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Category : Aviación Civil

Hugo Lara

Robinson Crusoe viaja a Colima

Las magníficas fotografías de Tomás Montero Torres dan cuenta del momento en que el cineasta Luis Buñuel, junto a sus colaboradores y staff, aborda el avión de la extinta compañía Aerovías Reforma hacia Manzanillo, para el rodaje de Robinson Crusoe en 1952. Fue la primera película a color que realizó el aragonés mediante la tecnología Pathecolor,  basada en la célebre novela de Daniel Defoe publicada en 1719 sobre un náufrago inglés que sobrevive largo tiempo en una isla desierta.

En una de las imágenes aparece el mismo director en la escalerilla del avión junto a una azafata y al actor Jaime Fernández, quien encarnó al personaje de Viernes, el salvaje nativo que se vuelve sirviente y compañero de Crusoe.  En otra de las fotografías, la misma azafata da la bienvenida al actor irlandés Dan O’Herlihy, quien llevó el papel protagonista, y al fotógrafo Alex Phillips.

 

Después del triunfo internacional que Luis Buñuel consiguió con Los olvidados (1950), la película que lo regresó al mapa del cine mundial, pudo filmar en México con constancia y mayor libertad. Además, en 1952 recibió la oportunidad de filmar Robinson Crusoe, su primera película en lengua inglesa de las dos que haría, pues la otra fue The Young One (1960)

 

Fue una coproducción de México y Estados Unidos que se filmó en las costas de Colima, cerca de Manzanillo, además de los Estudios Tepeyac y el Bosque de Chapultepec. El proyecto tuvo un largo rodaje de tres meses —del 14 de julio al 16 de octubre— algo muy poco habitual para el estándar de la época y menos para el estándar mexicano, pues el mismo Buñuel aseguró en su libro de memorias Mi último suspiro, que normalmente sus películas mexicanas no superaban los 24 días de filmación:

“El productor Georges Pepper y el famoso guionista Hugo Butler, que hablaba de corrido el español, me propusieron la idea de Robinsón Crusoe. Poco entusiasmado al principio, empecé a interesarme en la historia durante el transcurso del rodaje, introduje algunos elementos de vida sexual (sueño y realidad) y la escena del delirio en que Robinsón vuelve a ver a su padre.

“Durante el rodaje, que se desarrolló en la costa mexicana del Pacífico, no lejos de Manzanillo, yo me hallaba prácticamente a las órdenes del operador jefe, Alex Philips, un americano que vivía en México, especialista en primeros planos. Se trataba de una especie de película-cobaya: por primera vez en América, se rodaba en Eastmancolor. Philips esperaba mucho tiempo antes de decirme que se podía rodar (y de ahí la duración de la realización, tres meses, caso único para mí) y las tomas salían para Los Ángeles todos los días.

“Robinsón Crusoe tuvo mucho éxito en casi todas partes. La película, cuyo coste no llegó a trescientos mil dólares, fue pasada varias veces en la Televisión americana. En medio de algunos recuerdos desagradables del rodaje — obligación de matar a un pequeño jabalí—, recuerdo la hazaña del nadador mexicano que franqueó las altas olas al principio de la película doblando a Robinsón. Durante tres días al año en el mes de julio se alzan olas enormes en este lugar de la costa. Fue un habitante de un pequeño puerto, adiestrado en este ejercicio, quien las franqueó magníficamente.”

Según consignan Tomás Pérez Turrent y ‎José de la Colina en su libro Buñuel por Buñuel, la filmación sólo en Colima duró un mes y medio, en buena medida porque el fotógrafo canadiense (no era americano, como lo describió Buñuel) que estaba radicado en México desde la década de los 30, era muy perfeccionista con la luz y las locaciones y había días en los que sólo filmaban un solo plano:

“Por ejemplo: yo elegía el sitio donde filmar; Alex medía las luces y me decía que allí las sombras no convenían para una película en color. Yo le respondía que eligiera él un lugar parecido, pero sin esos problemas. Alex se iba a explorar y yo me sentaba a beber un par de cervezas. Muy avanzado el día, llegaba Alex. Había encontrado un buen sitio, aunque un poco lejos. íbamos a verlo y estas idas y venidas demoraban la filmación. … A veces caminábamos una hora por la selva, detrás de Alex, para lograr un solo plano muy corto. Otras, cuando llegábamos al sitio elegido por Alex, él de pronto ponía cara de disgusto: el sitio ya no se veía como antes, porque en una hora había cambiado la luz […] Tardábamos horas para filmar un plano brevísimo en que Robinson disparaba a una ardilla o se rascaba una oreja.

La adaptación de la novela estuvo a cargo del propio Buñuel, Luis Alcoriza y el ya mencionado Hugo Butler bajo el pseudónimo de Philip Ansel Roll, toda vez que era uno de los guionistas perseguidos por el macarthismo y se había establecido en México, como lo hicieron Dalton Trumbo y otros.

Según consigna Emilio García Riera en su Historia Documental del Cine Mexicano, la película fue muy exitosa en varios países del mundo e incluso fue presentada en los festivales de Venecia y Punta del este, donde fue premiada con una mención.

El paso de Buñuel por Colima que se muestra en las fotos de Tomás Montero Torres es un buen pretexto para recordar la versión fílmica que hizo el genial director de Robinson Crusoe, una de sus obras menos mencionadas en la actualidad, pero que posee varios elementos que la vuelven interesante y divertida.

(*) Hugo Lara es crítico de cine e investigador, es fundador director del portal especializado en cine correcamara.com.mx y también es director de películas como Cuando los hijos regresan (2017). Para el Archivo Tomás Montero Torres es un verdadero honor y un gran privilegio contar con su colaboración.

Un héroe de 95 años

Antes que nada ¡¡¡GRACIAS!!! por la atención que el Archivo Tomás Montero Torres ha tenido para la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., fundada en 1951 en el Pueblo de Tepoztlán, Morelos. Cuando establecimos comunicación, me emocionó la idea de conocer imágenes hasta hoy desconocidas de nuestros Veteranos del Escuadrón 201, porque si bien ellos han escrito parte de la historia de nuestro país, cada uno tiene también su propio relato, es decir: su familia, su casa, sus amigos, su trabajo, en fin, tanto por contar. No imaginé que al recibir el correo electrónico, donde amablemente nos compartieron algunas fotografías relacionadas al Escuadrón 201 y sus familiares, capturadas en diferentes ocasiones por Tomás Montero, apareciera en una de ellas mi padre, Sargento 2/o. Arm. Ret. Fortino González Gudiño, y mi abuelita, Teresa González. Los sentimientos aparecieron y me emocionaron hasta el llanto… ¿Coincidencia?, no lo sé, sólo me queda claro que el trabajo realizado por su abuelo, y la calidad del mismo, no sólo documenta hechos y eventos, sino historias de valor personal y gran contenido humano.

El fortuito encuentro entre el Archivo Tomás Montero Torres y la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., será una gran oportunidad para que cada uno de ellos, o bien sus familias, terminen de escribir su propia historia. Además, estoy seguro que cuando se conozca la totalidad del material fotográfico, causará en tantas familias el mismo efecto como ha sucedido en la mía. Al difundir estas imágenes, que cuentan historias tan emotivas del regreso a nuestro querido México de nuestros Valientes Soldados, se cerrará un círculo donde nuestros Héroes de la Patria responderán a aquella canción de Pedro Flores y que interpretaron Daniel Santos y Bienvenido Granda, que dice “vengo a decirle adiós a los muchachos, porque pronto me voy para la guerra…..”

 

Felicidades por el gran legado de Don Tomas Montero, un reconocimiento a  su trabajo, lo visionario de su tiempo, y sobre todo al gran interés y entusiasmo de sus nietas para compartirnos estos tesoros. En ese ánimo, y como inicio de una relación que apenas empieza, quiero compartirles algunos hechos contados por mi padre, quien es actualmente el Presidente de la Asociación Mexicana de Veteranos de la II Guerra Mundial A.C., y quien, coincidentemente, cumple 95 años de edad este 20 de septiembre de 2014.

Aunque a principios de la Segunda Guerra Mundial México mantenía una posición neutral, las embarcaciones que utilizaba para surtir de petróleo a los aliados fueron atacadas por submarinos alemanes, por lo que el presidente Ávila Camacho, apoyado por el Congreso, decidió declarar la guerra y conformar un contingente, el Escuadrón  201, mismo que partió el 24 de julio de 1944 a Estados Unidos para tener una fase de entrenamiento y después dirigirse a Manila. Conocidos como las Águilas Aztecas, lograron por su desempeño el reconocimiento del comandante de las fuerzas aliadas, el General Douglas MacArthur, y tras la firma de la rendición incondicional de Japón, el 1º de septiembre de 1945, donde inclusive el Coronel Antonio Cárdenas Rodríguez y el Capitán Radamés Gaxiola Andrade fueron parte de los testigos, emprendieron el regreso a casa, arribando primero, el 13 de noviembre de 1945, a California, a bordo del buque Sea Marlin.

Mi padre nos contaba que al principio tenían sentimientos de temor, en parte porque no sabían si iban a regresar al país, pero sobre todo por las madres, padres y hermanos que dejaban en México. La mayoría eran solteros, sólo un 10% de ellos estaban casados. Cuando por fin la guerra terminó venían llenos de emoción por el regreso. A mis hermanos y a mi nos platicaba que tomaron el tren de Nuevo Laredo rumbo a la Ciudad de México, pero que hicieron mucho más de 30 horas porque en todos los pueblitos los paraban para recibirlos con comida y, según el lugar, con música norteña, sones o mariachis… ¡Todo era una fiesta! Llegaron a la estación de Buenavista en la madrugada del 18 de noviembre de ese año, y ahí los dejaron dormir un rato en los vagones, antes de dejar entrar a los familiares que iban a recibirlos. Seguramente la foto es de ese día, de cuando mi abuela volvió a abrazar a su hijo, mi padre.

