta (como también hizo con Cernuda en fotografías que me confiaron sus herederas y se publicaron por primera vez en el libro publicado por la Fundación Cajasol A Luis Cernuda desde Sevilla, 1963-2013, coordinado por Ismael Yebra). Una cosa no logró, sin embargo: arrancar una sonrisa a quien no en vano tituló su último libro Río de aguas amargas (1953), poco más tarde, presumimos, de esta sesión que lo fija contra la voluntad destructora del tiempo. Ni un excelso fotógrafo puede en el instante de encuadrar y pulsar el disparador borrar la tristeza acumulada en el corazón de un hombre.
En el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy honradas por la colaboración del escritor, traductor, ensayista y poeta español Antonio Rivero Taravillo. A lo largo de su trayectoria ha sido galardonado con diversos reconocimientos, por la calidad de sus publicaciones, entre ellos el XX Premio Comillas de la editorial Tusquets por su biografía sobre el poeta Luis Cernuda, el Premio de la Feria del Libro de Sevilla 2011, el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías por Cirlot. Ser y no ser de un poeta único y el II Premio de Aforismos Rafael Pérez Estrada, por la colección Especulaciones ciegas, en 2017. Gracias a él, este artículo también fue publicado en el prestigioso Diario de Sevilla: https://www.diariodesevilla.es/ocio/Pedro-Garfias-retratos_0_1579344404.html
Relativamente hace poco tiempo, conocí a Martha Montero. Su sensibilidad por las letras y el amor por el archivo de su abuelo, que amorosamente custodia con sus primas Silvia y Julieta y su hermana Claudia, me convencieron para colaborar con este pequeño ensayo. El tema es por demás apasionante para mí: fotografía y toros. Espero no defraudar la memoria del archivo y que haya valido la pena la espera.
A propósito de este ensayo vuelvo a las páginas del libro de Ernest Heminway, Verano peligroso, que en principio había sido concebido por la revista Life para un artículo del famoso mano a mano entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, en aquel caluroso verano de 1959. Hemingway volvió a España para realizar el encargo buscando la juventud de aquellos años mozos, en que se acercó por primera vez a la fiesta de los toros. Sin embargo, esta vez no encontró aquel efecto, por el contrario, aquella búsqueda de juventud la halló en los resabios de la “locura y la muerte”, tal como lo apunta James Michener, amigo personal del escritor y quien realizó la nota introductoria en lo que se convirtió en este pequeño libro, veinte años después de aparecer en la prestigiada revista norteamericana. “La obra fue un placer melancólico por ver al envejecido Hemingway, campeón de la prosa precisa y fuerte, convertirse en un ensalzador parlanchín de su propio pasado (‘Pamplona. El vino era tan bueno como cuando teníamos 21 años, y la comida tan maravillosa como siempre. Había las mismas canciones. Las caras que fueron jóvenes eran ahora viejas como la mía, pero todo el mundo recordaba cómo éramos’). El famoso estilo sobrevive, pero como algo puramente mecánico”.
Sin embargo, el encargo literario y el propio papá Hemingway consiguieron sus objetivos. Para la revista, una publicación poderosa de uno de los literatos norteamericanos más prestigiados del siglo XX. Y para el escritor, al hallar sus orígenes, la melancolía y el camino a la muerte, como los toreros, jugándosela a cambio de la suya propia por una de sus grandes pasiones, la escritura.
Hemingway hizo un recorrido de buena parte de la temporada taurina al lado de estos dos diestros de la tauromaquia y dio cuenta a detalle de cada una de sus actuaciones. Para terminar su ensayo se valió de las fotografías de algunos de los momentos más gloriosos de cada uno de ellos, rematando así el resultado concluyente de su prosa infalible. Hizo con las imágenes y dejó para la posteridad, un imaginario verás y contundente de la fuerza de estos titanes taurinos, pero también perpetró una huella a través de estas fotografías acerca de las intenciones de aquel encuentro portentoso: el empoderamiento de una primera figura que llegaba para reclamar el trono y la decadencia de los últimos años del talento del que tuvo y retuvo, pero que la edad, como al propio Hemingway, le exigía una retirada pronta y mayormente digna.

La biografía de Tomás Montero Torres señala, que al fundarse la escuela de periodismo Carlos Septién, se convirtió en uno de los primeros profesores de enseñanza fotográfica y que por su cercanía y amistad al propio Septién se permitió cubrir el fotoperiodismo taurino por mucho tiempo. Sin embargo, esa vocación ya lo había volcado años antes a registrar el espectáculo de los toros, ya fuera en las tientas de los campos de Conejo, propiedad de Chafik, donde un joven Arruza despotricaba arte y sentimiento ante las vaquillas y las paellas; en momentos gloriosos como la despedida de Silverio Pérez, el Compadre, o en la cercanía de las actuaciones de la torera norteña Juanita Aparicio.
La fiesta de los toros posee muchas aristas y la mayoría de ellas, sino es que todas, de gran valor y ligadas a una buena cantidad de las actividades culturales que realiza el hombre. Sin embargo, a su alrededor giran mitos y decires que la demeritan y otros más que simplemente no se sostienen. Pero hay un hecho contundente que continua vigente, y que la atosiga, el machismo.
Héctor Cedillo comenta al respecto que, “la historia conservadora decía que el toreo se inventó para demostrar el valor de los hombres ante una bestia, pero las luchas incansables de algunas mujeres valientes en España provocaron ‘una revolución’ para que poco a poco pudieran torear, pese a las prohibiciones políticas impuestas desde el siglo XVIII. Si para un hombre es un reto convertirse algún día en matador de toros, para una mujer lograrlo es todavía más complicado pues, además de jugarse la vida ante un toro, tienen que lidiar con el obstáculo del más complicado machismo; impuesto lo mismo por empresarios, que por compañeros de profesión, apoderados y hasta por el mismo público”.
