Si te interesa contribuir a difundir la obra fotográfica de Tomás Montero Torres, ¡lo agradecemos desde ahora! Pero recuerda mencionar siempre al autor de las fotografías y el acervo a donde pertenecen.

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Category : Músico

Efrén Callja Macedo

Agustin Lara

Por el sabor que tienen sus canciones

El problema con Agustín Lara es que todo sucede en primera persona, Agustín siempre habla de Lara. Además, todo puede ser una fantasía, realidad mancillada por el hambre de grandilocuencia.

ALCabina

La ventaja con Agustín Lara es que todo es verídico, sin importar el origen.

Al final, se puede decir cualquier cosa. Por ejemplo, que yo tenía ocho años cuando escuché los versos que definieron mi vida.

 

ALactores

Era de noche, el Tren Jarocho estaba a punto de salir de la estación de Veracruz con destino al Distrito Federal. La gente subía, bajaba, conversaba, gritaba, caminaba por el andén.

Yo, pasajero contra mi voluntad, sabía que detrás de las rejas, los arcos, las bancas y las enormes puertas de madera estaban los muelles, la playa, el zócalo, los portales, la pinera, el mercado de pescadería, la iglesia del Sagrado Corazón, el refresco Okey… pero no tenía palabras para describir la tristeza.

Agustin Lara y Músicos
Agustin Lara y Músicos

 

Entonces, mientras el tren iniciaba sus movimientos, escuché Veracruz, vibra en mi ser,/ algún día hasta tus playas lejanas/ tendré que volver… Eso cambió todo. Veracruz vibraba en mi ser. Y yo quería volver, algún día. Y las playas estaban lejanas. Y alguien había dicho eso para que yo lo escuchara en la voz de un hombre que tocaba la guitarra sentado sobre un costal lleno de mangos, entre una mujer que revisaba su canasta de enchiladas y dos tipos que daban inicio al interminable juego de baraja.

Agustin Lara
Agustin Lara

Las palabras me habitaron. Me convertí en otro, en alguien capaz de nombrar el mundo, de bautizar sentimientos y tirar el ancla en el mar de su identidad. Fui, por primera vez, durante esos minutos, Agustín Lara.

Agustin Lara
Agustin Lara

Esto pasa cada vez que el flaco de oro canta. Uno tensa la cicatriz al decir tu párvula boca/ que siendo tan niña/ me enseñó a pecar, y se siente viajero incansable mientras asegura y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme/ porque al fin tus ojos, me los llevo yo, y entiende de farolitos y de cómo se enjuagan las estrellas en Acapulco y de que todo nuevo querer es el amor de sus amores y del hechizo que fascina en su mirar y de que la vida para nada me sirve sin ti… porque uno es Agustín Lara poniéndole nombre a lo que parecía indescriptible.

Agustín Lara
Agustín Lara

Gracias a eso, más allá de los romances, las ciudades, las películas, las actas de nacimiento, los personajes y la desmesurada fantasía en la que se regodeó, Lara nos regaló la fe en el lenguaje, en nuestro lenguaje, porque cantamos sin poner en duda lo expresado, convencidos de que mi rival/ es mi propio corazón,/ por traicionero,/ yo no sé/ cómo puedo aborrecerte/ si tanto te quiero.

Al final, la memoria de Agustín Lara siempre habla de nosotros.

Agustin Lara XEW
Agustin Lara XEW

(*) Es un honor contar con la colaboración de Efrén Calleja Macedo, como un buen pretexto para compartir parte de las fotografías que Tomás Montero Torres captó del flaco de oro en diversas ocasiones. Efrén es gestor de contenidos y editor de libros de poesía y de la revista La Otra L.

Enrique Guzmán

Los autógrafos

¿Qué significa para un fan conseguir un autógrafo de aquel a quien admira? ¿Qué emociones se producen en aquel que otorga una dedicatoria de propia mano a un desconocido que se lo pide con gesto fervoroso? He visto varias veces esta serie de imágenes captadas por Tomás Montero Torres en 1966, muy probablemente al finalizar un concierto del ídolo de la juventud de esos años, Enrique Guzmán, y lo primero que me impacta es el arrebato de unos y el contraste emocional del segundo: a ratos calmo, a veces angustiado, en unas tomas en aparente soledad, en otras con un resguardo que se antoja mínimo…

 

Para esa fecha Guzmán ya tenía cinco años de haber dejado a los Teen Tops para grabar su primer disco como solista, Cien Kilos de Barro. No era un novato en los escenarios y aunque incursionó en la carrera de Medicina en la UNAM, sabía que su vocación era el canto. Lo que probablemente no esperaba era la algarabía que su físico y voz provocarían en un público muy diverso, tanto en género como en edades y circunstancias sociales.