 

Un dato interesante es que es la primera vez que el desfile cívico deportivo se adelantó dos días, con el propósito de que los miembros del Escuadrón 201 se integraran al contingente. Su arribo al Zócalo fue muy emotivo. Dice mi padre que cuando por fin lograron llegar a sus casas les faltaban botones o distintivos del uniforme: todos querían tocarlos y conservar algo de sus héroes. En los diferentes lugares de residencia y en las casas les ofrecían las tradicionales fiestas de pueblo, las que duran días. Los abrazos y los festejos eran uno tras otro.

Otro dato interesante de compartirles es que antes de partir fueron a despedirse del presidente, que era Manuel Ávila Camacho, y las órdenes de sus superiores eran abstenerse de solicitar algo, so pena de castigos severos. Pero al escuchar el ofrecimiento del presidente, de concederles algo especial, el soldado Ángel Bocanegra se adelantó y le pidió una escuela primaria para los hijos de Tepoztlán, Morelos, donde no había escuela. Así que a su regreso, tras el desfile, todos fueron a Tepoztlán el 25 de noviembre, junto con el presidente y el Secretario de Defensa, con la sorpresa de que era para inaugurar la escuela que es la primera primaria del lugar –ahora hay 14– y la primera que tiene por nombre Escuadrón 201. Por muchos años les rendían ahí homenaje a los veteranos, con danzas de los niños, pero últimamente ya no por sus edades. De ahí salieron varios presidentes municipales y otros personajes importantes de Morelos.

 

Este próximo 18 de noviembre se conmemorarán 69 años del regreso a México del Heroico Escuadrón 201. Su historia ya se cuenta menos, pero sin duda es una parte importante de lo que hoy somos.

(*) Don Alberto González Ramírez es Secretario y Socio Civil de la Asociación Mexicana de Veteranos de la Fuerza Aérea Mexicana. Para el Archivo Tomás Montero Torres es un verdadero honor que nos haya compartido estas anécdotas contadas por su padre, y hemos de decir que nos causó también una gran emoción que la vida nos sorprendiera con la magia de esta foto: que fuera una primer pieza intercambiada para conocernos y resultara tan vinculada a él y a su familia. Con el resto del material fotográfico que Tomás Montero realizó de los miembros del Escuadrón 201 y sus familiares estaremos preparando una sorpresa para todos ustedes. Estén pendientes.

Padre Emeterio que vuelas por los cielos

Le advertían: “La gente de San Martín de Bolaños es muy maldosa, no vaya usted”. En 1936, además, un hombre joven corría el riesgo de morir de aburrimiento en ese lugar. Pero él fue. Y se quedó, y ni la muerte lo ha podido sacar. Sus restos están a un costado del altar. Su foto preside paredes y repisas en innumerables hogares. Algodones con su sangre y restos de su ropa se guardan en petaquillas y su sola mención provoca una plática amigable que se sazona con anécdotas, realidades y leyendas en torno al cura que, para un puñado de habitantes de este cañón, no requiere del visto bueno del Vaticano para ser santo… Un santo hace milagros y él aquí los ha hecho, dicen.

Este cura también gana adeptos fuera del contorno religioso. Si un sacerdote-piloto aviador recibiría cientos de likes en Facebook, imaginen hace 60 años. Pero no era un piloto por afición, sino uno ante la necesidad de llevar la fe hasta los confines de su parroquia y porque en la avioneta trasladaba enfermos graves a Guadalajara o a Zacatecas, o para llevar medicamentos al pueblo. Mientras la Secretaría de Salud Jalisco ha negado recientemente la solicitud de un helicóptero para el norte del Estado, la zona más alejada y pobre, en los años cincuenta un solo hombre, no una institución ni un gobierno, lo hizo. Se les adelantó y aún ahora sirve de ejemplo para contrastar entre el querer y el hacer.

Emeterio Jiménez Martínez es el personaje. Llegó a San Martín de Bolaños, Jalisco, en 1934, estuvo un año, al siguiente lo mandaron al Teúl, Zacatecas, y quiso regresar en 1936 para nunca más abandonar esta comunidad. Aquí está parte de su historia: Nació en el rancho de La Escondida, municipio de Encarnación de Díaz, Jalisco, en 1909, hijo del agricultor Higinio Jiménez y de la ama de casa, Francisca Martínez. El tercero de siete hijos cuyos padres criaron apegados a la disciplina católica: “Si quehacer estaba haciendo (mi madre), ahí nos estudiaba el catecismo”, comentaba su hermana Pascuala, en tanto que su padre no dejaba pasar el día sin rezar el Rosario. Niño atrabancado, él y su hermano cuidaban los becerros, vieron un panal de miel y Emeterio insistió en bajarlo, pero pronto tuvieron que tirarse al suelo acosados por los moscos.

 

En un boletín escrito en 1970, a propósito de las bodas de plata del Colegio de San Martín de Bolaños, se rescata un poco de historia del municipio y aparece una cronología del cura Emeterio, nuestro personaje; ahí se cuenta que pudo ir a la escuela hasta los 11 años por iniciativa de la señorita Ma. del Refugio Alba: cursó dos años en la escuela parroquial de Encarnación de Díaz y después pasó al preseminario de Lagos de Moreno. En 1924, a la edad de 15 años ingresó al Seminario Diocesano de Guadalajara, sus años de estudio coincidieron con la Guerra Cristera; en este boletín se dice que no pocas veces los alumnos corrían a esconderse ante la llegada de las fuerzas federales y que este joven, incluso, llegó a ser encarcelado.

 

Como alumno no fue brillante, según sus calificaciones, pero en la etapa escolar mostró características que luego se manifestaron en el clérigo, como su carácter alegre (animó a sus compañeros para tomarse una foto grupal en la que se vistió con capa, como si fuera el superior del seminario), además de la imprudencia de la juventud (le gustaba la velocidad arriba de su bicicleta. Un día chocó contra un poste, quedando golpeado y con la cara sangrante).

Se ordenó sacerdote el 26 de mayo de 1934, y de inmediato fue nombrado vicario cooperador de la parroquia de San Martín de Bolaños, donde estaba como cura Ángel Valdés, hermano del padre Nicolás, excelente historiador que tanto hizo por el archivo de la Diócesis de Guadalajara y por el conocimiento histórico del norte de Jalisco. Después lo mandaron al Teúl, Zacatecas, pero en menos de un año regresó a San Martín. El mismo arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera, lo nombró párroco y le dio posesión de su iglesia en visita pastoral.

 

El cañón de Bolaños es puerta de entrada a la sierra madre occidental, por el lado de Jalisco donde la etnia wixárika tiene su territorio. Alineados en torno al río, que luego baja al río Santiago, se encuentran Bolaños, Chimaltitán y San Martín de Bolaños, tres de los 10 municipios que conforman el norte de Jalisco, una región históricamente aislada. Contrario a Bolaños, que ha vivido distintos momentos de esplendor por la explotación de sus minas desde la época colonial, San Martín siempre quedó al margen sin más atractivo que sus paisajes. Alejado, apenas se le conectó a Guadalajara con asfalto a principios de los años 90. El pueblo colinda con los estados de Zacatecas y Nayarit, y con los municipios jaliscienses de Tequila y Hostotipaquillo, sin embargo, para llegar a estos se debe atravesar la sierra en un caminar de varios días. Su altura es de 800 metros sobre el nivel del mar y de acuerdo con el Censo del 2010, tiene 3,405 habitantes. Hasta acá llegó el sacerdote Emeterio con el entusiasmo de sus 27 años de edad.

El bochorno de las 3 de la tarde hace imaginar que se está en la antesala del infierno. Es un calor seco, encajonado, sin corrientes de aire y cuando estas llegan ya se han calentado en el camino. La sombra de los árboles son el mejor refugio; debajo de uno, en el patio de su casa, doña María de Jesús Arellano Cortez atrae sus recuerdos. “Llegó sin nada, el pobre. Muy joven, alto, moreno; bien guapo”. Quienes dan testimonio son las personas de 70 y más. Doña María de Jesús con mayor razón: tiene 92 años y el cura la casó y le bautizó a sus hijos.

“La gente de San Martín de Bolaños es muy maldosa, no vaya usted a allá”, le decían, pero él les contestaba, “yo quiero ir, a ver si puedo regenerarlos”. Una comunidad lejana con gente tosca. Personas armadas con ganas de usarlas en los muchos bailes que terminaban en reyertas con difuntos; ni el alzacuellos era un salvoconducto, bien que lo recuerda doña María de Jesús. El boletín escrito en 1970 también lo consigna: “No fue bien aceptado, al contrario, (fue) rechazado y hasta amenazado varias veces con armas de fuego y otras fue obligado a salir del pueblo, pero él jamás se vio preocupado (…) su espíritu optimista lo hacía repetir, si no hay dificultades, no sirven las cosas”.

Emeterio Jiménez llegó a San Martín en los años posteriores a la Guerra Cristera (1926-1929) y al Rescoldo. Contrario a otras regiones donde la disputa fue entre grupos católicos contra las fuerzas gubernamentales, en la zona norte de Jalisco el conflicto tuvo rasgos de guerra civil, como lo ha señalado el historiador Jean Meyer. “Como ya había un principio de reforma agraria, había una base de agraristas —a la que el gobierno le dio armas—. El Ejército federal los metía a la vanguardia, decía, ellos conocen el terreno, la gente, y eso le dio a la Cristiada una dimensión de guerra civil que no tiene en los Altos de Jalisco. En los Altos fue más unánime, mientras que en esa zona… el padre Nicolás Valdés nos contaba de su propia familia de un padre cristero y de un hijo gobiernista (…) eso le da al conflicto una dimensión más trágica”. (La Gaceta, 22 de marzo de 2010).

En el caso del cañón de Bolaños, el gobierno federal incluso incorporó al Ejército a personas de la misma región. José Guzmán Quintero, de San Martín de Bolaños, relata: “Sí, yo era músico con pistola (…) fue el 29 que nos dieron de baja, cuando ya el gobierno dominó al que se les voltió”.

— Usted, ¿cuándo se da de alta en el Ejército?

— En el 27.

— Oiga, pero, ¿cómo peleaban contra los cristeros, creyendo en Dios, si la Guerra era contra la religión?