Rezando con sus padres antes de partir a otra corrida
Juanita Aparicio
La historia de la tauromaquia señala que a lo largo del tiempo se tiene registro de por lo menos dos mil mujeres que han dedicado su vida a la lidia taurina, y que pese a todos los obstáculos han demostrado con creces sus dotes de matadoras. España, Portugal, Francia, Estados Unidos, Latinoamérica y, por supuesto, México, han sido semillero de grandes toreras, que con sus actuaciones han dejado una huella indeleble en el imaginario taurino.
Existen registros memorables de toreras en diferentes tiempos que, con sus actuaciones, ya sea a pie o acaballo, se han convertido en referencia obligada para todos aquellos que gustan de la fiesta. Por recordar algunas, la “lámina 22” de su serie La Tauromaquia de Francisco de Goya, que realizó como homenaje al valor de la torera Nicolasa Escamilla La Pajuerela, quien lidió y picó a un astado en el coso taurino de Zaragoza, España; o aquella en que la joven rejoneadora peruana Conchita Cintrón desbordó las tribunas de la Plaza “El Progreso”, en Guadalajara, en la víspera navideña de 1939, al despachar dos astados sobre las monturas de sus cuacos “Ojitos” y “Morenito” o recientemente las actuaciones, por demás sobresalientes, hasta jugarse la vida, de las españolas Cristina Sánchez y Mary Paz Vega, además de las mexicanas Hilda Tenorio y Lupita Sánchez.

El punto es que las mujeres enfrentan la tauromaquia con la misma prestancia que cualquier matador. Se juegan la vida y realizan el toreo verdad con el arte y la valentía que la fiesta exige. Muchas veces superando las labores del trasteo de algunos “maletillas”. Alguna vez la propia Cintrón comentó que había toreros tan malos, que pronto habrían de subirse a un caballo para recorrer las praderas, mientras ellas y su “femineidad” ocuparían los sitios de honor en el ruedo.
Y un ejemplo por demás particular es el de la torera mexicana Juanita Aparicio, que con sus dotes de caballista logró transmitir su vocación torera en cualquier coso en donde se apersonara.
Aparicio nació en Monterrey, Nuevo León, el 27 de enero de 1935. Hija del torero y charro Francisco Aparicio. Como buena charra comenzó a torear a caballo. Debutó a los 12 años haciendo suertes con la reata. Ese día y con el beneplácito del propio Carlos Arruza, quien la apadrinó, despachó un becerro para un festival de periodistas organizado por la Asociación Nacional de Charros. Y de ahí para el real.
Cuenta la propia Aparicio que el ambiente era “de hombres” y que todo pintaba en su contra. Aun así, demostró casta y supo plantarse. Su consolidación no tardó en llegar. El mismo año de su presentación, en diciembre, le abrieron una fecha en la monumental “El Progreso” de Guadalajara. Con un dejo de incredulidad, los diarios locales anunciaban su presentación para el día 6: “Por fin hoy sabremos a qué atenernos con el toreo femenil, que nos demostrará que puede ser tan serio y emotivo como el de los hombres, según informan quienes ya la han visto actuar. No se trata de una rejoneadora más, sino de una mujer que en realidad sabe lidiar toros bravos y hacerles lo que pueda hacer un diestro o por lo menos que no hace del toreo femenino una pachanga”. Ese día alternó con los matadores Carlos Barros y Manuel Barbosa, con toros de la ganadería de Don Miguel Franco. Y vaya que triunfó. Toreó de manera “elegante, seria y artística”. Al primero de su lote le cortó un apéndice y con el segundo, vuelta al ruedo por fallar con la espada. Su triunfo la llevó a repetir para el 19 de diciembre con igual suerte. De hecho, desde entonces se ganó el mote de “la reina azteca del toreo mexicano”, comparándola con la diestra peruana Conchita Cintrón, quien ya tenía un lugar ganado en la fiesta, gracias a su talento y al apoyo del matador Chucho Solórzano.
El 14 de septiembre de 1953, el diario jalisciense El Informador comentaba de la presentación oficial de la torera en la Plaza México, después de 45 novilladas: “La joven torera de 17 años estuvo muy bien con su primer enemigo, al que toreó muy lúcidamente de capa y le hizo muy buena faena de muleta, en la cual resultaron varios magníficos derechazos, naturales y trincherazos, arrucinas y torerísimos de pecho con la izquierda. Estuvo regular con el estoque; ovación y vuelta al ruedo. En su segundo se mostró acertada en todo momento, ante la mansedumbre del novillo; mató bien y volvió a ser muy aplaudida”. Su debut la empoderó como una leyenda a partir de ese día, después de lidiar con un burel llamado Pimiento, de la ganadería de Santa Marta.
Cortó su primer apéndice el 27 de septiembre de ese mismo año. Compartió cartel con Carlos Cruz Portugal, Rubén Salazar y Javier Maceira. Lidió dos astados de Cerro Gordo y le cortó una oreja a su primero, de nombre Jazminero.
Dos años más tarde, ya como figura del toreo mexicano, el 25 de septiembre de 1955, le cortó las orejas y el rabo al becerro Bailador de la ganadería de Coaxamalucan. Alternó esa tarde con la artista norteamericana Bette Ford y completaron el cartel los novilleros Enrique Esparza y Antonio García. Ford se hizo célebre por algunas participaciones esporádicas en películas y series, de muy poco lustre. De hecho, tuvo más adeptos por el documental, The Beauty and the bull, de 1954, que se realizó por su paso en el toreo. La pieza cinematográfica no fue muy afortunada, ya que en varios momentos se ve cuando los novillos le propinaban sendos “arrastrones”.
Aparicio toreó también en varias ocasiones en distintas plazas de Centro y Sudamérica, destacando una tarde en Caracas, donde compartió cartel con la estadounidense Patricia Mc Cormick.
Su carrera llevaba muy buena proyección, sin embargo, las constantes trabas que se fue encontrando por el hecho de ser mujer la llevaron a anunciar su retirada en la Plaza “El Toreo” de Cuatro Caminos, en 1957. Dos años después regresó para retirarse definitivamente.
En el archivo de Tomás Montero Torres aparecen varias series fotográficas de algunas de las presentaciones de Aparicio en diversos cosos: las mencionadas en Guadalajara alternando con Carlos Arruza; en 1955 en la Monumental México durante su presentación con Bette Ford y, por supuesto, en la fecha de su despedida, en 1957.