 

Muy probablemente contribuyó a la creación del fenómeno que significó en el rock nacional de aquellos años su participación, más que en la radio, en el cine con la película Locura de Juventud -donde estuvo apadrinado por Libertad Lamarque y Doña Sara García- lo mismo que por la joven televisión comercial mexicana, que desde sus inicios en 1950 vislumbró la influencia y capacidad que llegaría a alcanzar.

 

Pero ese día de 1966 Enrique Guzmán dedicó tiempo a sus admiradores: estuvo cercano a ellos, les miró a los ojos, escuchó nombres y los repitió en una frase afectuosa en hojas o cuadernos… Fue un ser alcanzable, una posibilidad, un dios del Olimpo que se situaba en una coyuntura terrenal. Rozarlo apenas, imagino, pudo haber causado el éxtasis en más de uno…

Yo creo que él disfrutó ese día los suspiros y las sonrisas, los cuchicheos revoloteando a su alrededor, la breve valla que lo separaba de esa entrega total que se le ofrecía encarnada en hombres y mujeres radiantes de felicidad al tenerlo tan, tan cerca.

 

Me gustaría imaginar que más de uno aún conserva entre sus recuerdos de juventud aquellas líneas hechas sin prisa -un pedacito de su ídolo-, con la ingenuidad de un cantante tan joven como muchos de ellos, que se sentía guarecido por el cobijo de sus afectos sinceros y desbordados. Esas hojas, muy probablemente amarillentas con el paso del tiempo, testificarían las épocas en que los ídolos no eran artificiosos e inalcanzables… Más bien, seres llenos de anhelos y empeños para alcanzarlos, como muchos que se ven en estas imágenes, tras los barandales y cercos improvisados, con sus brazos estirados hacia la encarnación del sueño.

 

Con mi corazón

Una de las cosas más maravillosas para Pedro Infante, mi papá, era volar. De sus aeropuertos preferidos, estaban el Aéreo Militar de Santa Lucía y el aeropuerto de la Ciudad de México. En los hangares privados y la plataforma militar, convivía con el personal de operaciones, con los mecánicos y pilotos, para él como otras familias.

Otra de las cosas que más disfrutaba era elegir su ropa. Cuando la mandaba hacer -como las chamarras de aviador- siempre pedía dos o tres iguales. En lo que compraba, como gorras, kepis, lentes, escudos de aviación, etc., adquiría hasta diez de cada uno, ya que para él era un placer regalar sus cosas… Como pueden ver, mi padre era alguien con mucho amor por todo, pero con un gran desapego por lo material, por eso tan grande nuestra admiración.

La serie de fotografías de Don Tomás Montero en los Estudios Peerlees, increíbles, nos demuestran la confianza y el cariño que mi papá depositó en él.

Valió la pena la espera de este extraordinario trabajo. ¡Gracias Tomás Montero por tu valioso legado!

Las fotografías a que hace referencia Lupita Infante son parte de este blog y se pueden ver dando clic en el botón  ver publicación

(*) Lupita Infante Torrentera es hija de Don Pedro Infante, y para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es una gran satisfacción que nos haya enviado este cálido escrito. Bello pretexto para compartirles otra imagen del ídolo de Guamuchíl, a un par de semanas de que se conmemore su 55 aniversario luctuoso

Pedro Infante

Pedro Infante: la relevancia de unas imágenes

Hubo una época de oro en México, cuando se consideraba un país en donde las oportunidades llegaban solas, con poca competencia y con trabajo para todos; y en la que los que se aventuraban a ir más allá destacaban, consolidando sus nombres para las generaciones futuras. Pedro Infante y Don Tomás Montero fueron unos de ellos.

 

Esta serie de imágenes -captadas a Pedro Infante por Tomás Montero Torres– tienen una relevancia tremenda, porque nos describen más de lo que cualquiera pueda imaginar… Se trata de una secuencia fotográfica en los estudios “Peerless” de la avenida Mariano Escobedo #201 de la Ciudad de México, donde vemos a Pedro Infante vestido del personaje de la película “Nosotros los Pobres”, ni más ni menos que de “Pepe el Toro”, con una camiseta con bandas horizontales en color rojo y un lápiz en la oreja; en otras más lo vemos descalzo, ensayando con los músicos o recibiendo instrucciones del director de la compañía fonográfica, el señor Don Guillermo Knorhauser.

 

Pero para explicar sobre esta sesión en particular, tengo que darle un vistazo a cómo Pedro Infante llegó a grabar en dicha compañía.