— ¡Eeeh! Porque sabíamos que eran una bola de bandidos. ¡Qué soldados de Dios ni que la madre! Hacían más crueldades ellos que el mismo gobierno, ¡nooo!, ellos al que agarraban no lo perdonaban, lo hacían pedazos. Luego andaban los “curitas”, no todos, pero sí muchos, con sus dos carabinotas echando bala también (…) Aquí había un cura de apellido Pérez, que era según ellos el coronel de los cristeros. Él ordenaba fusilamientos en masa fueran o no fueran gobiernistas, nomás con que no le simpatizaran… yo soy católico y soy hijo de Dios, pero ya, francamente, a los sacerdotes casi no les creo. No les tengo mucha fe, pues”. (Revista Niuki, número 12).

La Guerra Cristera terminó de manera oficial en 1929 con el arreglo entre el gobierno y la jerarquía católica, sin embargo, parte de la base cristera desconoció el pacto y siguió en armas en los años posteriores, lo que se conoce como el Rescoldo. Jean Meyer ubica el fin definitivo en 1938. Emeterio Jiménez llegó en este contexto a San Martín de Bolaños. Un escenario calientito, con brazas aún rojizas; el recelo hacia su persona, la enemistad o franca antipatía de una buena parte de la población. Por otra parte, del obispado de Guadalajara se advierte un genuino interés por la región norte antes y después de la Cristiada: impulsó de manera significativa la imagen del Señor de los Rayos, en Temastián, y a San Martín mandó un padre joven, activo, carismático. No un intelectual, sino uno que se mimetizara con la población. Incluso, el obispo y posterior primer cardenal mexicano, José Garibi Rivera, fue personalmente a darle posesión de la parroquia.

De parte de Emeterio, en lo íntimo, queda imaginar a un hombre disciplinado y comprometido, que de haber nacido en una región geográfica distinta, de vivir 10 años en Guadalajara, se lanzó a la aventura a una región ignota. Cito otro párrafo del boletín: “Le preocupó grandemente la ignorancia religiosa y la corrupción moral en que se encontraba y para contrarrestarlas se preocupó de formar centros de catecismo, tanto en la población como en los ranchos y exhortaba a sus fieles a dejar toda clase de vicios, en especial los bailes y las embriagueces”. Una problemática concreta, con hombres de carne y hueso, en un lugar y un tiempo específico… sin embargo, ahora sólo se escuchan relatos fantásticos:

Un grupo de hombres lo llevó al charco del Cable, le amarraron una piedras en las manos y en los pies, y lo echaron al agua para que se ahogara. Los hombres abandonaron el lugar con la tranquilidad del deber cumplido. A la mañana siguiente se escucharon las llamadas a misa, los fieles, como de costumbre, se dirigieron a la parroquia, pero también los maldosos con la sorpresa de que él apareció, como si nada, y ofició… Pero no claudicaron. En otra ocasión lo llevaron al panteón y justo cuando le apuntaban para descargarle las balas, les espetó de frente: “¿Con qué me vas a matar?, ¿con ese plátano?”. ¡Y es que el arma se les había convertido en una banana! Estas acciones provocaron que los malosos se hicieran conversos, según la interpretación que ahora se escucha de casa en casa, de calle en calle, de boca en boca. “El padre Emeterio terminó con la violencia poco a poquito, sin que se dieran cuenta. La gente se arrepintió, les quitó los bailes. Ya no fue maldosa y terminó queriéndolo mucho”, me dice la señora María de Jesús Arellano, sentada en una silla de plástico junto a la puerta de su recámara; al fondo se aprecia la foto del cura, posiblemente de recién llegado por los rasgos de su cara.

Dentro de sus logros en los 18 años en que vivió en este lugar, se encuentra la fundación del Colegio con la ayuda de las religiosas. Los primeros años, las clases se daban a un costado de la iglesia. “Como él no ha habido otro”, comenta la viejecita. “Era un líder. Nos hacía muy participativos, había adoraciones, vela perpetua, sagrado corazón. Un hombre muy carismático y entregado a su trabajo, desprendido e inteligente. No se quejaba del calor ni de nuestra pobreza. Decía: los frijoles son buenos compañeros de la tortilla… No saben lo que tienen”, nos dijo un día el obispo. La viejecita va más allá: “Él iba caminando, pero (en realidad) iba volando”.

Conocí a Emeterio Jiménez en la casa de Ignacio Sandoval Macías. Estaba dentro de un viejo álbum fotográfico, vestido de negro, con zapatos lustrosos, alzacuello y gorro de piloto aviador… estampa distinta a como te imaginarías a un cura de un rancho alejado de la mano de Dios a mediados del siglo XX. Sonriente, lo mismo cuando está al mando de su avioneta que si se encuentra en medio de un grupo de jóvenes y bellas mujeres. ¿Un cura-piloto aviador? ¿Un padre en los cielos de San Martín?

“Era un padre que tenía su propia avioneta”, me dice Ignacio Sandoval con el álbum fotográfico en las manos. “Era un padre millonario”, digo yo. “No, era de familia sencilla”, me contesta mientras pasa las hojas, muestra más fotos y de cada una de ellas tiene un dato que le inspira a regresar al pasado. Su sala está impregnada de recuerdos. “Un día fuimos a Bolaños… El cura era muy bromista. Cuando íbamos en el aire hizo que la avioneta diera un bajón de repente que yo sentí que los huevos se me subieron a la garganta. Él nomás soltó la carcajada, luego retomó la trayectoria y se río todo el camino”. Era bromista con todos. Y como en el chiste de la monja… dijeron que con todos. Cierto día le enseñó su moderna rasuradora a una religiosa, le dijo que era un teléfono nuevo y, como se lo decía el padre, ella quiso llamar a la casa de las madres en Guadalajara. Emeterio permaneció serio, hasta que no pudo contener la carcajada.

Martha Jiménez Martínez es sobrina directa del cura Emeterio. Gran parte de su vida ha sido residente en California (EU), pero de niña vivió en Colotlán y las vacaciones las pasaba con el tío sacerdote. “En una confesión le dije que comía tierra, entonces se me queda mirando muy serio y me dice, condenada chamaca, se lo voy a contar a tu madre”. Sólo de recordarlo, la señora Martha sonríe y también recuerda con simpatía cómo el señor cura se ponía a jugar con sus hermanos en la sacristía; ellos unos niños y él toda una autoridad. “Cuando llegaba al pueblo en su avioneta, antes de aterrizar le daba vueltas, se ponía a cantar y toda la chiquillada salía a las calles -su canción favorita era la de “Cuatro milpas”-. ¡Su voz se escuchaba clarita! Nos quedábamos impresionados que se escuchara hasta el suelo, ¡cómo le hacía!… ahora yo supongo que traería altavoz… pero, no sé… en ese tiempo las personas contaban que el cura se aparecía en dos lugares distintos al mismo tiempo: que estaba confesando en un rancho mientras rezaba el rosario en otro”.

De cómo aprendió a volar, se compró una avioneta de dos plazas y se convirtió en un cura adelantado a su tiempo, es un relato menos sobrenatural. Para quien conoce San Martín de Bolaños imagine las enormes dificultades para salir de ese lugar hacia la “civilización” hace más de 60 años. Quien no ha puesto un pié ahí, piense que en camioneta se necesitaba de un día para hacer el recorrido San Martín-Zacatecas y más de día y medio para llegar a Guadalajara. Eso, en el hipotético caso de contar con un vehículo o tener una ruta de transporte, pero en el primer caso la posibilidad se reducía de manera extrema y la segunda opción era ciencia ficción. Bajo esta circunstancia, los habitantes iban a Guadalajara a lomo de mula o caballo y tardaban casi dos semanas.

Consciente de la necesidad de comunicar al pueblo, Emeterio trabajó para establecer la ruta aérea hacia la capital de estado de Jalisco. Buscó a su amigo el capitán Ángel Chavarría, jefe de la empresa “Transportes Aéreos de Jalisco”, para convencerlo, sin embargo, la propuesta era poco atractiva para el empresario. Entonces la amistad fue parte de la estrategia en la persuasión. El capitán mandó a dos pilotos a conocer la ruta y el lugar propuesto para hacer la rústica pista, en el terreno de La Mesa de la Virgen. Pero había otro problema: el temor a volar. El señor Ignacio Sandoval saca otra imagen del álbum fotográfico. En primer plano se observa un jinete de espaldas y al fondo hombres y elegantes señoritas que abordan la avioneta. En el piso hay muchas piedras. ¿Cómo les quitó el miedo a volar? Don “Nacho” saca las hojas amarillentas del Boletín escrito en 1970, en el que se rescata la “anécdota”: El cura Emeterio organizó una peregrinación a Guadalajara, e invitó también a los feligreses de Chimaltitán y Bolaños, “pero se presentó entonces otra dificultad, la económica, y para ello pidió al capitán Chavarría que de 80 pesos que cobraba por persona, quedara en 20 pesos el viaje redondo, logrando así animar a alrededor de 200 personas a dicha peregrinación: 100 de San Martín y las restantes” de los otros dos municipios. Sin embargo, los pasajeros pusieron una condición: que el cura los acompañara. Y ahí tienen al sacerdote subiendo y bajando de la aeronave, para completar los cuatro viajes de ida, el 5 de abril de 1948, y los cuatro de regreso, el día 8 del mismo mes.

 

Padre Emeterio

“Desde entonces, no sólo para los de San Martín, sino para todos los de la región, utilizar el avión fue lo más natural”. La ruta comenzó en junio de 1948 con los servicios de carga y de pasajeros.

Si llegar a San Martín era complicado, visitar las rancherías era doblemente complicado. Nuestro personaje se movía a caballo, al primero lo llamó “Lucero” y tuvo un segundo equino llamado “Resorte” y le gustaba andar a la carrera. Pero no le era suficiente. Ya con la avioneta como vía de comunicación, un día en pleno vuelo le comunicó su plan al capitán Chavarría: aprender a volar para llevar la palabra de Dios a todos los rincones del municipio. Se dice que el capitán era serio en exceso, pero ese día sonrió y animó al cura en su objetivo. Más que preocuparse por el permiso de Dios, Emeterio trabajó para conseguir la anuencia de su madre y del obispo; con el prelado fue un poco menos complicado. El 10 de enero de 1949 “empezó a recibir instrucciones del capitán Chavarría, así como de otros dos pilotos que gustosos le ofrecieron su ayuda”. Un mes después realizó su primer vuelo sobre Guadalajara y el primer aterrizaje como examen final, y al hacerlo de forma satisfactoria sus maestros lo bañaron con cerveza, un ritual de la época entre los pilotos. Desde ese día fue capitán piloto aviador con la licencia No. 1590.