De pie, el público le brinda una cálida despedida
Juanita despidiéndose de la afición taurina
Periodistas y fotógrafos registrando la despedida
De pie, el público le brinda una cálida despedida
Juanita despidiéndose de la afición taurina
Periodistas y fotógrafos registrando la despedida
Sin embargo, de todo este universo llama la atención una de las series, que posteriormente se convertiría en un fotorreportaje realizado en varios escenarios: su rancho, su casa y en un centro comercial publicitando su despedida. Pero ¿qué es lo curioso de estas imágenes fotográficas? Y, sobre todo, ¿qué se quería enseñar con estas imágenes a sus seguidores?
En su rancho: éstas parecieran las imágenes más normales acordes a su oficio. La matadora aparece con su padre y mentor al lado de sus hermanas. Sin embargo, ellas, ataviadas con vestidos de calle posan para la foto; Juanita con una pañoleta en la cabeza y con botas cortas. Ninguna prenda de usanza torera; en otra pareciera que su padre le da indicaciones del paso y, otra más, dando un pase por alto al natural a un mozo que porta una cornamenta.
Juanita Aparicio
Juanita Aparicio
Juanita Aparicio
Una de sus hermanas la ayuda con la práctica del capote
Juanita con sus padres y una de sus hermanas
En su casa: aparece dando pases de “feminidad”, ya haciendo un pastel; presumiendo un obsequio; sentada en la cama exhibiendo su capote; cociendo a máquina su terno; en familia, y frente al espejo arreglando su peinado para vestir de luces (todo indica que se preparaba para salir a la presentación en público para publicitar su corrida de despedida) y asistir a una entrevista radiofónica para la estación Radio Mil. Por último, realiza los rituales de la fe ante sus devociones religiosas, antes de aparecer majestuosa en la escalera de su casa ataviada al estilo campero-charro, para deleite de la lente que la esperaba para fotografiarla.
Con sus padres y una de sus hermanas
Leyendo una de las revistas ilustradas de la época, la Revista América
En varias labores "del hogar" para validarse como mujer, pero torera al fin y al cabo
En el centro comercial: Ante un letrero que anunciaba su presencia, Aparicio firma autógrafos para sus seguidores y un periodista radiofónico da cuenta de los hechos.
Firmando autógrafos en un evento que formó parte de su despedida taurina
La sesión fotográfica se verificó dos días antes de su despedida. Ésta aparecería posteriormente bajo el título: “Corrió a los hombres”. El artículo fue escrito por el célebre cronista taurino Rafael Morales “Clarinero” y, por supuesto, con fotos de Tomás Montero Torres. Algunos de los pies de imágenes causan hilaridad al paso del tiempo: “No mienten los cronistas taurinos al afirmar que los ángeles torean” (al posar una gaonera); “Que muerte mayor que dejar de verla” (al interpretar la muerte suprema con la toledana); “El natural se vuelve sobrenatural” (al modelar con el capote el pase con su hermana, que le auxilia con la cornamenta).
Lo curioso de las imágenes surge a partir del propósito de mostrar a una estrella del toreo que, con una intención, quizá velada, pretende desmentir a los aficionados taurinos y convencerlos, realizando una crónica detallada de que se trataba de una mujer, y que por el hecho de ser matadora de toros no permitió mostrar el abandono de sus trastes hogareños. Contrariedades y estigmas de los tiempos, que por fortuna para la fiesta y para muchos ámbitos más, se han ido borrando.

Para el Archivo Tomás Montero Torres es un honor contar con la participación del Doctor en Historia Carlos Silva, coordinador de Gestión Cultural de la Subdirección General de Patrimonio Artístico de la Dirección de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Es, además, colaborador de diversos diarios nacionales y autor de libros como El diario de Fernando; las biografías de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Gonzalo N. Santos; La Independencia de México; 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debe saber, Los días que cambiaron México y, entre otros, Álvaro Obregón, ranchero, caudillo, empresario y político. Fue director de la Colección 20/10 Memoria de las Revoluciones en México, y desde hace más de ocho años dirige su propio sello editorial Quinta Chilla Ediciones.
El reportaje sobre el estudio Dibujos Animados de México S. de R. L., que resguarda el Archivo Tomás Montero Torres, documenta uno de los episodios más curiosos de la historia de la animación mexicana. Las 35 fotografías que lo integran registran un día en la vida del estudio fundado en 1947 por un grupo de entusiastas mexicanos, entre los que destacan Carlos Sandoval, Claudio Baña, Leobardo Galicia y Jesús Sánchez Rolón.
ARCHIVO TOMÁS MONTERO TORRES COPYRIGHT ©
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Los cinco formaron parte de Caricolor, empresa fundada en 1943 por Santiago Rechi con el propósito de proveer de cine animado al trabajo publicitario que hacía con POSA S.A. (Publicidad Organizada S.A.) y para el que trajo a México a destacados animadores estadunidenses, como Pete Burnes, Rudy Zamora, Carl Urbano y Manuel Moreno.
El descubrimiento de Cantinflas por Reachi y el magnifico negocio que representó el cómico para el empresario, hicieron que éste se desinteresara de la animación y cerrará Caricolor. Fue entonces cuando varios de sus trabajadores consiguieron que les vendiera el stand de animación y la cámara multiplano a un precio muy razonable y fundaron Dibujos Animados de México S.A.
La flamante empresa se instaló en unos galerones de madera propiedad de la familia de Leobardo Galicia. Baña era el director y Sánchez Rolón el coordinador general. Al poco tiempo se incorporaron Carlos Sandoval e Ignacio Rentería y otros jóvenes como Fernando Castro, Ricardo Fernández y Ernesto López (hermano del destacado fotógrafo Nacho López).
El galerón que ocupó Dibujos Animados de México
Parte del equipo de colaboradores del estudio
En la época, el periódico Novedades dio cuenta del trabajo de Dibujos Animados de México, como si se tratara del primer estudio de animación que se hubiera establecido en el país: “Sí señores –escribió un redactor anónimo–, la industria cinematográfica de México cuenta con una nueva rama, o sea, lo que México esperaba: películas de dibujos animados con sabor a nopalitos compuestos, mole, memelas y todo el encanto nacional”.
