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Martha Patricia Montero

Tomás Montero Torres (*)

Tomás Montero Torres y María Luisa Butzmann de Montero disfrutando alegres en una fiesta de disfraces, y posando al centro con un beso…

Cuando mi abuela Lulú tomó la decisión de liberar el archivo de negativos, que con tanto celo guardó por 40 años, nadie –ni ella misma- imaginó lo que esa acción provocaría.

Mi abuelo Tomás falleció a los 56 años, cuando apenas éramos 4 nietos muy pequeños, de los 19 que llegaríamos a ser, y aunque su ausencia nos marcó profundamente, crecimos conociendo sólo algunas de sus facetas gracias a las historias que se desgranaban en voz de su viuda, de sus hijos, sobrinos, nueras, yernos… Que nunca llegaba a su casa con las manos vacías, por ejemplo, un bolsillo del saco lleno de caramelos para los hijos y otro con chocolates para su mujer; que en Michoacán, su tierra, se acercaban las jóvenes indígenas a decirle ‘¿le digo algo en purépecha y me da una moneda?’ y él, con seguridad, les preguntaba, ‘y si te hablo yo en purépecha, ¿me la das a mi?’, porque era una lengua que sabía; que era muy elegante y siempre andaba de traje y corbata, con pañuelo a juego; que alguna vez él y mi abuela habían abordado un tren nocturno para Morelia y dormido en un carro cama, para despertar y descubrir que amanecían en México, porque por alguna razón el tren no había salido y seguían en Buenavista; que era un trabajador incansable y que tenía un corazón de oro, con un carácter que con los años, y a ratos, se le descomponía a causa de la diabetes que padeció, y por la que moriría sin proponérselo; que aunque era de corta estatura y por ello le decían ‘Monterito’ tenía brazos amplios y generosos para recibir en su casa a cuñada, sobrinos, padre, suegra, amigos y las más raras mascotas que sus hijos elegían –desde tarántulas hasta chivos-.

Tomás Montero con sus 6 hijos: Silvia, Tomás, Oscar, Peke, Lupita y Hugo en un amoroso abrazo
Tomás Montero con sus 6 hijos: Silvia, Tomás, Oscar, Peke, Lupita y Hugo en un amoroso abrazo
Leyendo con el más pequeño de sus hijos: Hugo
Leyendo con el más pequeño de sus hijos: Hugo
Posando en el día de campo con sus hijas Silvia y Lupita
Posando en el día de campo con sus hijas Silvia y Lupita

 

Sabíamos que pintaba, que era sumamente prolífico y lo hacía muy bien; no hay casa de familia donde no haya cuadros suyos –paisajes, desnudos, bodegones, vírgenes, bateas, miniaturas, y hasta tarjetas de recuerdo con letra garigoleada que él mismo se inventaba…–

Calavera hecha por Tomás Montero Torres
Calavera hecha por Tomás Montero Torres

Que había estudiado en la Academia de San Carlos, que le encantaba viajar y que además de haber recorrido más de una vez esta patria suya que tanto quería, había ido a Europa, a Estados Unidos, a Panamá, a Cuba, donde por cierto expuso una serie de Cristos, la mayoría de los cuales se venderían en la isla…

Portada del catálogo de la exposición, realizado por Tomás Montero Torres, y cuyo prólogo fue escrito por Don José Vasconcelos
Portada del catálogo de la exposición, realizado por Tomás Montero Torres, y cuyo prólogo fue escrito por Don José Vasconcelos

 

Tomás Montero mostrándole a Carlos Septién, y a otros amigos, las fotografías con las que participó en la exposición colectiva "Palpitaciones de la vida nacional" en 1947, en Bellas Artes
Tomás Montero mostrándole a Carlos Septién, y a otros amigos, las fotografías con las que participó en la exposición colectiva “Palpitaciones de la vida nacional” en 1947, en Bellas Artes

Que fue compadre de Carlos Septién García, ese periodista famoso y de temple claro, cuya muerte le afectaría profundamente en los afectos y en la salud, porque justo por una gripa fuerte el propio Septién lo había mandado de regreso a su casa, evitando así que tomara el mismo vuelo del trágico accidente.