Avioneta
Avioneta

 

El alumno graduado contaba ya con su propia avioneta: una Piper 90, matrícula XB-BUL de 65 caballos de fuerza, de dos plazas, que le había comprado a un amigo, Francisco Fuentes, en 12 mil pesos gracias a la cooperación de sus amistades. Emeterio Jiménez se convirtió en un ejemplar siervo de Dios. A bordo de su avioneta no tenía más límites que las “escasas” 24 horas del día. El obispo llegó a decir que  hacía el trabajo de cinco sacerdotes. Los viernes primero, por la mañana, distribuía la ostia en la cabecera municipal y más tarde lo hacía en las comunidades. Los primeros días de la semana confesaba a los fieles de 14 distintas rancherías… Y es que además de la pista principal de San Martín, los campesinos le ayudaron a hacer 14 pequeñas pistas en el mismo número de comunidades y, cuando tenía prisa, llegaba a un rancho y oficiaba misa debajo de las alas de su Piper. “En adelante fue su avión un instrumento para difundir la fe y (para) hacer otros bienes materiales a quienes se lo pedían”, se lee en el Boletín de 1970, valioso documento histórico.

Por si fuera poca la labor de su ministerio, el ciudadano Emeterio hizo de su avioneta una ambulancia que sacaba a los enfermos hacia los lugares donde pudieran encontrar alivio a sus males. Transportaba personas a la pequeña clínica de Colotlán, al hospital de Zacatecas o con los especialistas en Guadalajara. También llevaba medicamentos a su comunidad.

PADRE EMETERIO - Pueblo
PADRE EMETERIO

 

Si por el lado de la fe todavía no lograba la amistad de algunos nativos, que, según le advirtieron en 1936, eran muy maldosos y lo querían matar, 15 años después, con su servicio social desinteresado logró echarse a la bolsa al pueblo entero.

Tomás Montero Torres fue un hombre citadino. Periodista, diseñador, cronista y fotógrafo. Siendo de los primeros miembros del Partido Acción Nacional, creó el logotipo del periódico de ese partido, La Nación. También se le reconoce como uno de los precursores de la fotografía a color en México; con su cámara tomó imágenes de Agustín Lara, María Félix, Dolores del Río, Cantinflas y Pedro Infante; fotografío a Octavio Paz, Rufino Tamayo, Diego Rivera y al Doctor Atl. Hizo ensayos fotográficos del músico Carlos Chávez, del mismo Doctor Atl en el volcán Paricutín y reportajes en la sierra Tarahumara, ente otros. El Archivo de Tomás Montero estuvo guardado 40 años, tras su muerte en 1969. Sus nietas recién heredaron este tesoro visual, de poco más de 80 mil negativos. Martha Montero, una de ellas, se escucha entusiasmada a través de la línea telefónica cuando habla del legado de su abuelo, dice que lo está conociendo por medio de las fotografías. Cada sobre con negativos le depara agradables sorpresas; ella recuerda de manera especial las fotos de un sacerdote-piloto de Jalisco. “¿Qué fue de ese cura?”, me pregunta.

Avioneta
Avioneta

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Un día, Tomás Montero Torres se encontró por obra de la casualidad con el cura Emeterio. Como integrante de un equipo contratado para analizar las dimensiones y condiciones de uso de varias pistas de emergencia en el norte de Jalisco, Montero Torres salió de la Ciudad de México en lo que parecía una actividad más. “Empezamos nuestro trabajo en un avión Sesna de cuatro plazas: anotaciones, fotografías y a nuestra vista la montaña abrupta con paisaje de perspectivas que achican la tierra y agigantan nuestro temor al vacío”, escribió el fotógrafo a su regreso a la Ciudad de México. “Abstraídos en reflexiones y arrullados por el suave ronroneo de los motores, llevábamos dos horas de vuelo cuando repentinamente el piloto grita a nuestros oídos, ¡eso parece una pista… pero no es posible, es muy corta y su situación arriba del cerro… la hace peligrosa de usar! Volamos a siete mil pies, descendemos en círculos sobre la cima de la montaña en donde como burda cicatriz distinguimos claramente la posta y al final de ella y protegido por una arboleda, un cobertizo cuyo techo de aluminio nos lanza relámpagos de luz. Mientras tanto, a bordo se busca afanosamente en mapas y listas la ubicación y nombre de esta pista… ¡Nada! No aparece; es totalmente desconocida. Nuestra imaginación nos hace pensar en un campo de aviación clandestino de contrabandistas y aventuras…”.

Fe

El equipo se encontró con un hombre joven, risueño, moreno, delgado, estatura mediana, que trabajaba en el motor de una avioneta amarilla de dos plazas. Los capitalinos le hicieron muchas preguntas y él se las contestó una a una, dejándolos con la boca abierta. Tomás Montero advirtió “que el padrecito aviador tenía más jugo periodístico que el descubrimiento de un plantío clandestino de mariguana, y decidió quedarse dos días en aquel misterioso laberinto de cerros y barrancas”. De regreso a la Ciudad de México publicó un fotoreportaje de 12 páginas en la revista Impacto titulado, “La fe en avión”.

El cura Emeterio Jiménez —se lee en la revista— presta un “servicio social tremendo, llevando y trayendo por el cielo consuelo físico y moral a millares de campesinos que viven en pueblos y rancherías a donde sólo es posible llegar a lomo de mula (…) Los propios campesinos son los constructores de esa pista (…)  para facilitarle el acceso a los pueblos y poder tener su misa el domingo y a su padrecito, que les lleva medicinas y cuando hay un caso urgente lo transporta en su “pájaro” a un lugar donde puedan encontrar intervención médica. Pistas peligrosas construidas en las cimas de los cerros para este moderno misionero que lleva la Fe y la doctrina cristiana a 90 kilómetros por hora”.

Cura06Tomás Montero no esconde su entusiasmo por el personaje. Aporta datos concretos, como que en la bitácora del piloto están registradas 700 horas de vuelo, en las que se calcula haber recorrido 8 mil kilómetros. En su registro, el cura les muestra haber transportado cinco enfermos a Tepic, 16 a Guadalajara, 8 al Teúl de González Ortega, 4 a Villa Guerrero, Jalisco, y 15 más a pueblos y rancherías. “El padre Jiménez lleva la fe de un punto al otro sin desmayos, sin flaqueos y afrontando los peligros (…) En cuanto el avión del sacerdote vuela sobre los pueblos, las aldeas y las rancherías alejadas, los niños y los muchachos se precipitan a recibir al sacerdote y besar la mano que ha sostenido firmemente los mandos de su avión”. También lo sorprende por su habilidad en el manejo de una motocicleta: “Y al terminar nuestro día con él, nos da la sorpresa final al verlo abordar su motocicleta para alcanzar a llegar a su “base”: la parroquia, a tiempo de rezar a sus fieles el santo Rosario”. Luego la despedida: “Volteando su cara morena nos dirige una sonrisa y al agitar su mano un saludo. Se aleja entre la vereda de la sierra este capitán, modelo de hombre que nos ha enseñado a muchos kilómetros de nuestra casa, cómo se puede servir a Dios, sirviendo al prójimo”.

Poco tiempo después de la publicación en Impacto, en la revista Mañana apareció una entrevista al fotógrafo en la que platica los entretelones de su fotoreportaje del sacerdote-piloto aviador: “La vida por una foto”, es el título y la fecha, 1951. La historia del cura Emeterio consta de 17 negativos fotográficos, me comenta Martha Montero, quien añade un dato que hace más relevante el texto periodístico. “Mi abuelo quiso comprobar con sus propios ojos la labor de ese cura, pero lo hizo con grave riesgo de su salud”. Tomás Montero necesitaba de una dosis diaria de insulina, pero el día que llegó a San Martín de Bolaños había olvidado su medicamento. Aun así se quedó dos días para convivir con el sacerdote de la montaña. Martha Montero muestra curiosidad por ese personaje que conoce por fotos y por el texto que escribiera su abuelo hace más de 60 años. “¿Qué fue de ese cura?”, me pregunta… y yo me quedo pensando que quien se convierte en leyenda, casi siempre muere joven.

En San Martín hace un calor de los mil demonios. Sentados debajo de un árbol, la señora María de Jesús Arellano Cortez me sigue contando de ese padre “tan bueno” y “guapo” que un día, tristemente, falleció, al tiempo que se escucha la primera llamada con las campanas de la parroquia, ahí donde se encuentran los restos de Emeterio Jiménez Martínez. Estamos en los días previos a la fiesta patronal de agosto, el Señor de Santa Rosa. Por las calles hay “mucho gobierno”, dice la gente ante la presencia de decenas de policías estatales de Jalisco y a una partida de militares. Este pueblo ha sido caliente en cuestión de narcotráfico, y en el sexenio de Felipe Calderón se calentó todavía más. ¿Cómo habría actuado el cura en la actualidad ante este tipo de gente maldosa?