Carlos Sandoval recordaba que, pese a que “los recursos económicos eran muy escasos”, Dibujos Animados emprendió varios proyectos. Uno de ellos fue un noticiero cómico protagonizado por el reportero Estrella. Se terminaron varias secuencias, pero debido a que su producción se llevaba de tres a cuatro meses, las noticias ya habían perdido actualidad al exhibirse y el proyecto fracasó.
En 1949, el productor Arturo Ripstein contrató a Dibujos Animados para resolver las secuencias en que un mosquito atormentaba a los protagonistas de El diablo no es tan diablo. Se trataba de la primera vez en la historia del cine mexicano que se integraban dibujos animados y acción viva. Cuando el trabajo ya estaba prácticamente listo, un incendio provocado por la colilla de un cigarro dejada caer en un cesto lleno de micas de dibujo destruyó todo lo hecho, aunque las llamas no afectaron a la cámara. Para sorpresa de los animadores, Ripstein refinanció el trabajo y finalmente el film se concluyó. López recordaba que “fueron unos dos minutos de producción y espantoso lo que salió, pero el gesto de Ripstein fue muy bonito”.
“La falta de recursos –escribió Sandoval en su “Crónica de los dibujos animados en México”, publicada por la UNAM en 1992– y las necesidades urgentes de cada uno de nosotros hicieron que poco a poco el grupo fuera desintegrándose, al ir encontrando acomodo en las revistas de historietas y en otros ambientes que nos permitían sobrevivir, y Dibujos Animados languideció y finalmente se extinguió”.
Los jóvenes animadores que participaron en la aventura protagonizarían otros muchos episodios de la historia de la animación mexicana, como cuenta el libro El episodio perdido, Historia del cine mexicano de animación.
La legendaria cámara multiplano, que se salvó del incendio y aparece retratada en el reportaje de Tomás Montero Torres, pasaría por diferentes estudios y todavía en los años ochenta del siglo pasado fue utilizada para la realización de Crónicas del Caribe, producida por el Taller de Animación A.C., que ganó el Gran Coral en el Festival de La Habana en 1982.
(*)Para el Archivo Tomás Montero Torres es un verdadero honor haber contado con la colaboración del investigador Juan Manuel Aurrecoechea, a quien agradecemos profundamente su contribución para seguir dando a conocer el acervo.
Las magníficas fotografías de Tomás Montero Torres dan cuenta del momento en que el cineasta Luis Buñuel, junto a sus colaboradores y staff, aborda el avión de la extinta compañía Aerovías Reforma hacia Manzanillo, para el rodaje de Robinson Crusoe en 1952. Fue la primera película a color que realizó el aragonés mediante la tecnología Pathecolor, basada en la célebre novela de Daniel Defoe publicada en 1719 sobre un náufrago inglés que sobrevive largo tiempo en una isla desierta.
En una de las imágenes aparece el mismo director en la escalerilla del avión junto a una azafata y al actor Jaime Fernández, quien encarnó al personaje de Viernes, el salvaje nativo que se vuelve sirviente y compañero de Crusoe. En otra de las fotografías, la misma azafata da la bienvenida al actor irlandés Dan O’Herlihy, quien llevó el papel protagonista, y al fotógrafo Alex Phillips.
Luis Buñuel, junto a sus colaboradores y staff, al aborda el avión de la extinta compañía Aerovías Reforma.
Después del triunfo internacional que Luis Buñuel consiguió con Los olvidados (1950), la película que lo regresó al mapa del cine mundial, pudo filmar en México con constancia y mayor libertad. Además, en 1952 recibió la oportunidad de filmar Robinson Crusoe, su primera película en lengua inglesa de las dos que haría, pues la otra fue The Young One (1960)
Fue una coproducción de México y Estados Unidos que se filmó en las costas de Colima, cerca de Manzanillo, además de los Estudios Tepeyac y el Bosque de Chapultepec. El proyecto tuvo un largo rodaje de tres meses —del 14 de julio al 16 de octubre— algo muy poco habitual para el estándar de la época y menos para el estándar mexicano, pues el mismo Buñuel aseguró en su libro de memorias Mi último suspiro, que normalmente sus películas mexicanas no superaban los 24 días de filmación:
“El productor Georges Pepper y el famoso guionista Hugo Butler, que hablaba de corrido el español, me propusieron la idea de Robinsón Crusoe. Poco entusiasmado al principio, empecé a interesarme en la historia durante el transcurso del rodaje, introduje algunos elementos de vida sexual (sueño y realidad) y la escena del delirio en que Robinsón vuelve a ver a su padre.
“Durante el rodaje, que se desarrolló en la costa mexicana del Pacífico, no lejos de Manzanillo, yo me hallaba prácticamente a las órdenes del operador jefe, Alex Philips, un americano que vivía en México, especialista en primeros planos. Se trataba de una especie de película-cobaya: por primera vez en América, se rodaba en Eastmancolor. Philips esperaba mucho tiempo antes de decirme que se podía rodar (y de ahí la duración de la realización, tres meses, caso único para mí) y las tomas salían para Los Ángeles todos los días.
“Robinsón Crusoe tuvo mucho éxito en casi todas partes. La película, cuyo coste no llegó a trescientos mil dólares, fue pasada varias veces en la Televisión americana. En medio de algunos recuerdos desagradables del rodaje — obligación de matar a un pequeño jabalí—, recuerdo la hazaña del nadador mexicano que franqueó las altas olas al principio de la película doblando a Robinsón. Durante tres días al año en el mes de julio se alzan olas enormes en este lugar de la costa. Fue un habitante de un pequeño puerto, adiestrado en este ejercicio, quien las franqueó magníficamente.”