¿Sobre su oficio de fotógrafo? Sabíamos, claro… ¡Otro rico puñado de anécdotas! Que había estado varios meses en la sierra tarahumara, en los 50, en una época de sequía, y había padecido hambre junto con los rarámuris y hasta había comido rata de campo; que había regresado lleno de admiración por ellos y que esa vivencia lo marcó mucho. Que tenía su cuarto oscuro en casa, en uno de los baños. Que su esposa y sus hijos aprendieron todo el oficio de la cámara fotográfica, el proceso de revelado e impresión para ayudarle en más de una ocasión. Que era perfeccionista. Que hubo una cámara Rolleiflex que nueva, de un tripié, caería para romperse cuando su segunda nieta pasó por ahí con la inocencia de los dos años y que conseguiría que se la cambiaran por otra nueva desde Alemania, pero que llegaría cuando él ya había partido y se quedaría sin estrenar. Por supuesto, sabíamos del archivo: que estaba ahí, y que al paso de los años y las mudanzas –siete desde el temblor de 1985– seguía estando ahí. Porque, por cierto, mis abuelos, mi papá y mis tíos vivían aquí enfrente, atrás de la Ciudadela, en la calle de Ayuntamiento, vecinos de este espacio del Centro de la Imagen…

Mediados de 2008 nos sorprendió con la idea clara de mi abuela de regalarlo. Mi hermana Claudia tuvo incluso que ir por un cerrajero, porque después de tantos lustros se desconocía el paradero de las llaves. Era tal el azoro de lo que se leía en cada sobre, que la importancia que se intuía sobre su contenido evitó que la curiosidad nos ganara y permitió que nos diéramos el tiempo suficiente para hacernos de mayores conocimientos sobre cómo tratar los negativos y qué hacer con el acervo, antes de manipularlo.

En los meses siguientes mi abuelo Tomás, así es aunque no lo crean, mi abuelo, haría tres revelaciones que nos irían encauzando más. Primero, al poco tiempo, apareció un legajo de 17 páginas con el nombre: “Diario de un fotógrafo de prensa”, que reprodujimos tal cual en el libro que les estaremos obsequiando en un rato más (aquí la versión descargable con dos clicks: CAT FONCA); poco después, una caja “camisera” –como las que se usan para guardar camisas– con sus documentos de la UNAM –boletas, formas de pago, credenciales…– con catálogos de exposiciones, gafetes de todos los diarios y revistas para las que colaboró y otros documentos de trabajo; y como medio año después, o más, como aparición mágica, mi prima Gabriela encontró en la casa de mi abuela una caja más grande, sellada por él, llena de hemerografía donde publicaban sus fotografías, recortes de prensa que hablan de él, de premios, anécdotas o hasta caricaturas que le hicieron famosos como Carreño o Vic…

 

Aquí, sin duda, tienen que comenzar los agradecimientos, porque desde 2009 hemos reencontrado o conocido a personas valiosas, en los momentos correctos, para optar por los mejores caminos para esta impresionante aventura en la que estamos envueltas Silvia, Claudia, Julieta y yo. Un reto que nos impulsó a definir claramente lo que debíamos hacer: rescatar y difundir el acervo fotográfico de Tomás Montero Torres, contribuyendo a que tenga el lugar que le corresponde en la historia de la fotografía en México. Porque es claro lo que él aportó, lo que innovó, la estética y el humanismo de sus imágenes, su diversidad, su oportunidad histórica, que estando vivo, curiosamente, le reconocían, y que con el silencio de la muerte fue una distinción que se apagó…

Tomás Montero en las bellas Lagunas de Camécuaro, en Michoacán, su tierra
Tomás Montero en las bellas Lagunas de Camécuaro, en Michoacán, su tierra

Y aquí cabría decir que la primer persona de este siglo XXI que hizo una presentación sobre Tomás Montero Torres no fue nadie del equipo: fue Ángela –la mayor de sus 23 bisnietos–. Cuando iba en el último año de preparatoria se enteró de lo poco que sabíamos en aquel momento y reclamó –“¿por qué nadie me había dicho que tuve un familiar famoso?”– así que pidió algunas fotos y datos y preparó una clase sobre él antes de ingresar a la universidad a estudiar Gastronomía.