Los orígenes

Pedro Infante se iniciaría como músico desde muy joven; su padre, Don Delfino Infante, era músico de profesión, por lo que a Pedro le tocaría acompañarlo en sus múltiples compromisos en una orquesta. Ya de adolescente y por ser un muchacho “coqueto” empieza a cantar para culminar sus “conquistas” a las muchachas de su localidad (Guamúchil, Sinaloa); de esta manera, el destino hará un camino a Pedro Infante para llegar a ser el artista más famoso de México y Latinoamérica.

Pedro Infante en los estudios “Peerless”

Después de una aventura hacia la capital de México, en compañía de su primera esposa María Luisa León, las oportunidades para él no se hicieron esperar: cantaría para la estación de radio XEB “El Buen Tono de la Radio” (que aún sigue transmitiéndose como la primer estación de radio vigente y más longeva de México); de ahí le darían trabajo como “Crooner” en centros nocturnos; después de algún tiempo, en 1942, realizará una prueba para grabar su primer disco en la compañía “RCA Víctor”, dos boleros llamados “Guajirita” y “Te estoy queriendo”, de los cuales se tenía planeado vender 300 copias, pero sólo se vendieron 100, lo que motivó a que fuera expulsado de la compañía “RCA”.

Un año después, a finales de octubre de 1943, Pedro Infante fue contratado para grabar en la compañía de discos “Peerless”. El director artístico era el señor Guillermo Knorhauser (de origen alemán), quien le ofreció grabar y firmar un contrato de exclusividad que duraría hasta la muerte de Pedro Infante, el 15 de abril de 1957.

Lunes 24 de marzo de 1947

Tomás Montero, reconocido fotoperiodista, se cita con Pedro Infante desde muy temprano en las instalaciones de la compañía “Peerless”, para una sesión de fotografías exclusivas. Es un magnífico día, el sol está en todo su esplendor –si ese día llueve entonces se tendrán que cancelar las grabaciones por el ruido que genera la lluvia, y que quedaría grabado en los discos de 78 rpm–. Pedro lo invita a pasar mientras Don Guillermo Knorhauser le entrega al artista las canciones que deben grabarse ese día. Pedro no conoce las melodías, pero su memoria es privilegiada, sólo repasa unos 10 o 15 minutos la letra y ya se la aprendió para toda la vida (alguna vez, en una gira por Perú, a Pedro le preguntaron si recordaba a las personas y sus nombres, sin dudar dijo que “sí”). Don Guillermo expresa lo que dirá siempre: “Trabajar con Pedro es un placer”, en tanto los músicos muestran haber ensayado tiempo atrás para el día de las sesiones; ahora sólo falta afinar y darle pequeños arreglos a las canciones para iniciar las grabaciones… Pedro ensaya otros 15 minutos con los músicos y Don Guillermo –que es el director artístico– indica qué debe cambiarse para una mejor interpretación. Por su parte, Tomás Montero no pierde ningún detalle de los sucesos, realiza tomas en todo momento: a Pedro cantando,  a Pedro hablando con Guillermo Knorhauser,  a Pedro ensayando con los músicos, a Pedro tocando el piano, a Pedro escuchando como van quedando las grabaciones, etc. Ya todos lo conocen bien, sólo bastan pocos ensayos y Pedro Infante es capaz de grabar sin jamás equivocarse.

Las melodías de ese día fueron éxitos

Ese lunes 24 de marzo de 1947 en los estudios “Peerless” resultó un día especial, a Tomás Montero le fue permitido tomar fotografías al artista mientras se grababan las canciones. En las bitácoras alguien anotó: “Hoy se tomaron fotos”. El ingeniero de sonido de esa sesión es el señor Ed. L. Baptista, quien se encuentra tras la cabina escuchando y ecualizando los sonidos (esta persona fundaría tiempo después su propia compañía de discos, “Musart”). El orden correcto de la grabación de las canciones fue así:

1.- “Mi cariñito”

2.- “Maldita sea mi suerte”

3.- “Mi consentida”

4.- “Me voy por ahí”

5.- “Ojitos morenos”

6.- “El aventurero”

7.- “Que gusto da”

8.- “La motivosa”

Algo curioso de esta sesión fue que la compañía “Peerles” perdió dos grabaciones de este día: “Que gusto da” y “La Motivosa”. De hecho, después de un tiempo nadie las recuerda, sólo permanecen escritas en las bitácoras poco legibles… Salen a la luz después de un trabajo arduo, de años de investigación que dieron fruto en los últimos tiempos, ya que se pudieron encontrar gracias a un coleccionista norteamericano que facilitó el material para su restauración.