Según consignan Tomás Pérez Turrent y José de la Colina en su libro Buñuel por Buñuel, la filmación sólo en Colima duró un mes y medio, en buena medida porque el fotógrafo canadiense (no era americano, como lo describió Buñuel) que estaba radicado en México desde la década de los 30, era muy perfeccionista con la luz y las locaciones y había días en los que sólo filmaban un solo plano:
“Por ejemplo: yo elegía el sitio donde filmar; Alex medía las luces y me decía que allí las sombras no convenían para una película en color. Yo le respondía que eligiera él un lugar parecido, pero sin esos problemas. Alex se iba a explorar y yo me sentaba a beber un par de cervezas. Muy avanzado el día, llegaba Alex. Había encontrado un buen sitio, aunque un poco lejos. íbamos a verlo y estas idas y venidas demoraban la filmación. … A veces caminábamos una hora por la selva, detrás de Alex, para lograr un solo plano muy corto. Otras, cuando llegábamos al sitio elegido por Alex, él de pronto ponía cara de disgusto: el sitio ya no se veía como antes, porque en una hora había cambiado la luz […] Tardábamos horas para filmar un plano brevísimo en que Robinson disparaba a una ardilla o se rascaba una oreja.
La adaptación de la novela estuvo a cargo del propio Buñuel, Luis Alcoriza y el ya mencionado Hugo Butler bajo el pseudónimo de Philip Ansel Roll, toda vez que era uno de los guionistas perseguidos por el macarthismo y se había establecido en México, como lo hicieron Dalton Trumbo y otros.
Según consigna Emilio García Riera en su Historia Documental del Cine Mexicano, la película fue muy exitosa en varios países del mundo e incluso fue presentada en los festivales de Venecia y Punta del este, donde fue premiada con una mención.
El paso de Buñuel por Colima que se muestra en las fotos de Tomás Montero Torres es un buen pretexto para recordar la versión fílmica que hizo el genial director de Robinson Crusoe, una de sus obras menos mencionadas en la actualidad, pero que posee varios elementos que la vuelven interesante y divertida.
(*) Hugo Lara es crítico de cine e investigador, es fundador director del portal especializado en cine correcamara.com.mx y también es director de películas como Cuando los hijos regresan (2017). Para el Archivo Tomás Montero Torres es un verdadero honor y un gran privilegio contar con su colaboración.
Hace 5 meses conocí a Silvia Sánchez Montero, nieta de Tomás Montero Torres, reconocido fotógrafo mexicano en los años 50. Silvia y su familia se hacen cargo de todo lo relacionado al archivo fotográfico de Tomás, asegurando así que la herencia artística que dejó lo mantenga con vida de muchas maneras.
El hombre en la imagen es el Dr. Atl (agua en náhuatl), vulcanólogo, yerbero, astrólogo, revolucionario y hechicero de Guadalajara, México. El Dr. Atl estudió filosofía en Roma y Derecho en París. En 1907 regresó a México para involucrarse en algunos de los más importantes movimientos intelectuales de la época, que ayudarían al surgimiento de la Revolución Mexicana.
En vísperas revolucionarias, el Dr. Atl se convirtió en uno de los aliados de Venustiano Carranza, volviéndose una pieza potencial política.
Como pintor, Atl comienza su carrera en 1920, influenciado principalmente por Nahui Olin, quien más tarde intentaría asesinarlo mientras dormía, resultado de una tormentosa relación. El Dr. Atl muere en 1964 debido a causas respiratorias ocasionadas por las emisiones de los volcanes.
La primera vez que vi esta foto quedé cautivada por la composición y la manera en la que las luces y los colores convierten al Dr. Atl en casi un personaje de algún cuento sacado de un sueño. Pregunté a Silvia si me permitría trabajar con dicha foto. Ella y su familia accedieron e inmediatamente sometí la imagen a cirugía en Photoshop, para dividirla en capas y posteriormente darle un efecto 3D en After Effects. Por último, agregué un sutil humo para darle vida a la pipa de Atl.
Gracias familia Montero por la confianza. Quedo contenta de haber trabajado en tan magnífica fotografía.
(*) Janine Hidalgo es fotógrafa y actualmente colabora en la Fundación Elena Poniatowska. Entre otras virtudes, se especializa en este tipo de intervenciones digitales. Si quieren ver más de su trabajo pueden buscarla en Instagram como @Hidalgo_Janine
Leer la lista de películas que produjo CLASA en su larga historia, es como una guía mínima del cine máximo que México realizó antes de la reciente ola de nueva producción que ha ganado laureles internacionales: “Ojos tapatíos”, “Doña Bárbara”, “El Corsario Negro”, “La barraca”, “Encadenada”, la enorme “Salón México”, “Peregrina”, “Viajera”, “Tequila” y “La tarea”, entre muchas otras. Títulos que son parte del registro emocional e imaginativo de lo que los mexicanos somos, sentimos, pensamos y, también, de lo que soñamos.
En esta colección de fotos no vemos a las grandes estrellas, que son parte de otro brillante legajo del Archivo Tomás Montero Torres, sino a los soldados de a pie en ese ejército de artesanos que contribuyen a la existencia del cine.
A pesar de lo que las tías solteronas piensan de nosotros, los profesionales que nos dedicamos al cine no trabajamos (todos) vendiendo palomitas o robándole besos a las boleteras, sino que la industria se integra por una amplia variedad de profesionales que, atrás del juego de sombras magníficas que son las películas, ponen cuidado y paciencia en la edición, corte, mezcla sonora y –antes, nostalgia aparte– en los procesos de revelado fotoquímico e impresión de negativos que, al final, cuando la lamparita parpadea a sus rigurosas veinticuatro veces por segundo, nos abren la puerta a mundos diferentes.
El implacable avance de la tecnología le da un valor adicional al registro que Tomás Montero dejó de esas especialidades industriales. En un mundo digital, donde millones de minutos por día se producen y suben fácilmente a toda clase de sitios web y redes sociales, el cuidado y dominio técnico que se adivina en estas fotos queda grabado para siempre.
En esos tiempos, las cámaras eran unos artefactos inmensos, construidos con acero y lámina, insonorizados con pesadas mezclas de hules, que requerían a tres o cuatro personas solo para moverlas de sitio.