 

Además de nuestra abuela, que creyó en nosotras, en nuestras capacidades, compromiso afectivo y entusiasmo –y que está hoy aquí con sus muy lúcidos 91 años– y de toda nuestra familia, incluyendo a los sobrinos e hijos, y en especial Tania, Luis y Matías, hay una larga lista de personas a quienes hay que decir “Gracias”, porque sin sus consejos, apertura, apoyos, amistad y cariño, este trecho de tres años de trabajo –uno de preparativos y dos con la valiosa beca del Fonca– hubiera sido más complejo…

Rodeado por sus hijos -en el sentido del reloj- Oscar, Silvia, Hugo, Tomás, Peke y Lupita
Rodeado por sus hijos -en el sentido del reloj- Oscar, Silvia, Hugo, Tomás, Peke y Lupita

Me gustaría mencionar a algunos, con la salvedad de que hay un listado mucho más detallado –y espero que completo, por supuesto– en el libro que les daremos hoy… Paco Mata, Rebeca Monroy, Elisa Lozano, Pedro Valtierra y Anasella Acosta, Alberto Del Castillo, Gerardo Ceballos, Pedro Meyer y Nadia Baram, Arturo Betancourt, Iván Mejía, Maribel Fonseca, Adrián Román, Víctor Flores y Cristina Morán, Banco de Ideas y su director Carlos Mora, la asociación civil que dirige mi hermana, Muévete x Tu Ciudad, la Fototeca Nacional con Mayra Mendoza y Juan Carlos Valdez Medellín, la Fundación Cultural Televisa con Fernando Osorio, Fernanda Monterde y Mauricio Maillé, Laura González Flores y su maravilloso equipo de la UNAM, Sabrina, Amanda, Brenda, María, Elva, Karen, Edgar y Marisol, a Glinsi, y a más, muchos más…

Dos años de trabajo apoyadas por el Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales del Fonca se dice fácil, pero para nosotras han sido sumamente intensos y nos marcan nuevos retos en el corto plazo. La dinámica nos está exigiendo preparar una muy buena biografía de Tomás Montero Torres, clara, bien fundamentada, con investigación rigurosa; establecer lineamientos para abordar sus principales temas –que es algo que aún no hacemos- que son: política, aviación civil, tauromaquia, religión, bellas artes… Concluir la reprografía de los restantes 60 y tantos mil negativos, así como ampliar las posibilidades de la base de datos. Digitalizar y pasar a materiales de conservación otras cantidades de negativos, conforme el tiempo y los recursos lo permitan…

Continuar el blog como una labor permanente, porque ha sido y es una experiencia sumamente enriquecedora, un diálogo abierto y no destinado sólo a especialistas. Gracias a este espacio nos hemos topado con familiares o estudiosos de varios personajes retratados por Tomás Montero; el nieto del escultor Alfredo Just, Verónica, la nieta de Miguel Bernal, un familiar de Víctor y Jorge Cuesta, o fortalecido el contacto con otros, como María Elena, la sobrina de Miguel Covarrubias… Nos topamos con Don Antonio Aspiros, un alumno de Montero Torres, ya que él dio clases de fotografía –y fue el primero en hacerlo– en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García; o con un admirador de un ídolo como Pedro Infante, Paul Riquelme, que nos ha aportado datos específicos sobre una serie de fotografías, como el día y hasta la hora en que fueron tomadas… Por todo esto seguiremos, como hasta ahora, dispuestas a este diálogo abierto, lo mismo que a estudiantes, investigadores y otras alianzas académicas que brinden herramientas para concretar estos retos.

Cuatro generaciones: bisabuelo, abuelo, papá y la nieta mayor, Martha...
Cuatro generaciones: bisabuelo, abuelo, papá y la nieta mayor, Martha…

Estamos en una conversación inesperada y cálida con nuestro abuelo Tomás, quien si ya era entrañable ahora lo es aún más. Hoy sabemos dónde estudió y trabajó, por dónde anduvo, quiénes eran sus amigos, qué postura política tenía, con qué profesión se identificaba, qué le dolía de México, qué le gustaba y cómo se lo transmitió a su familia…

Seleccionando piedras con su segunda nieta, Silvia, para después pintarlas...
Seleccionando piedras con su segunda nieta, Silvia, para después pintarlas…

 