“Cuando murió”, dice la viejecita, “estuvimos de luto por cuatro años. Una tristeza generalizada, pesada, que se mantuvo en San Martín de Bolaños. Las noches eran de un silencio triste”. Los ranchos se vaciaron, todo mundo quería ver a su querido padre. Despedirlo. Su cuerpo estuvo dentro de la parroquia; fue un llorar dentro de la iglesia, en el atrio y las calles adyacentes. “Cuando estaba tendido, sentíamos que se nos había acabado el mundo”, la señora María de Jesús sigue recordando. “El señor cura muchas veces manifestó el deseo de morir en San Martín porque creía que sus feligreses harían oración por el eterno descanso de su alma”. Boletín, pág. 14. Emeterio Jiménez murió a las afueras de San Martín de Bolaños al desplomarse su avioneta el 15 de febrero de 1954, poco después de la una de la tarde. Tenía 44 años de edad. ¿Qué pasó ese día? Siempre le gustó la adrenalina. Jugaba a dar maromas en el aire con sus amigos pilotos de Guadalajara; a sus amigos del pueblo, como bien lo dice don “Nacho”, les hacía palidecer al dejar caer la avioneta de repente. Y tenía la costumbre de apagar el motor al aterrizar en San Martín, práctica bien controlada en su Piper 90… Como su pequeña avioneta le era insuficiente para cubrir el trabajo pastoral y su servicio social, compró una nave un poco más grande en 25 mil pesos. El 14 de febrero fue a Guadalajara a hacer el cambio y de regreso, al día siguiente, al llegar al pueblo, hizo lo mismo de siempre: apagar la nave poco antes de aterrizar…

“Como no conocía esa avioneta, por eso cayó, el pobre, sobre un pitayo. Su cuerpo y su ropa quedaron llenos de espinas”, dice la viejecita. El padre Narciso Chávez corrió hacia el lugar del siniestro y todavía lo encontró con vida. Ahí sobre el campo de su querido San Martín de Bolaños, como había sido su deseo, exhaló por última vez. Murió el hombre y comenzó la leyenda, de inmediato. Se dice que días antes del suceso, enfermo él, les comentó a las religiosas sonriendo: “No me quiero morir porque en el cielo no hay aviones, a no ser que se me conceda ir en mi avión al cielo”. Las madres le pidieron que las llevara consigo, pero el cura sólo le dijo sí a una de ellas; la misma religiosa que le acompañaba el día del accidente y que también falleció. Y al padre Chávez, de visita en San Martín, le comentó unos días antes: “Lo dejo en mi lugar, actué con todas las facultades que yo tengo… en una palabra: lo dejo como párroco”.

El cura Emeterio Jiménez Martínez sigue vivo en la mente de todas las personas de la tercera edad, las que lo conocieron y las que supieron de él de primera mano. Sin embargo, su imagen comienza a desdibujarse en la siguiente generación. Durante años se hacía misa los días 15 de febrero en el lugar donde murió, pero hace ya tiempo que se perdió esta tradición y entre los jóvenes es un ser del que escuchan mucho, pero conocen muy poco y les dice menos. Es una imagen irreal; contrario al sentir de las personas de 70 y más, para quienes lo irreal es tan cierto como los milagros que les ha hecho el cura. “¡A mi ya me hizo un milagro!”, me dice María de Jesús Arellano Cortez, “tuve perdidas unas arracadas durante un año, las buscaba y las buscaba, hasta que le pedí al señor cura que si estaban en mi casa, aparecieran. Y las encontré dentro de un colchón”. Otras personas cuentan de otros milagros.

 

La viejecita se confiesa, ya para despedirse: “Un día le pedí a Dios poder verlo. ¡Y ya lo vi! Fue en sueños. Con su traje negro, su sotana y la gorra. Lo vi en el campo, yo andaba cortando guamúchiles. ¡Ay señor cura, qué gusto de verlo!, le dije. Saliendo y bajando como los ángeles”.

PADRE EMETERIO
PADRE EMETERIO

 

 

(*) Francisco Vázquez Mendoza es investigador de la Universidad de Guadalajara y hace poco más de un año presentó una vasta exposición en torno al Cura Emeterio, resultado de sus amplios trabajos, en el Museo del Periodismo con sede en la perla del Bajío, con apoyo de su director, Víctor Ortiz Partida. La misma se inauguró recientemente en la Casa de Cultura de San Martín de  Bolaños, conmemorando los 60 años del fallecimiento del sacerdote, lo mismo que para beneplácito de sus habitantes, que tan bien lo conocieron. Para el Archivo Tomás Montero Torres es un privilegio la colaboración del Maestro Vázquez Mendoza en este blog, lo mismo que haya tomado en cuenta imágenes captadas por Montero Torres para incluirlas en el montaje.

Agustin Lara

Por el sabor que tienen sus canciones

El problema con Agustín Lara es que todo sucede en primera persona, Agustín siempre habla de Lara. Además, todo puede ser una fantasía, realidad mancillada por el hambre de grandilocuencia.

ALCabina

La ventaja con Agustín Lara es que todo es verídico, sin importar el origen.

Al final, se puede decir cualquier cosa. Por ejemplo, que yo tenía ocho años cuando escuché los versos que definieron mi vida.

 

ALactores

Era de noche, el Tren Jarocho estaba a punto de salir de la estación de Veracruz con destino al Distrito Federal. La gente subía, bajaba, conversaba, gritaba, caminaba por el andén.

Yo, pasajero contra mi voluntad, sabía que detrás de las rejas, los arcos, las bancas y las enormes puertas de madera estaban los muelles, la playa, el zócalo, los portales, la pinera, el mercado de pescadería, la iglesia del Sagrado Corazón, el refresco Okey… pero no tenía palabras para describir la tristeza.

Agustin Lara y Músicos
Agustin Lara y Músicos

 

Entonces, mientras el tren iniciaba sus movimientos, escuché Veracruz, vibra en mi ser,/ algún día hasta tus playas lejanas/ tendré que volver… Eso cambió todo. Veracruz vibraba en mi ser. Y yo quería volver, algún día. Y las playas estaban lejanas. Y alguien había dicho eso para que yo lo escuchara en la voz de un hombre que tocaba la guitarra sentado sobre un costal lleno de mangos, entre una mujer que revisaba su canasta de enchiladas y dos tipos que daban inicio al interminable juego de baraja.

Agustin Lara
Agustin Lara

Las palabras me habitaron. Me convertí en otro, en alguien capaz de nombrar el mundo, de bautizar sentimientos y tirar el ancla en el mar de su identidad. Fui, por primera vez, durante esos minutos, Agustín Lara.

Agustin Lara
Agustin Lara

Esto pasa cada vez que el flaco de oro canta. Uno tensa la cicatriz al decir tu párvula boca/ que siendo tan niña/ me enseñó a pecar, y se siente viajero incansable mientras asegura y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme/ porque al fin tus ojos, me los llevo yo, y entiende de farolitos y de cómo se enjuagan las estrellas en Acapulco y de que todo nuevo querer es el amor de sus amores y del hechizo que fascina en su mirar y de que la vida para nada me sirve sin ti… porque uno es Agustín Lara poniéndole nombre a lo que parecía indescriptible.

Agustín Lara
Agustín Lara

Gracias a eso, más allá de los romances, las ciudades, las películas, las actas de nacimiento, los personajes y la desmesurada fantasía en la que se regodeó, Lara nos regaló la fe en el lenguaje, en nuestro lenguaje, porque cantamos sin poner en duda lo expresado, convencidos de que mi rival/ es mi propio corazón,/ por traicionero,/ yo no sé/ cómo puedo aborrecerte/ si tanto te quiero.

Al final, la memoria de Agustín Lara siempre habla de nosotros.

Agustin Lara XEW
Agustin Lara XEW

(*) Es un honor contar con la colaboración de Efrén Calleja Macedo, como un buen pretexto para compartir parte de las fotografías que Tomás Montero Torres captó del flaco de oro en diversas ocasiones. Efrén es gestor de contenidos y editor de libros de poesía y de la revista La Otra L.

La importancia de compartir

Hace poco más de dos años iniciamos este blog con el propósito de ir dando a conocer parte de las imágenes que vamos rescatando. En ese entonces todavía no teníamos una idea clara de la cantidad de negativos que había dejado nuestro abuelo, Tomás Montero Torres. Habíamos conseguido la primer beca que otorga el Fonca para la recuperación de Archivos Históricos, y los únicos datos para esbozar la tarea que nos esperaban eran unos listados ordenados que daban cuenta de poco más de 18 mil negativos. Inexpertas aún en estos temas, calculábamos entonces que, con el resto de los negativos agrupados en sobres, más los que se hallaban aún cajas, latas y cilindros metálicos, podrían ser alrededor de 30 mil negativos. Así se lo dijimos al Fonca en nuestro proyecto participante…. ¡Que lejos estábamos de la cifra final! Ahora sabemos que son más de 86 mil negativos, y conforme los vamos develando (con la limpieza y digitalización a cargo de Silvia), nos sorprendemos de la mirada de Tomás Montero, los lugares por dónde anduvo, su acercamiento a las personas, su tacto para los temas difíciles…

Aunque los dos años de beca concluyeron hace tiempo –y el blog era parte de los acuerdos– decidimos continuar con esta tarea de divulgación porque las satisfacciones paralelas han sido grandes y especiales: la gente que hemos conocido, los proyectos que surgen… Este esfuerzo lo hemos continuado también en el Facebook (esta es la liga, por si desean explorarla), y por diversas razones ahí publicamos fotografías diferentes a las del blog, donde hemos tenido la fortuna de otras coincidencias.

En el caso de este blog, hemos descubierto que, al compartir imágenes, de pronto los lectores a su vez nos comparten información que enriquece el contenido propio de la cada fotografía. Ahora que vamos a retomar con frecuencia el blog, queremos iniciar esta nueva fase agradeciendo las valiosas aportaciones de varios lectores. Claro, ¡es una invitación a que continúen siendo tan generosos como hasta ahora!

 

Maudelle Bass Weston
Maudelle Bass Weston

Próspero Morales Martínez nos contó que la mujer que aparece de perfil en esta imagen es la bailarina afroamericana Maudelle Bass Weston, quien fue modelo de Diego Rivera y del fotógrafo Edward Weston. En efecto, Maudelle (1908–1989), fue una reconocida bailarina afroamericana, primera mujer de color en estudiar con el coreógrafo Lester Horton.

 

Con respecto al nacimiento del volcán Paricutín, el 20 de febrero de 1943, Alfonso Flores, Presidente de la Sociedad Mexicana de Estudios Aeronáuticos Latinoamericanos, A.C., nos compartió: “Sin duda el nacimiento del Paricutín fue todo un suceso a nivel mundial ya que despertó diversas expresiones y curiosidad. Igor Sikorsky, diseñador y constructor de helicópteros trajo al país en julio de 1945 uno de sus nuevos modelos (Sikorsky R-6A) con la finalidad de estudiar el comportamiento del aparato en condiciones extremas y para facilitar el trabajo de una misión científica, aprovechando la oportunidad para dar rienda suelta a una de sus pasiones; las montañas y los volcanes. De igual manera, Harry Truman, presidente de los Estados Unidos, durante la primer visita oficial de un mandatario de esa nación a México en 1947, sobrevoló el volcán para admirar el inusual espectáculo”.