Mirar a través del visor para encuadrar requería de una habilidad especial, porque las cámaras no tenían sistemas que permitieran ver exactamente el cuadro que se filmaba, sino que hacían uso de visores de paralaje.
Nuestros tiempos, veloces como un tren sin freno, permiten que editemos una película entera desde la comodidad de un escritorio, con las sencillas acciones de presionar una tecla, colocar el cursor de la computadora aquí o allá, pero en las fotos de esta colección vemos a una cortadora de negativos, una especialista en mirar los pequeños cuadros que formaban las escenas, colocar una navaja o tijera en la posición correcta, y snip-snip, cortar la imagen, dejando dentro todo lo que contaba la historia y fuera todo lo superfluo.
Por cierto, también sirven las fotos para llevar un registro de los lugares que ocupaban mujeres y hombres en esa industria ya desaparecida.
Las manos pequeñas, finas y con dedos más delgados de las mujeres se prestaban magníficamente para manipular, cortar y pegar negativos; es así que la mayoría de las mujeres que trabajaron en ese tiempo lo hacían en los laboratorios o los cuartos de edición.
Los hombres, a quienes la sociedad de la época consideraba más fuertes, se encargaban de las pesadas máquinas de rodaje y de los brutos, reflectores enormes que recibieron ese nombre precisamente porque su tamaño y peso requería de mucha fuerza bruta para cargarlos.
Así, las fotos nos enseñan también una estratificación social, basada en roles tradicionales desempeñados por cada sexo, que afortunadamente hoy han sido desbordados por una realidad en la que las mujeres aceptan y dominan gustosas las actividades que requieren fuerza bruta.
Esta parte de la colección amplísima de fotos que dejó tras de sí Tomás Montero es un magnífico testimonio de la existencia de esos que somos los que trabajamos en el cine, recuerdos del mismo cartón-piedra con el que jugamos a reconstruir al mundo.
De nosotros no queda más que un titubeante parpadeo en la fugacidad del espíritu humano, una sonrisa, una lágrima, un recuerdo y aquí, pruebas tangibles de que existimos; pero de ellos, de los que aparecen en estas fotos, ha quedado un registro permanente que les sirve de homenaje.
(*) Hugo Villa Smythe ha estado involucrado en el medio cinematográfico desde la edad de 12 años, tanto detrás de cámaras como productor y promotor. Su trayectoria incluye documentales, así como producciones de carácter educativo o industriales, tanto nacionales como internacionales. Se ha desempeñado como subdirector del Instituto Mexicano del Cine. Actualmente es productor del Festival Internacional de Cine de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, cuyos ejes rectores son Identidad, Sociedad y Medio Ambiente. Para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es un gran honor tenerlo como colaborador para ahondar en torno a los emblemáticos estudios cinematográficos CLASA.
No se puede hablar del circo mexicano sin mencionar el nombre de Atayde, excelencia y tradición de las artes circenses. Fundado en 1888, desde sus inicios logró constituirse en el circo más famoso de nuestro país, ampliando su prestigio a otras regiones del continente.
Pero no hay un buen circo sin payasos y en el caso muy particular del Circo Atayde, un personaje hizo reír a numerosas generaciones. Se trata de Aurelio Atayde García Bellini, llamado así por el cariño a las personas llamadas Aurelio; Bello. Hijo de don Manuel Atayde, Bellini se convirtió desde muy joven en un gran acróbata y comediante, destacando en las barras y los trapecios leotares (nombrados así en honor de Jules Léotard, acróbata francés quien en 1859 presentó por primera vez el trapecio volante).
Bellini nació en Venezuela, pero sus padres lo registraron en el consulado de México en aquel país, por lo que su nacionalidad fue mexicana. Era un payaso estupendo: siempre acompañado –hasta el final de su carrera– por su perra de trapo. Se trataba de un tipo con un buen sentido del humor, a pesar de su seriedad: usaba bigote y tenía fama de galán de cine.
Su comicidad se hizo muy famosa, en una época en que el mando del grupo de payasos del Circo Atayde lo tenía otro extraordinario payaso mexicano: don Leandro del Castillo Pirrin, quien acompañado de los payasos Carlos Verdoni Pelele, Paquin, Yoyito, Pelusa y Farolito, entre otros, formaban el mejor equipo de payasos de circo en México, secundado por los enanitos Centavo, Tornillo, Torpedo, Chuchin y Juaco. Responsabilidad que años después dejaría en manos de Bellini.
Antes del Maquillaje
Sus clásicas entradas cómicas iban acompañas de los desfiles de pagotes y tozudos –voluminosos personajes de trapo y de cartón– algo simbólico y tradicional de la época. Destacaban sus entradas de los pintores locos, la gallina, el pelotón, siendo la de el canario la más representativa y que lo identificara siempre.
Payasos Actuando
Público
Tomas Montero Torres logró captar con su cámara momentos mágicos de los payasos del Circo Atayde y del trabajo de Bellini en la pista de este circo mexicano. De igual forma, la magia de la transformación escénica captada en sus fotografías es de un gran contenido, ya que transmite esa sensibilidad artística, sus expresiones naturales y momentos íntimos.
Trapecista
Bellini se convirtió en la imagen del Circo Atayde y era parte fundamental del espectáculo. Siempre profesional y con un estilo único, en los años 70 pasó a formar parte de un nuevo proyecto de la familia Atayde: el Frank Brown International Circus, donde se volvió una figura fundamental, alternando funciones y temporadas con el Circo Atayde Hermanos.
En 1975, durante la presentación del Frank Brown en el Palacio de los Deportes, estuvo acompañado por un niño que años después retomaría su nombre por considerarlo su padrino en estas artes: él es Bello Nock, polifacético payaso suizo. Su hijo Alejandro Atayde Pelotín fue su fiel compañero y pareja cómica en los últimos años de vida profesional, logrando una gran conjunción. Aurelio Atayde García Bellini, a quien la prensa extranjera nombró el mejor payaso de México, falleció el 14 de octubre del 2001 a la edad de 72 años.