Se nos “aparece” cada tanto de muchas maneras y nos impulsa a continuar la labor con idéntico entusiasmo que al principio. Por mencionar un ejemplo que aún me conmueve, les cuento… Viendo las revistas de época nos enteramos que en los créditos aparecían con igual importancia los Hermanos Mayo y Tomás Montero, así que le pregunté a mi abuela y dijo ‘¡claro, era muy amigo de ellos, en especial de Paco y de Julio!’, así que nos dimos a la tarea de localizar a Don Julio y le llamamos a su casa de Atlixco cuando aún vivía su esposa y él tenía 97 años –este año cumplirá 99–. Me contestó una enfermera muy amable, explicando que Don Julio estaba muy bien de salud, pero que ya oía menos, que si le explicaba a ella quién era yo y el motivo de la llamada, eso le facilitaría la conversación… Supongo que le escribió los datos, porque alcancé a sentir como Don Julio le arrebató el teléfono para preguntarme ‘¿Es usted nieta de Tomás Montero? –sí…– pues no me lo va usted a creer, pero ayer tuve que ir a la Ciudad de México porque soy Vicepresidente Vitalicio de la Asociación de Fotógrafos de Prensa, y me enseñaron unas fotografías antiguas para ver de quién me acordaba, y mencioné a su abuelo… ¡¿No le parece una fabulosa coincidencia que ayer yo lo haya mencionado y hoy usted me llame por teléfono?!’… Ya sabrán que la piel se me puso chinita, impresionante…

Don Julio Mayo, Silvia, la Sra. Mayo (q.e.p.d.), Martha y Claudia
Don Julio Mayo, Silvia, la Sra. Mayo (q.e.p.d.), Martha y Claudia

Y por supuesto fuimos a Atlixco, y Don Julio ya nos tenía de regalo una foto que mi abuelo había tomado, donde estaban su esposa y mi abuela juntas, vestidas de sevillanas en una corrida de toros, y otra de él con mi abuelo y otro grupo de fotógrafos, en compañía de Cantinflas

Al centro de esta imagen la señora Mayo y María Luisa Buztmann de Montero... Arriba, con la bota de vino y la cámara al cuello, Julio Mayo
Al centro de esta imagen la señora Mayo y María Luisa Buztmann de Montero… Arriba, con la bota de vino y la cámara al cuello, Julio Mayo
Evento de presentación en el Centro de la Imagen con Martha Montero, Álvaro Cueva, Silvia Sánchez Montero, Nacho López, Carmen Soriano y Luis Enrique Villegas
Evento de presentación en el Centro de la Imagen con Martha Montero, Álvaro Cueva, Silvia Sánchez Montero, Nacho López, Carmen Soriano y Luis Enrique Villegas

Nos compartió sus recuerdos, nos trató como reinas y no quería dejarnos marchar… ‘¡que diera yo porque mis nietos fueran como ustedes! Pero no les interesa la fotografía ni mi archivo…’, nos dijo, y toda esta inolvidable vivencia, estoy segura, fue gracias a mi abuelo, como otras tantas más.

Los logros de lo ya hecho los compartió Silvia hace un momento. Yo quiero concluir esta presentación agradeciendo a Luis Enrique Villegas, Carmen Soriano, Alberto Zuñiga y José Luis Espinoza Piña del ILCE –los dos últimos no pudieron estar físicamente pero sí de corazón– y a Álvaro Cueva, cómplices fabulosos de este proyecto y de esta noche; a Nacho López, que en su nombre ya venía marcada su profesión ligada a la fotografía y dirige con juventud y éxito una gran revista desde Jalisco, La Membrana, por su papel como moderador; y a Valentín Castelán, Erika Nuñez y Kristal Mejía, un equipo fabuloso del Centro de la Imagen dirigido por Alejandro Castellanos, por tan buena acogida esta noche y por su apoyo generoso desde que venimos a proponerles hacer aquí esta presentación; también a cada uno de ustedes por estar siempre, por ser cercanos y estimularnos a continuar, y estar hoy aquí, con su hermosa, hermosísima presencia.

 

María Luisa con su hija Peke de bebé, con el Lago de Pátzcuaro al fondo...
María Luisa con su hija Peke de bebé, con el Lago de Pátzcuaro al fondo…

En este país que tanto nos enseñaron a amar desde pequeñas, ahora más que nunca hace falta retomar los pilares de ideas, creación y aportes, recordar lo grandes que podemos ser como país y apostar por ello.