 

"Al mal tiempo buena cara”
“Al mal tiempo buena cara”

Alejandro Noriega nos compartió una agradable sorpresa que se llevó una tarde: “Acabo de encontrar por casualidad una fotografía de mis abuelos que se llama “Al mal tiempo buena cara”; es curiosa la situación de haber encontrado una foto de hace 60 años que no era de la familia. La encontré casualmente en una publicación de la revista Quo.
Quisiera preguntar si podría conseguir una copia en medios electrónicos para distribuirla en la familia.
Fue una agradable sorpresa.”

 

Gral Lazaro Cardenas
Gral Lazaro Cardenas

Por su parte, José Antonio Aspiros Villagómez efectuó una verdadera reseña de modas, inspirado en una imagen del General Lázaro Cárdenas en la puerta de un avión de Mexicana de aviación: “Gran fotografía ésta del maestro Montero, hasta para una revista de modas: el modelo era –con el debido respeto– la figura del momento, con pantalón holgado, saco ceñido, solapa ancha, corbata muy corta y copa del sombrero con forma de labios. Sólo faltó el calzado”.

 

Fernando Leal
Fernando Leal

Desde Italia, donde radica, Fernando Leal Audirac nos escribió al respecto de unas fotografías sobre su padre: “Acabo de ver completo el archivo que tienen sobre los frescos guadalupanos, resulta evidente que fue su abuelo el fotógrafo cuyas fotos se utilizaron en el libro de Islas García, “Las pinturas guadalupanas de Fernando Leal”, ed. Anáhuac, 1949. También, la foto de mi padre pintando aparece en el libro de Viginia Stewart, “45 Contemporary Mexican Artists”, de esa misma época. Por último, les aclaro que los dibujos, al final de la presentación, no son de los frescos guadalupanos, sino anteriores, representan la cabeza de Cristo en el fresco de “La visión de Santo Domingo de Guzmán”, San Luis Potosí, 1946. El modelo del Cristo antes mencionado fue Jesús Mejía Viadero, un distinguido intelectual de San Luis. Mientras que de los ángeles de “La primera Aparición”, en el ciclo guadalupano, la modelo femenina de ambos fue Gwen Roberts”.

 

Ana Mansilla Amiga, nos aclaró que los perros que aparecen en estas imágenes son:
”el pequeño, parado mientras cose y recostado junto a ella es un French Poodle; el que posa junto a ella y su busto, en el jardín, es un “moloso” pero difícil de distinguir. Se sabe que tanto ella como el “Indio” Fernández fueron criadores de Bull Terrier Inglés, pero no sale con alguno en las fotografías”.

 

Jorge Carreño
Jorge Carreño

Rene Manning Duarte de Hermosillo, Sonora, recordó con este retrato: “Jamás imaginé que me fuera a encontrar esta página. Mi emoción no cabe en este espacio donde habito, y mis ojos se nublaron al ver las fotos de Jorge. Recordé de inmediato cuando lo conocí en 1966 en la Colonia Roma, Ciudad de México, estaba invitado a comer por mi madre y después platicó conmigo. Le mostré lo poco o mucho que hacía a mis escasos 16 años y al siguiente día llegó por mí en la tarde. Me invitó a ir con él a su casa a terminar una caricatura y me mostró su estudio, y yo, prudentemente, bajé al primer piso de su casa y me senté en la sala observando algunas pinturas que él había pintado, como aquel detalle de la última cena. Nos fuimos en su auto de nuevo y llegó a el periódico El Universal a dejar su cartón que era de diario. De ahí nos fuimos a Arte y Material y me invitó a conocer la tienda en Ayuntamiento; me quedé tan sorprendido porque todo aquel material que yo veía era un deleite, preguntó qué necesitaba yo y con pena le dije que nada. Claro que él no se la creyó y tomó un carrito como esos del súper y comenzó a poner material dentro de él. No me di cuenta y echó un proyector de cuerpos opacos y hasta una mesa de dibujo con su banco me compró de regalo y ¡¡aún los conservo!! No puedo evitarlo, pero las lágrimas me brotan como agua al recordar todos momentos con sus detalles que tuvo conmigo. Después de salir de Arte y Material me llevó a la calle de Uruguay No.5 en el mero Centro y me invitó a subir a ese edificio de 4 pisos y yo la verdad ignoraba donde estábamos, hasta que llegamos a la dirección y una señora, la directora, nos atendió saludando a Jorge con tanto cariño, que se notó en todos desde que entramos al primer piso por aquel viejo montacargas. Cual sería mi mayor sorpresa que me llevó a la Escuela Libre de Arte y Publicidad porque me había inscrito él mismo en ella. Nunca terminaré de agradecerle este enorme detalle y créanme que adoro a este gran dibujante como si hubiera sido parte de mi familia, era un gran caballero y fina persona. Lo extraño, pero conservo muchas cosas de aquel material que él me compró para iniciar mis estudios como dibujante publicitario en aquel año de 1967. Jorge Carreño será siempre bien recordado, se lo ganó a pincel y pluma, con tinta y colores, con amabilidad, bondad y don de una gran persona”.

 

Una serie de imágenes de Pedro Infante nos acercaron dos fuentes, ambas muy generosas y cercanas al ídolo. Por parte de Amellali Landa, supimos “a causa de esta publicación encontramos una fotografía donde se encuentran dos personas espectaculares en mi vida: Pedro Infante y mi bisabuelo Jesús Salazar Loreto, quien acompaño a Pedro I. en gran parte de su trayectoria musical. Esperamos, yo y mi familia, sigan descubriendo maravillas del pasado”. En efecto, su bisabuelo es el trompetista con quien Pedro hace unas anotaciones en las partituras, y a quien se recuerda cariñosamente como “la trompeta más alegre de Sinaloa”.

Con relación a la misma serie Paul Riquelme, admirador y biógrafo de Pedro Infante, nos compartió: “Quiero hacer una acotación con respecto a la fecha de las fotografías que le fueron tomadas a Pedro Infante en los estudios “Peerless” por Don Tomás Montero Torres: la fecha exacta de las fotos son, sin grado de error, el día lunes 24 de marzo de 1947, porque en las bitácoras de la compañía dice: “Tomaron fotos hoy en el estudio”, el Ing. de grabación fue Ed. L. Baptista que después fundó Musart. En esa sesión se grabó “Mi Cariñito”, “Maldita sea mi Suerte”, “Mi Consentida”, “Me Voy por Ahí”, “Ojitos Morenos”, “El Aventurero”, “Que Gusto Da” y “La Motivosa”. Al terminar la sesión Pedro Infante se despide de Don Tomás en los estudios y se sube a su Lincoln convertible, la hora de su reloj marcaban las 4:12 pm aproximadamente”.

 

Otro comentario que nos dio alegró fue de parte de Laura Montero Lule: “Me dio mucho gusto reencontrar esta foto de mi familia… Soy la señorita del lado derecho… No recuerdo fecha ni ocasión. TOMÁS MONTERO FUÉ MI TÍO. GRACIAS POR ESTA FOTO…”.

 

Con mi corazón

Una de las cosas más maravillosas para Pedro Infante, mi papá, era volar. De sus aeropuertos preferidos, estaban el Aéreo Militar de Santa Lucía y el aeropuerto de la Ciudad de México. En los hangares privados y la plataforma militar, convivía con el personal de operaciones, con los mecánicos y pilotos, para él como otras familias.

Otra de las cosas que más disfrutaba era elegir su ropa. Cuando la mandaba hacer -como las chamarras de aviador- siempre pedía dos o tres iguales. En lo que compraba, como gorras, kepis, lentes, escudos de aviación, etc., adquiría hasta diez de cada uno, ya que para él era un placer regalar sus cosas… Como pueden ver, mi padre era alguien con mucho amor por todo, pero con un gran desapego por lo material, por eso tan grande nuestra admiración.

La serie de fotografías de Don Tomás Montero en los Estudios Peerlees, increíbles, nos demuestran la confianza y el cariño que mi papá depositó en él.

Valió la pena la espera de este extraordinario trabajo. ¡Gracias Tomás Montero por tu valioso legado!

Las fotografías a que hace referencia Lupita Infante son parte de este blog y se pueden ver dando clic en el botón  ver publicación

(*) Lupita Infante Torrentera es hija de Don Pedro Infante, y para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es una gran satisfacción que nos haya enviado este cálido escrito. Bello pretexto para compartirles otra imagen del ídolo de Guamuchíl, a un par de semanas de que se conmemore su 55 aniversario luctuoso

¡Cantinflas Aviador!

Y no es que estemos hablando de un político como tantas veces los retrató el genial cómico, sino que entre sus múltiples papeles, Mario Moreno Canfinflas encarnó a un novel estudiante de aviación, quien por azares del destino se hizo al vuelo en compañía de otro cadete  pensando uno que el otro era el instructor, todo esto en la película ¡¡A volar joven!!

En la película Sube y Baja, cómo olvidar la escena del peladito, ya refinado, sentado cómodamente junto a su amigo abordo de un avión, mirando como todos se veían chiquitos como hormigas, ¡¡¡ Y cómo no!!! -decía Cantinflas–  ¡¡¡No sea baboso, que no ve que sí son hormigas, si todavía no despegamos¡¡¡

Ahora que recordamos el natalicio de este gran actor mexicano, no podemos dejar de lado que, como muchos otros grandes de los espectáculos, el genial Cantinflas disfrutaba de volar y de la placentera sensación de andar por los aires recorriendo el mundo, pero no en ochenta días, sino en mucho menor tiempo.

Para cumplir con sus contratos, Mario Moreno se valió del  avión para viajar por México y el extranjero, colocándose a la par de personajes como Ray Charles o Frank Sinatra, que también contaban con sus propios aviones privados y con los cuales viajaban por el continente.