Cierre de Show
(*) Juan Pablo Cruz radica en Campeche y es promotor e historiador del circo en México. En el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy honrados de su colaboración en nuestro blog, y que gracias a él podamos compartir algunas de las imágenes referentes al mágico mundo del circo y sus artistas de nuestro acervo.
Antes que nada ¡¡¡GRACIAS!!! por la atención que el Archivo Tomás Montero Torres ha tenido para la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., fundada en 1951 en el Pueblo de Tepoztlán, Morelos. Cuando establecimos comunicación, me emocionó la idea de conocer imágenes hasta hoy desconocidas de nuestros Veteranos del Escuadrón 201, porque si bien ellos han escrito parte de la historia de nuestro país, cada uno tiene también su propio relato, es decir: su familia, su casa, sus amigos, su trabajo, en fin, tanto por contar. No imaginé que al recibir el correo electrónico, donde amablemente nos compartieron algunas fotografías relacionadas al Escuadrón 201 y sus familiares, capturadas en diferentes ocasiones por Tomás Montero, apareciera en una de ellas mi padre, Sargento 2/o. Arm. Ret. Fortino González Gudiño, y mi abuelita, Teresa González. Los sentimientos aparecieron y me emocionaron hasta el llanto… ¿Coincidencia?, no lo sé, sólo me queda claro que el trabajo realizado por su abuelo, y la calidad del mismo, no sólo documenta hechos y eventos, sino historias de valor personal y gran contenido humano.
El fortuito encuentro entre el Archivo Tomás Montero Torres y la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., será una gran oportunidad para que cada uno de ellos, o bien sus familias, terminen de escribir su propia historia. Además, estoy seguro que cuando se conozca la totalidad del material fotográfico, causará en tantas familias el mismo efecto como ha sucedido en la mía. Al difundir estas imágenes, que cuentan historias tan emotivas del regreso a nuestro querido México de nuestros Valientes Soldados, se cerrará un círculo donde nuestros Héroes de la Patria responderán a aquella canción de Pedro Flores y que interpretaron Daniel Santos y Bienvenido Granda, que dice “vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra…..”
Felicidades por el gran legado de Don Tomas Montero, un reconocimiento a su trabajo, lo visionario de su tiempo, y sobre todo al gran interés y entusiasmo de sus nietas para compartirnos estos tesoros. En ese ánimo, y como inicio de una relación que apenas empieza, quiero compartirles algunos hechos contados por mi padre, quien es actualmente el Presidente de la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., y quien, coincidentemente, cumple 95 años de edad este 20 de septiembre de 2014.
Aunque a principios de la Segunda Guerra Mundial México mantenía una posición neutral, las embarcaciones que utilizaba para surtir de petróleo a los aliados fueron atacadas por submarinos alemanes, por lo que el presidente Ávila Camacho, apoyado por el Congreso, decidió declarar la guerra y conformar un contingente, el Escuadrón 201, mismo que partió el 24 de julio de 1944 a Estados Unidos para tener una fase de entrenamiento y después dirigirse a Manila. Conocidos como las Águilas Aztecas, lograron por su desempeño el reconocimiento del comandante de las fuerzas aliadas, el General Douglas MacArthur, y tras la firma de la rendición incondicional de Japón, el 1º de septiembre de 1945, donde inclusive el Coronel Antonio Cárdenas Rodríguez y el Capitán Radamés Gaxiola Andrade fueron parte de los testigos, emprendieron el regreso a casa, arribando primero, el 13 de noviembre de 1945, a California, a bordo del buque Sea Marlin.
Mi padre nos contaba que al principio tenían sentimientos de temor, en parte porque no sabían si iban a regresar al país, pero sobre todo por las madres, padres y hermanos que dejaban en México. La mayoría eran solteros, sólo un 10% de ellos estaban casados. Cuando por fin la guerra terminó venían llenos de emoción por el regreso. A mis hermanos y a mi nos platicaba que tomaron el tren de Nuevo Laredo rumbo a la Ciudad de México, pero que hicieron mucho más de 30 horas porque en todos los pueblitos los paraban para recibirlos con comida y, según el lugar, con música norteña, sones o mariachis… ¡Todo era una fiesta! Llegaron a la estación de Buenavista en la madrugada del 18 de noviembre de ese año, y ahí los dejaron dormir un rato en los vagones, antes de dejar entrar a los familiares que iban a recibirlos. Seguramente la foto es de ese día, de cuando mi abuela volvió a abrazar a su hijo, mi padre.
Un dato interesante es que es la primera vez que el desfile cívico deportivo se adelantó dos días, con el propósito de que los miembros del Escuadrón 201 se integraran al contingente. Su arribo al Zócalo fue muy emotivo. Dice mi padre que cuando por fin lograron llegar a sus casas les faltaban botones o distintivos del uniforme: todos querían tocarlos y conservar algo de sus héroes. En los diferentes lugares de residencia y en las casas les ofrecían las tradicionales fiestas de pueblo, las que duran días. Los abrazos y los festejos eran uno tras otro.
Otro dato interesante de compartirles es que antes de partir fueron a despedirse del presidente, que era Manuel Ávila Camacho, y las órdenes de sus superiores eran abstenerse de solicitar algo, so pena de castigos severos. Pero al escuchar el ofrecimiento del presidente, de concederles algo especial, el soldado Ángel Bocanegra se adelantó y le pidió una escuela primaria para los hijos de Tepoztlán, Morelos, donde no había escuela. Así que a su regreso, tras el desfile, todos fueron a Tepoztlán el 25 de noviembre, junto con el presidente y el Secretario de Defensa, con la sorpresa de que era para inaugurar la escuela que es la primera primaria del lugar –ahora hay 14– y la primera que tiene por nombre Escuadrón 201. Por muchos años les rendían ahí homenaje a los veteranos, con danzas de los niños, pero últimamente ya no por sus edades. De ahí salieron varios presidentes municipales y otros personajes importantes de Morelos.
Este próximo 18 de noviembre se conmemorarán 69 años del regreso a México del Heroico Escuadrón 201. Su historia ya se cuenta menos, pero sin duda es una parte importante de lo que hoy somos.