Hoy puedo decir llena de emoción y gozo –porque esas son las palabras correctas, emoción y gozo– que Tomás Montero Torres ya no es un desconocido en el ámbito actual de la fotografía en México. Aún es largo el camino por recorrer, pero sin duda su nombre ya está cargado de significados y aportes. Su legado es familiar, pero lo trasciende: es un patrimonio visual de México que habla de estética, identidad, memoria y pertenencia, y hoy lo presentamos oficialmente ante ustedes invitándolos a acercarse, a profundizar, a hacerlo también suyo. Muchas gracias…

Tomás Montero Torres en plena acción con su cámara Leica, retratando al emblemático "General de la Rosa"...
Tomás Montero Torres en plena acción con su cámara Leica, retratando al emblemático “General de la Rosa”…

(*) Escrito compartido el 17 de abril en el Centro de la Imagen, en el evento de presentación de los resultados obtenidos por el equipo del Archivo Tomás Montero Torres en los dos años de apoyo de la beca del Fonca, y donde el Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa (ILCE), en voz de Luis Enrique Villegas y Carmen Soriano, también compartió algunos avances de “Haluros de Plata”, un documental que están encabezando sobre el fotógrafo Montero Torres y el proyecto de rescate de su acervo.

Semana Santa en Iramuco: reportaje gráfico

En el Municipio de Acámbaro, perteneciente al estado de Guanajuato, existe un poblado de nombre Iramuco en el que habitan poco más de 61 mil personas. Como en muchas otras poblaciones del país, sus habitantes celebran los días santos de la Semana Mayor con una representación de la Pasión de Cristo en la que participan activamente, ya sea interpretando algunos de los personajes  -cabe destacar que los principales están simbolizados en las propias figuras de bulto de la Iglesia- o como fieles que en la contemplación y la fe acompañan el acto.

En 1951 Tomás Montero Torres fue ahí con una misión: efectuar un reportaje gráfico de esta tradición. Captó cerca de un centenar de fotografías, una serie que hace palpable su destreza para contar historias visuales; porque era lo que más le gustaba según sus tarjetas de presentación, ser reportero gráfico. La época dorada de las revistas ilustradas de México quedó atrás, y ahora es raro ver conjuntos grandes de fotografías mostrando un hecho o contándolo por sí mismas, así que compartir la mayor parte de ese reportaje gráfico bien puede considerarse un lujo.

Salomé con la cabeza de Juan el Bautista
Salomé con la cabeza de Juan el Bautista

Narrar una historia exige destreza y conocimiento. Hacerlo visualmente, también. Tomás Montero perfeccionaba continuamente sus habilidades en el uso de sus cámaras, su relación con la luz, el oficio del cuarto oscuro… Pero -por lo que este extraordinario reportaje muestra- también acudía a los hechos con la información necesaria para adelantarse a los acontecimientos y capturar las imágenes precisas, para contar con fotografías de cada fase de la historia, para tener la certeza de poder reconstruir más adelante todo el hilo narrativo.

 

Buscando en este 2012 información sobre la Semana Santa en Iramuco -que continúa siendo la principal fiesta religiosa del lugar- es visible una mayor vistosidad en los recursos escenográficos y de vestuario, la presencia de hermosos arreglos florales e incluso la participación de personas en lugar de las figuras extraídas de la Iglesia en algunas de las escenificaciones… También hay cambios notorios en los espectadores, donde además de los residentes se mezclan visitantes y migrantes que retornan para estas fechas: predominan las miradas curiosas y han desaparecido las mujeres cubiertas con rebozos de fino hilado.

Dar marcha atrás en el reloj y ver los rostros participantes de ese 1951 registrado por Montero Torres a lo largo de varios días, es al mismo tiempo contemplar otro México, de una sencillez robusta y una introspección que ha ido revelándose con el tiempo…

 


Judas y las 30 monedas que dan paso franco a los soldados

Cambio de ropajes y su apresamiento

Al siguiente día lo llevan con Poncio Pilatos para que decida qué hacer, pero como es bien sabido él prefiere lavarse las manos…

Los soldados vuelven a llevárselo




Comienza el martirio de la cruz y las caídas, en este caso acompañado por niños ángeles

María Magdalena se acerca a él para refrescarlo y su imagen santa queda plasmada en el lienzo




En este peregrinar no va solo, le acompañan cientos de fieles…


No pueden faltar las imágenes de sus padres, que afligidos lo acompañan a lo largo del Via Crucis

El púlpito del sacerdote también es llevado en brazos por los fieles, para que a lo largo de la jornada les recuerde el significado de cada acto…