La despedida

Ya son las 4:00 pm, por fin se termina de grabar. Pedro, contento y satisfecho, porta en su bolsillo el cheque que le dieron por la sesión, él así lo ha pedido… “A mi no me den eso de regalías, yo soy muy malo para las cuentas, mejor páguenme por mi trabajo”… Se pone su saco nuevamente y le dice a Tomás: “Por hoy se terminó, si quieres acompáñame al estacionamiento”…

 




Se dirigen a la parte trasera de los predios de la compañía “Peerless”, en donde tiene estacionado su Lincoln convertible del año en color negro. Se deja fotografiar nuevamente y Tomás Montero le realiza estupendas poses en su auto. El reloj de Pedro marca exactamente las 4:12 pm del  lunes. Finalmente, se despide con la mano de su amigo Tomás, no sin antes agradecerle el haberlo acompañado durante el día en una sesión agotadora de trabajo.

La última vez que Pedro Infante pisa los estudios “Peerless” es el día sábado 1 de diciembre de 1956, para grabar cuatro canciones.

El predio original donde se ubicaban los estudios fue vendido por sus antiguos dueños, hace más de una década, a una compañía constructora que los demolió para edificar departamentos. En cuanto a los archivos sonoros, fueron adquiridos en precio secreto por la compañía Warner Music de México.

(*) Paul Riquelme es abogado, investigador y admirador profundo de toda la vida del ídolo de Guamúchil. Está en la etapa final de la elaboración de un libro sobre Pedro Infante, donde dará a conocer anécdotas e información poco conocida del actor y cantante. En el Archivo Tomás Montero Torres agradecemos profundamente su entusiasta colaboración, para enriquecer con contenidos interesantes una parte de la cantidad de fotografías que en el acervo se conservan de esa memorable sesión de grabación.

Miguel Bernal Jiménez, músico y compositor (1910-1956)

Mi abuelo fue un hombre visionario y muy adelantado a su época, un hombre que iba contra corriente. Nació en 1910, en un panorama enrarecido por la Revolución Mexicana, donde la religión era una constante persecución. Había una intolerancia por parte del Gobierno a cualquier credo, problemática a la que Bernal se enfrentaría posteriormente, en su vida como músico.

Miguel Bernal Jiménez, con su vocación musical desde niño y su aptitud sobresaliente, decidió irse a Roma a estudiar en la Pontificia Scuola Superiore di Musica Sacra, donde se graduó con mención honorífica en tres maestrías que hizo al mismo tiempo, algo nunca antes visto: Canto gregoriano, Órgano y Composición Sacra. Legó un catálogo de 251 obras, entre música instrumental, vocal, sacra y profana;  lo cual es admirable ya que muere a la edad de 46 años.

Viajo a Europa varias veces, con puestas en escena majestuosas como la Ópera Tata Vasco en Madrid. Fue Director de la Universidad de Loyola, en Nuevo Orleans, Luisiana; Director del Conservatorio de las Rosas, Primer Conservatorio de América en Morelia, Michoacán, y fue probablemente en ese período que conoció al Maestro Tomás Montero.

Por las fotos tomadas por Montero Torres a Miguel Bernal suponemos – sus nietas Martha Montero, Silvia Sánchez Montero y yo, nieta de Bernal- que tenían una relación de amistad, ya que no son fotos donde Bernal está solo trabajando, o dirigiendo alguna orquesta o coro; sino la más grata sorpresa fue ver a un Miguel Bernal tierno, cariñoso, en un entorno familiar.

 

Una foto en particular, que me mostró otro rostro de mi abuelo, es una escena donde él está con uno de sus hijos en sus piernas, mostrándole con tanto amor su bella ciudad natal, Morelia, desde lo alto de la Iglesia de San José, donde al fondo se puede ver la catedral.

Otra foto increíblemente bien realizada es donde Miguel Beernal Jiménez está dirigiendo desde las escalinatas del Teatro J. Rubén Romero, y puedes ver su expresión de pasión por lo que hacía y amaba: la música.

Para mi, lo verdaderamente interesante del trabajo fotográfico de Montero es que tenía la destreza de reflejar, en cada foto que le tomaba a Miguel Bernal, sus sentimientos y plasmarlos en papel, tarea que sólo los  grandes fotógrafos pueden lograr.

(*) Verónica Bernal Vargas es nieta de Miguel Bernal Jiménez y Directora General del Festival de Música de Morelia. Tuvimos la fortuna y el gran placer de conocerla en noviembre de 2010, cuando conmemoraban justo el centenario del natalicio de su abuelo, el gran compositor y director que le da nombre a un festival de gran prestigio a nivel nacional e internacional. Para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es un honor su colaboración en este espacio y le agradecemos de todo corazón.