En ocasiones, Mario volaba alguno de sus aparatos bajo el cuidado de los pilotos, quienes daban rienda suelta a los sueños de aquel hombre que tuvo que luchar desde muy pequeño para alcanzar un lugar. Ya con dinero y fama, Cantinflas se dio el lujo de adquirir un bimotor Douglas DC-3 para 21 pasajeros, avión que mandó modificar para colocarle una recámara y asientos en forma de butaca, para el actor y sus invitados; aparato con el cual recorrió distintas ciudades de América Latina y Estados Unidos, a mediados de los años cincuenta.

Tras varios años de servicio, Mario Moreno cambió este avión por un Martin 4-0-4, que era un aparato con características distintas y de mayor velocidad. A este avión le mandó colocar el número “777”, que caracterizó al actor en sus películas y tenía para él un significado especial.

Del Archivo Tomás Montero Torres seleccionamos esta foto, en donde aparece Mario en una de las filas del Martin 4-0-4 con sus compañeros de viaje, seguramente para filmar una película o para una de tantas presentaciones personales. Este avión tenía una capacidad de hasta 40 pasajeros, estaba presurizado para volar a gran altura y evitar las tormentas, arribando a su destino en menor tiempo que el DC-3, ya que sus motores le permitían alcanzar velocidades cercanas a los 500 km/hr.

A lo largo de su carrera cinematográfica, Mario Moreno caracterizó a un sinnúmero de personajes, entre estos al iluso estudiante de aviación que, por temor a aterrizar el avión del cual poco sabía, prefirió junto con su compañero permanecer en el aire hasta que el combustible se agotó, e inevitablemente los forzó a ambos a maniobrar y volver a tierra sanos y salvos.

En la vida real, el actor contó con los servicios del piloto Xavier Garagarza, galardonado por su vuelo México-Roma a través del Océano Atlántico, odisea equiparable al viaje en globo en la Vuelta al Mundo en Ochenta Días, aventura que le valió la confianza del gran mimo, quien confió su seguridad personal y la de su familia a las experimentadas manos del aviador quien, junto con los aviones, siempre llevó a buen puerto al actor, icono de un México que hoy en día lo sigue recordando.

(*) Alfonso Flores es Presidente de la Sociedad Mexicana de Estudios Aeronáuticos Latinoamericanos, A.C. y es un gran honor para el Archivo Tomás Montero Torres contar con esta colaboración especial de su parte.

Iluminando la pista

En estos días, la Compañía Mexicana de Aviación ha vuelto a ser centro de las noticias del ámbito económico por su inminente regreso a la industria aeronáutica. Aunque varios expertos han efectuado, recientemente, cronologías de los rescates financieros a que se ha visto obligada esta empresa, resulta un aliciente para la aviación en México que exista un conjunto de esfuerzos -gubernamentales, de inversionistas, de pilotos, sobrecargos y demás empleados- por mantener en el aire una aerolínea con 89 años de historia…

Como una muestra de estas casi 9 décadas en activo, periodo en el que los avances en tecnología y seguridad también han impactado fuertemente el universo de la aviación, compartimos con ustedes una serie de imágenes singulares tomadas por Tomás Montero Torres. Dan cuenta de la forma en que, hasta hace unos lustros, Mexicana de Aviación iluminaba las pistas para hacer visibles a sus pilotos el camino preparado para su aterrizaje:

Conocidos como “Antorchas”, estos rústicos instrumentos de iluminación exigían, sin duda, una gran destreza para lograr aterrizajes seguros…

Esperemos que en la nueva etapa de operaciones que está por iniciar, Mexicana de Aviación aquilate con creces la experiencia y navegue con luces que la guíen a mejor destino.

Tomás Montero

Contador de historias

Este 29 de noviembre se cumplen 41 años de la muerte de Tomás Montero Torres, nuestro abuelo. Su acervo fotográfico y documental está significando más, mucho más que un tesoro en nuestras vidas. Además de conocerlo y reconocerlo, a diario nos brinda la oportunidad de relacionarnos con grandes seres humanos y, sobre todo, de seguir ahondando en su historia que, como dijo una de las lectoras de este blog, es la historia de todos nosotros por tratarse de momentos y personajes esenciales en el devenir de México.

Para rendirle tributo en esta fecha, permítanos compartir una faceta con la que él se sentía muy identificado: reportero gráfico, contador de historias…

Cuando recién empezamos la labor de conocer a Tomás Montero Torres en su trayectoria como fotógrafo y con ello rescatar su archivo, tuvimos la fortuna de contactar a la Doctora Rebeca Monroy, especialista en la historia del fotoperiodismo en México. Además de motivarnos en la tarea, generosamente compartió con nosotras dos entrevistas que, en 1946 y en 1951, Antonio Rodríguez -un crítico e impulsor de la fotografía por aquellos años- le había hecho a nuestro abuelo, como parte de una larga serie que cubrió a varios fotógrafos importantes de la época. ¡Imagínense la emoción! Después de tantos años podíamos leer pensamientos de Montero Torres acerca de su trabajo… Ambas fueron publicadas en la revista “Mañana”, y en esta ocasión nos referiremos a la de 1951, bajo el título “La vida por una foto”. En la introducción de su conversación, Antonio Rodríguez anota:

Tomás Montero Torres –uno de los más completos y conscientes fotógrafos de México– había salido de la capital en un Douglas DC de Aerotransportes, con una misión de fotografiar, tomar dimensiones, y averiguar el estado de los diversos campos de emergencia que existen en el norte de Jalisco. En San Martín de Bolaños, casi en los límites de Zacatecas, había cambiado el Douglas por un Sesna, e iba entregado al cumplimiento de su misión, volando a siete mil pies de altura sobre la accidentada sierra de Jalisco, cuando desde las nubes se divisó la misteriosa cicatriz del cerro. Después de la consulta a los mapas, aquella cortada gris se presentaba, indiscutiblemente, como una pista clandestina, abierta con toda seguridad a insospechados contrabandos. –¡Deberíamos aterrizar! –sugirió el fotógrafo– Seguramente encontraremos ahí grandes sorpresas. Y al mismo tiempo que presentaba esta arrojada proposición, el reportero gráfico pensaba en plantíos clandestinos de drogas, en centro de operaciones de alguna banda temeraria; en un extraño cuartel general de espionaje, o en oculto Estado Mayor de algún misterioso complot revolucionario. –Pero, ¿cómo vamos a aterrizar en lo alto de un cerro casi redondo? –se preguntaron los pilotos entre sí– ¡Sería demasiada temeridad! No obstante, seducidos por la aventura, enfilaron la proa de su nave aérea hacia la misteriosa pista. Por supuesto, la aventura no estaba sólo en el arriesgado aterrizaje. Si en realidad aquélla era una pista clandestina ¿cómo se atrevían a entrar ahí desarmados, y sin protección de ninguna especie? Más que temeraria, la aventura se presentaba como una verdadera imprudencia. Sin embargo, se decidieron. El Sesna rozó la tierra con sus patas de hule, saltó, se encabritó como para caer, se enderezó milagrosamente, y detuvo su respiración de monstruo. En ese mismo instante, un hombre vestido de negro, con una llave de tuercas en la mano, salió del cobertizo que se veía del aire y se dirigió a los intrusos. La sorpresa que los viajeros del aire recibieron al ver aquél personaje, todo vestido de negro, con un cuello blanco almidonado, caminando hacia ellos, no fue menor que la que recibieron en descubrir, desde las nubes, el listón blanco de la pista. ¡El personaje de la llave de tuercas, que salía del improvisado hangar, en donde estaba reparando un avión, era nada menos que un sacerdote! ¡Sí, un sacerdote aviador que viaja por el aire, para servir a sus feligreses, como los curas de antaño iban de pueblo en pueblo montados en pachorrudos asnos! Tomás Montero Torres advirtió pronto que el “padrecito” aviador tenía más jugo periodístico que el descubrimiento de un plantío clandestino de mariguana, y decidió quedarse dos días, en aquel misterioso laberinto de cerros y barrancas, para llevar hasta el fin el inesperado reportaje que había llegado hasta él como un presente de las nubes. El sabía muy bien que arriesgaba bastante su salud, puesto que no había traído consigo la dosis de insulina que necesita obligatoriamente inyectarse diariamente. Para él no constituía ninguna sorpresa lo que le iba a pasar si se quedaba ahí dos días sin tratamiento. Pero la voz del reportero fue entonces más fuerte que la del hombre. Y se quedó. Reporteó hasta agotarla la vida del curita que para cumplir su misión eclesiástica en un lugar accidentado y sin caminos, aprendió aviación, compró un aeroplano e hizo construir en plena sierra “14 pistas clandestinas”. Le acompañó en su recorrido, a bordo de un minúsculo Piper 90, y comprobó con sus propios ojos la labor de este sacerdote que tiene 700 horas de vuelo, y que ha transportado más de 50 enfermos, en su paloma mensajera. Como era de esperarse, Tomás Montero Torres se enfermó de gravedad y estuvo a punto de pagar muy cara su osadía; pero realizó un reportaje original, interesante, arrojado como pocos, que don Regino desplegó –y ésto de por sí es un título de mérito– en las doce planas centrales de Impacto.”

¡Leer esa parte de la entrevista y sentirnos a gusto con un abuelo aventurero fue fantástico! Y además, en mi caso, saber que no sólo tomaba fotografías sino que también escribía, una identificación aún mayor con su persona. ¡Por supuesto que deseábamos conseguir la entrevista! O por lo menos localizar las imágenes en su archivo…

Tuvimos buena fortuna en ambos anhelos… La primera sorpresa fue una tarde, en mi casa, cuando estábamos reunidas Silvia, Claudia, Julieta, Cristina y yo (todas primas), en la tarea compleja de ordenar sobres de negativos para irles dando una clasificación temática. Entre cientos y cientos de sobres apareció justo uno que decía “Fotorreportaje. Sacerdote piloto”. Un total de 17 negativos, que cuando hubo oportunidad de limpiar y digitalizar, nos mostraron otra parte de esa historia que tanta curiosidad nos había despertado:

¡Vaya que era un personaje ese cura! Charro, piloto, motociclista…

Lo más increíble, para nosotras, es que apenas hace unos dos o tres meses, cuando mi abuela estaba preparando una mudanza más en sus largos ya casi 90 años, en esta ocasión para irse a vivir con mis papás, descubrió, junto con otra de mis primas, Gaby, una caja atada y sellada con letra de mi abuelo que, por su contenido, vino a incorporarse a su acervo… El cofre de las maravillas -que ya iremos compartiendo- y donde, entre otras muchas cosas, ¡había ejemplares de ese número de Impacto donde se publicó el reportaje! Ahí mi abuelo cuenta que este sacerdote se llamaba Emeterio Jiménez, y que había nacido el 3 de marzo de 1909 “allá en Rancho Ensenada, Encarnación de Díaz, Estado de Jalisco”.