No existe nadie ajeno a esta Pasión celebrada en Iramuco, Guanajuato… La participación de todos es esencial para el fortalecimiento de la fe…

Ver desde la comodidad de este árbol, casi diseñado para ello…


Las mujeres de Iramuco, de esa mitad del siglo XX, tienen un papel principal. Una fuerza redentora que sin duda transmitían a sus familias… Mujeres niñas, mujeres penitentes, mujeres de rebozo, veladora y rezo…


Esta hermosa niña ángel cuida del Cristo y lo refresca

Muchos rostros de dolor se conduelen en esa empatía hacia el Cristo próximo a crucifixar

Entre los pobladores asistentes destaca el grupo responsable de acompañar con música La Pasión… Cabe destacar que aunque son “músicos de pueblo” eso no hace mella en su preparación: el director marca los compases con tiento y pequeños niños ayudan portando las partituras, de modo que cada músico pueda ejecutar su instrumento con maestría… Aquí, una vez más, el saber ver bien de Tomás Montero, y su acercamiento respetuoso al fotografiar, otorgando visibilidad y dignidad en el acto.



Llega el momento de la crucifixión, y aunque hay que poner una corona de espinas y clavar, las manos que lo hacen muestran la misma ternura que el rostro atento y generoso de quienes lo hacen…

¡Cuántos se requieren para clavar a un solo hombre en la cruz!





Seriedad, dolor, respeto… Sencillez en el recuerdo anual de La Pasión de Cristo…

 

 

En el Templo de San Jerónimo de Iramuco, Guanajuato, las ofrendas y los adornos que perpetuarán por unos días la intensidad y el sentido de la fiesta. Otro Cristo permanecerá en ella a lo largo del año, con la corona ya inserta a su figura doliente…

 

El poblado volverá a llenarse de quietud, y el árbol, retomada la tranquilidad de su sombra, seguirá creciendo bajo el sol…

Con mi corazón

Una de las cosas más maravillosas para Pedro Infante, mi papá, era volar. De sus aeropuertos preferidos, estaban el Aéreo Militar de Santa Lucía y el aeropuerto de la Ciudad de México. En los hangares privados y la plataforma militar, convivía con el personal de operaciones, con los mecánicos y pilotos, para él como otras familias.

Otra de las cosas que más disfrutaba era elegir su ropa. Cuando la mandaba hacer -como las chamarras de aviador- siempre pedía dos o tres iguales. En lo que compraba, como gorras, kepis, lentes, escudos de aviación, etc., adquiría hasta diez de cada uno, ya que para él era un placer regalar sus cosas… Como pueden ver, mi padre era alguien con mucho amor por todo, pero con un gran desapego por lo material, por eso tan grande nuestra admiración.

La serie de fotografías de Don Tomás Montero en los Estudios Peerlees, increíbles, nos demuestran la confianza y el cariño que mi papá depositó en él.

Valió la pena la espera de este extraordinario trabajo. ¡Gracias Tomás Montero por tu valioso legado!

Las fotografías a que hace referencia Lupita Infante son parte de este blog y se pueden ver dando clic en el botón  ver publicación

(*) Lupita Infante Torrentera es hija de Don Pedro Infante, y para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es una gran satisfacción que nos haya enviado este cálido escrito. Bello pretexto para compartirles otra imagen del ídolo de Guamuchíl, a un par de semanas de que se conmemore su 55 aniversario luctuoso

Fotografiar a la fotógrafa

Fotografiar a la fotógrafa. ¿Quién toma al toro por los cuernos? Y no a cualquier fotógrafa: a Lola Álvarez Bravo. Fotografiar dos apellidos robustos, tomados de Manuel. Don Manuel. Gloria nacional. Vaca sagrada. (Estuvieron casados menos de una década, pero ella portó los apellidos casi 70 años.)

Observas una y otra vez esta serie de fotografías de Lola Álvarez Bravo (nombre de soltera: Dolores Martínez de Anda), tomadas por el fotógrafo michoacano Tomás Montero Torres, y no te resulta fácil decidir cuál de ellas te gusta más. En todas el chongo de pelo cano. En todas la actitud de seriedad. En todas el cigarrillo sin filtro y la cajetilla en las manos; es decir, sin ocultar un hábito, un gusto. Un vicio, diríamos los chocantes puritanos del siglo XXI. Tal vez, en ese entonces, un signo de libertad, autonomía, equidad. Lo único cierto: un gusto; tan fuerte, tan poderoso, como para desear incluirlo en el retrato, en la imagen de sí misma, en el recuerdo.