(*) Don Alberto González Ramírez es Secretario y Socio Civil de la Asociación Mexicana de Veteranos de la Fuerza Aérea Mexicana. Para el Archivo Tomás Montero Torres es un verdadero honor que nos haya compartido estas anécdotas contadas por su padre, y hemos de decir que nos causó también una gran emoción que la vida nos sorprendiera con la magia de esta foto: que fuera una primer pieza intercambiada para conocernos y resultara tan vinculada a él y a su familia. Con el resto del material fotográfico que Tomás Montero realizó de los miembros del Escuadrón 201 y sus familiares estaremos preparando una sorpresa para todos ustedes. Estén pendientes.
Con motivo de las fotografías que Tomás Montero Torres le tomó a Francisco Gabilondo Soler, también conocido como Cri Cri, el Grillito Cantor, quiero compartirles una carta dirigida a Rosario Patiño, quien fue esposa y su representante artística durante 50 años. Fue escrita en 1940, exactamente un 21 de noviembre, en Buenos Aires, Argentina, donde Gabilondo intentó conseguir éxito, pues por rumores de varios artistas, como Pedro Vargas, aquella ciudad era “un lugar seguro para los creadores y compositores”.
Cabe mencionar que Francisco Gabilondo Soler ya contaba con un nombre reconocido en la República Mexicana, pues su inicio en la XEW fue en 1934. Pese a ello, sobre aquel viaje para probar fortuna muchas personas se preguntaban, “¿por qué fue a buscar suerte a ese país sureño?”. La respuesta es que era la víspera de la segunda Guerra Mundial, lo que provocó que se cambiara radicalmente la programación de esa emisora radiofónica. Los noticieros se proyectaban como los espacios centrales para generar recursos económicos, lo suficientemente importantes, y en consecuencia vino la decisión de no sostener más el programa del Grillito Cantor en horario preferencial. Claro que la convocatoria de audio–escuchas para los temas compuestos por Gabilondo mostraba que no demeritaba el interés, pero la emisora requería incrementar sus ingresos y llenar los espacios con los patrocinadores más pudientes. Así fue ese periodo… Buenos tiempos para unos y no tanto para otros.
En lo personal, desconozco la situación en México durante la permanencia del Grillito Cantor en tierras pamperas, pero sí puedo emitir una precisión en cuanto a la situación de la familia Gabilondo y lo que acontecía con Rosario Patiño, repito, su representante artística y, como tal, quien producía y vendía diferentes programas radiales de aquel entonces. Como ven, ella mantenía las responsabilidades de su puesto, pero al mismo tiempo otras no menos importantes: las que significan sacar adelante a una familia. Con lo que percibía, económicamente hablando, ayudaba a sostener su hogar junto con su suegro, quien vivía y compartía todo lo que podía con los hijos del matrimonio de Francisco Gabilondo y Rosario Patiño. Podríamos decir que aquel aventurado viaje a Argentina fue patrocinado, casi en su totalidad, por Charito, como le decían a Rosario de cariño.
Regresando a la carta citada, ahí Gabilondo describe su situación en Buenos Aires y le informa a su esposa que ha recibido algunas cosas de México. Además, describe un asunto que todavía no podía resolver, relacionado a una emisora de radio bonarense, donde era posible que él llegara a tener una breve intervención, aprovechando su estancia en esa ciudad. Cabe destacar que, en esos años, los empresarios argentinos le daban prioridad a artistas nacionales, difícilmente volteaban a ver a los extranjeros, así que Gabilondo también cuenta acerca de la hostilidad de los artistas locales, que podrían mermar toda posibilidad de acción.
Lo que Francisco Gabilondo permite ver entre esas líneas es su interés de reunir algo de dinero para llegar a Santiago, capital de Chile, y así de plaza en plaza emprender su retorno a su país natal, México. Considero de tal importancia revelar un fragmento escrito por él que dice:
“Mi gran error fue dedicarme a este género. Nadie me toma en serio pues tengo que tratar con hombres y no con niños…”
Continuo con otros aspectos importantes de la misiva, que denotan la esencia de Gabilondo:
“Además, aquí tienen muy poco de sentimentales, sólo les gusta lo del relumbrón y la única ilusión de esta gente es ‘hacer plata’…”
La apreciación que Gabilondo comparte en esas dos frases era muy clara. La primera fue a título propio, mientras que la segunda describe el ambiente en el medio de los músicos, en una determinada época de adversidades económicas que, quiero pensar, pudo afectar a otros músicos y compositores. Por ello Francisco Gabilondo describe a Buenos Aires como una ciudad materialista, ajena a temas delicados, con total diferencia a su esencia.
Casi al finalizar la carta le pide a su esposa que no envíe mas dinero y que, solamente en caso de un grave apuro, él se lo solicitaría, dejando en conocimiento su incomodidad por una posible deuda que podría generar su causa. Aquí quiero enfatizar esta última palabra –su causa– pues es sabido que Gabilondo describía muy bien el sentido de cada concepto que plasmaba, y su causa definitivamente fue seguir incansablemente con su obra, sin importar las distancias, las diferencias de opiniones y circunstancias.
Este documento también describe otras situaciones de carácter familiar, que omito por cuestiones personales. Pero en este afán de compartir con ustedes, finalizo escribiendo tal cual la última parte de la misiva, pues el amor y la preocupación por su familia debe ser mostrada:
“Abraza a nuestros chiquitos y llénalos de besos; un gran abrazo para mi papá. Los quiero mucho y me acuerdo de ustedes… Estoy asustado con lo de que Jorge está aprendiendo a volar; por favor Charito, no me compliques más mi cabeza porque no estoy ahí con él”.
Jorge era el hijo primogénito de Rosario y de Francisco, y junto a su hermana Diana fueron los primeros niños que escucharon al Grillito Cantor. Además, les cuento que Jorge fue mi papá, quién me enseñó a volar.
Oscar Gabilondo es nieto de Don Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri, y presidente de la Fundación homónima, abocada a promover el desarrollo integral y artístico de los niños de México. En el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy honrados por su valiosa colaboración, y por haber compartido con todos nuestros lectores fragmentos de una carta valiosa y familiar.