En la revista, de color sepia de origen, el abuelo cuenta que se trataba del Párroco General de la Parroquia de San Martín Bolaños y que tenía el problema de no poder atender bien su jurisdicción “por lo inaccesible del terreno y lo extenso del dominio”, para de ahí seguir contando:

“Se le ocurrió en una ocasión que venía volando como pasajero tratar de aprender a volar para comprar un avión, y así resolver los problemas que en su parroquia se le presentaban. Sueño en verdad difícil de resolver, pues aún consiguiendo este aprendizaje, tendría el problema de la falta de dinero para comprar el avión. Más no desmayó. Empezó por conseguir dos licencias: la de su superior, el Ilmo. Sr. Arzobispo de Guadalajara y la de su madre. Obtenidas éstas se entregó por entero a los cursos, y tras un duro aprendizaje hizo su primer vuelo solo, sobre Guadalajara. Empezó a tratar de resolver su segundo problema: conseguir el avión… Se dirigió a personas amigas y consiguió por fin la cantidad de 25,000 pesos, con los que compró un PIPER 90”. Más adelante, entre otros detalles, el abuelo cuenta que eran los propios campesinos quienes construyeron las 14 pistas que utilizaba el padre Emeterio, cuya licencia de piloto era la 3,590

Leer la historia y ver las fotografías es trasladarse en el tiempo, pensar en otro México, y admirar con mayor tesón a un hombre que tenía por vocación ser Contador de historias…

En este su aniversario luctuoso, le agradecemos su presencia mágica en nuestras vidas, con la certeza de que aún nos faltan muchas historias por descubrir y seguir compartiendo… ¡Gracias abuelo!

 

¿Serán los genes?

FALTA GALERIA

Con tanto descubrimiento científico alrededor de la maravilla genética, sabemos que no sólo heredamos cuestiones físicas de nuestros ancestros sino habilidades, gustos, gestos, anhelos… Y ahora, sumada al proyecto de rescatar y dar a conocer el archivo fotográfico de Tomás Montero Torres, mi abuelo paterno, no sólo descubro una pedazo de nuestra historia como mexicana, sino mucha similitud en gustos míos con los de él… Una de mis pasiones es el cine, ¡me encanta, desde niña! Recuerdo pasar varias horas los domingos viendo películas de Pedro Infante, Jorge Negrete, Sara García y todas las que transmitían por televisión. Y encontrarme con fotos de estos personajes en el archivo fotográfico ha sido en verdad una grata sorpresa. Entonces mi imaginación voló… ¿Cómo habrá sido su relación con ellos para que lo dejaran tomar fotos tan cercanas? ¿Cómo serían estos personajes en la vida real? Antes los famosos no eran tan “famosos”… ¿Cómo serían?  ¿En qué momento de su vida profesional mi abuelo fotografió a Pedro Infante durante una sesión de grabación de sus canciones? ¿Qué opinión tendría de él después de verlo trabajar?

Pedro Infante era una persona que caía bien, según lo que cuentan. Proveniente de familia muy humilde, e hijo de un músico, seguramente de ahí le vino (hablando de genes) su amor y pasión por la música. No sé si su papá sería guapo o de donde sacaría su físico, pero en definitiva era un galanazo.

Su primer trabajo fue como mandadero a los 11 años, más tarde aprendió el oficio de carpintero y en 1932, teniendo 15 años, entró a formar aprte de la Orquesta La Rabia, luego de la Orquesta de Don Luis Ibarra y después fue líder en la Orquesta Estrella de Mazatlán, imponiéndose así su verdadera vocación.

En 1935 se casó con María Luisa León, a quien Pedro le debió el impulso de su carrera, pues él quería viajar a la capital para ingresar al Conservatorio Nacional de Música para convertirse en un gran violinista. Recién casado anduvo durante tres años cantando en restaurantes como músico ambulante, hasta que se presentó en la XEW y consiguió su primer contrato para cantar en la radio. Le pagaban $12.50 por cada programa (en el momento cumbre de su vida artística cobraba $5.000.00 por una presentación). En aquella época aprendió a leer y a escribir para poder trabajar en cine.

Las primeras grabaciones que realizó Pedro Infante fueron los boleros Guajirita y Te estoy queriendo en el sello de la Víctor, y El durazno y Soldado raso en Peerlees. Dejó impresas en este sello 322 canciones en 14 años en que fue su artista. Sus últimas grabaciones fueron Ni el dinero ni nada y Corazón apasionado. Cobraba entonces la suma de $15.000.00 por cada disco grabado.

Aunque ahora lo recordamos como un actor bastante reconocido en nuestro cine nacional, no le fue fácil entrar a este medio, ya que era tímido y según cuentan, torpe en sus movimientos. Aunque trabajó en algunas películas previas, fue hasta su actuación en Viva mi desgracia que se convirtió inmediatamente en gran estrella del cine. Participó en 45 películas, la última fue Escuela de Rateros. Cobraba $400.000.00 por cada película.

FALTA GALERIA

Fue nominado por la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas como mejor actor en 1947, con la película Cuando lloran los valientes, en 1948 por Los tres huastecos, en 1953 por Un rincón cerca del cielo. Finalmente logra el premio de mejor actor por su actuación en la película La vida no vale nada, el 15 de junio de 1956. Durante las grabaciones de películas se sabe que era bastante sencillo, amable con sus compañeros y bastante profesional.

Hizo una gran fortuna. Construyó una pequeña ciudad en la carretera a Toluca, la Ciudad Infante, en donde albergó un verdadero ejército de parientes. Su gran debilidad fue entonces aprender a volar, llegando a tener su propio avión en 1951 y en el cual casi perece en un accidente al año siguiente, cuando viajaba con Lupita Torrentera, uno de sus grandes amores. Llegó a tener para el año de 1957 una compañía de aviación compuesta por 12 aviones. Y no usaba dobles de acción en películas como la de A toda Máquina.

En el año 1953 inició la grabación de boleros con el respaldo del mariachi, iniciativa del compositor Rubén Fuentes. El primer bolero que grabó fue Ni por favor, creando el estilo del bolero ranchero, en el cual fue su máximo exponente, sin perder nunca su humildad. Luego siguieron Cien años, Te vengo a buscar, Llegaste tarde, Tu vida y mi vida, Mira nada más, Qué te pasa corazón, Los dos perdimos, Tienes que pagar, Nuestro amor, Presentimiento, Divino tormento, Si tú me quisieras, Que murmuren, Grito prisionero, Tu amor y mi amor, Tú que más quieres, Yo te quise, entre otras. En 1955 hizo su debut en la XEW, en el programa Así es mi tierra, realizando un total de 24 presentaciones, de 12 que había programado inicialmente. Hizo en esta época innumerables giras al interior y al exterior, alcanzando la imagen de ídolo en casi todos los países de habla hispana.

Tal vez en alguna de estas grabaciones fue donde mi abuelo, el reportero gráfico Tomás Montero Torres, lo fotografió. Por la secuencia de imágenes que encontramos debió estar con él y sus músicos todo el día. Hay una foto donde ya se le ve sin zapatos y sin saco, seguro ya estaban cansados y sin embargo sigue viéndose amable, confiable…

Su debilidad hacia el sexo femenino lo llevó a ser padre de unos 20 hijos, según contaba su madre. Además de Lupita Torrentera su gran amor fue Irma  Dorantes, con quien contrajo matrimonio, el que lamentablemente fue anulado dada la legalidad que existía aún del primero con María Luisa León. Cuando la Suprema Corte le falló la anulación de este matrimonio, Pedro tomó la determinación de viajar de Mérida a México, para negociar con María Luisa el divorcio. No consiguiendo cupo en las empresas aéreas, decidió viajar como copiloto en un avión carguero de la empresa TAMSA, de la cual era socio. Al alcanzar el avión el despegue, se fue a tierra y Pedro, El ídolo de Guamúchil (mote por el cual era conocido), pereció con varias personas más, el 15 de abril de 1957.

Su sepelio fue una manifestación imponente de duelo. Un gran número de mariachis le cantaron en su tumba Amorcito corazón, para despedirlo. Hasta la fecha, Pedro Infante vive en el corazón de miles de personas que continúan sintiendo con sus canciones un inmenso cariño hacia su recuerdo.

Luego de su muerte, en el Festival de Cine de Berlín ganó el Oso de Oro al mejor actor principal actuando en la película Tizoc. Ismael Rodríguez, uno de los más reconocidos directores de la Época de Oro del cine nacional, y quien tenía como favorito para sus películas a Pedro Infante,  fue quien recibió el premio en su nombre anunciando que “lamentablemente él no está aquí para recoger este premio debido a que murió en un accidente aéreo“, lo cual causó que el auditorio se pusiera de pie guardando un minuto de silencio en su honor.

Ahora cuando vuelvo a ver las películas de Pedro Infante ya no me gustan tanto, será porque en mi edad adulta encuentro mucho de “machismo” en sus personajes e historias, pero él definitivamente me sigue pareciendo un buen actor, y muy simpático.

Me produce orgullo que mi abuelo haya tenido una vida intensa profesional y que haya fotografiado no sólo a Pedro Infante sino a diveras figuras y tantos eventos culturales, sociales y políticos de mi país. Me apena no haberlo conocido, pero me da gusto encontrar similitudes como ésta. Por cierto, yo soy Claudia, una de sus 19 nietos (sólo conoció a 4).