 

Y el atuendo, casi traje de batalla, de trabajo duro; cuatro botones metálicos en el pecho, como casaca militar. Lola Álvarez Bravo mestiza de Lagos de Moreno, Jalisco. Lola Álvarez Bravo con aires de escultura de Francisco Zúñiga. Lola sentada. Reflexiva. Imaginando, tal vez, lo que miraba el fotógrafo. Imaginándose en el sitio del fotógrafo. De un Manuel Álvarez Bravo. De un Edward Weston. De una Tina Modotti. De un Tomás Montero Torres. Viéndose ver. Deseando captar –tomarle prestados a la vida– el gesto, la expresión, la mirada, la actitud. Seduciendo a la luz. Cautivándola. Cosa fácil. Natural. Para ella, que supo ver.

(*) Ernesto Flores Vega es cinéfilo, melómano y fotógrafo amateur. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana y un posgrado en Periodismo Internacional en University of Southern California. Generoso en su sabiduría y afectos, en el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy honrados de contar con esta sensible colaboración suya.

De acuerdo con el informe oficial del Servicio Sismológico Nacional del Instituto de Geofísica de la UNAM, este martes 20 de marzo a las 12:07 se registró un temblor de 7.8 grados escala Richter, con epicentro en las cercanías de Ometepec, Guerrero, y Pinotepa Nacional, Oaxaca; que se sintió con fuerza en la zona central de la República Mexicana. En estas situaciones, nuestra memoria reciente revive las imágenes, estremecimientos y resquebrajos sufridos en 1985, cuando a las 7:17 de la mañana un temblor oscilatorio y trepidatorio, con una magnitud de 8.1 y con epicentro frente a la desembocadura del Río Balsas, en los límites de Michoacán y Guerrero, junto con su fuerte réplica del día siguiente, provocaron una de las más graves tragedias humanas de la capital mexicana, con más de 10 mil muertos, miles de heridos y damnificados, así como cuantiosas pérdidas materiales. Aunque no fue la primera vez que el Valle de México se estremecía…

 

La madrugada del domingo 28 de julio de 1957, exactamente a las 2:44am, los habitantes de la Ciudad de México despertarían sorprendidos y presurosos por un temblor de 7.7 grados en la escala de Richter, cuyo epicentro en esa ocasión se ubicó en Acapulco, Guerrero, con el resultado de 700 personas muertas y 2,500 heridas. Un año antes, en el ánimo de modernidad de aquella época, se había levantado el primer rascacielos del país: la Torre Latinoamericana, diseñada por el arquitecto Augusto H. Álvarez (44 pisos y 188 metros de altura incluyendo la antena), así que los días posteriores, en los medios y círculos especializados, se procuraba saber “si era peligroso crecer hacia arriba”.

Parece que los entrevistados por el reportero Alardo Prats -tres arquitectos y los pintores Ángel Zárraga y Diego Rivera- se inclinaban por promover un crecimiento horizontal y apegado a reglamentaciones que delimitaban la altura máxima de los edificios en sesenta metros, aunque las tendencias iban rompiendo el estilo de la Ciudad de México, con un crecimiento anárquico, “en todas direcciones, según el viento de las especulaciones monstruosas y desenfrenadas”, cuando el país albergaba 30 millones de habitantes y la capital tres millones y medio in crescendo

¿Qué dirían los urbanistas de hace 55 años de la fisonomía actual de la Ciudad de México, que con su ritmo de crecimiento se expandió vertical y horizontalmente? Trascendiendo este punto -digno de otras polémicas y complejas soluciones- habría que resaltar la gran diferencia entre las reacciones y los daños humanos y materiales de ese 1957 y la experiencia de este día de 2012…

 

Aquel movimiento telúrico llegó a conocerse como “El temblor del ángel”, porque también cayó al suelo la emblemática figura de la Victoria Alada que coronaba la Columna de la Independencia, tal y como podemos apreciar en esta serie de fotografías de Tomás Montero Torres. El ángel tuvo que ser reconstruido a lo largo de un año por un grupo de técnicos, bajo la dirección del escultor José María Fernández Urbina, así que la columna permaneció sin su colosal complemento hasta el 16 de septiembre de 1958, cuando fue reinaugurada.

Resalta la proporción entre los trozos de la Victoria Alada esparcidos por el suelo y la dimensión de hombres y mujeres que llegaron hasta ese punto de la Avenida Reforma a verlo con sus propios ojos… Otras edificaciones se perderían por completo o sufrirían cuarteaduras de importancia, contribuyendo con sus ausencias o remodelaciones a reconfigurar la metrópoli…

 

Pero hubo aprendizajes… La Torre Latinoamericana, por ejemplo, fue de los primeros edificios del planeta en construirse en una zona de alto riesgo sísmico y, gracias a su estructura de acero y gatos hidráulicos se mantuvo sin percances, logrando gran prestigio internacional y el premio del American Institute of Steel Construction.

Es más, hoy día, con su fortaleza probada tras el sismo de 1985, “la Latino” está considerada “uno de los rascacielos más seguros del mundo”. De cierto modo constituyó un experimento positivo para la mejora de futuras construcciones, en México y el extranjero. Fue la edificación más alta del país hasta 1972, cuando concluyó la construcción del Hotel de México -hoy World Trade Center-, y durante ese tiempo también permaneció como “la más alta de Iberoamérica”.

Lo cierto es que los aprendizajes nunca concluyen, menos cuando habitamos un país con alto riesgo sísmico debido a sus características geológicas.

 

El Rincón Tarasco

 

Raymundo Clemente Montero Torres
Raymundo Clemente Montero Torres

 

Don Paulino Montero Pillé nació en Charo, Michoacán, y dedicó su vida a dar clases de música. Entre sus alumnos llegó a destacar por talento propio Miguel Bernal Jiménez, también michoacano de buena cepa. Pero de joven, muy joven, Don Paulino le echó el ojo a Mariana Plata y se la robó a caballo de una ranchería. Fueron una pareja de bien y felices, aunque el primogénito tardó algunos años en llegar y, cuando lo hizo, dejó tan débil a su mamá que ésta falleció a los 40 días… En ese todavía siglo XIX un viudo solo con un hijo recién parido era una verdadera tragedia… y conmovía. Así le ocurrió a Ángela Torres Ortiz, amiga muy cercana de la difunta y quien recién había ingresado de novicia al convento. Con el corazón estrujado, pidió permiso a la Madre Superiora para brindar un poco de ayuda, y esa decisión le cambió la vida, porque ya no llegó a ser “hermana” sino “madre”. A aquel primer hijo, de nombre Jesús, seguirían Raymundo Clemente, Ángela, Tomás, los gemelos Luis y Juan, Paulino y Manuel, a quienes Don Paulino vería tomar los más diversos caminos –desde un fotorreportero hasta un cura salesiano, pasando por otros oficios como el restaurantero–, con la tristeza de una segunda viudez y la alegría de conocer a un sinfín de nietos y hasta un par de bisnietas, la mayor de las cuales fui yo, ya que el bisabuelo falleció en la Ciudad de México a los 103 o 104 años (a esas edades se pierde un poco la cuenta).

Pero este breve escrito no aborda los vericuetos de lo familiar –aunque como en toda familia grande existen con amplio abanico de emociones– sino un  aspecto de la relación cercana y afectuosa de dos de los hermanos: Raymundo y Tomás, porque en sus años de vida y trabajo confluyó siempre el amor a las raíces, a Michoacán, a lo propio de esa tierra que exuda sin recato tradición y orgullo.

El primero llegó a ser dueño de “El Rincón Tarasco”, lugar bohemio y de excelente comida que estuvo ubicado por varios lustros en la calle de Galeana, en pleno centro de Morelia, capital michoacana.

 

De los primeros sitios en provincia en ofrecer “variedad”, y al que acudían personalidades de distintos ámbitos, como el actor emérito Ignacio López Tarso; con la especialidad de las enchiladas tarascas, también conocidas como enchiladas placeras… ¡Ah, que ricas con su salsa de chile colorado! Rellenas de queso, con sus piezas de pollo dorado al lado y esa verdura sazonada y frita que tan peculiar sabor le da al paladar…

 

Adornadas sus paredes con fina artesanía de la región, en “El Rincón Tarasco” atendían jóvenes hermosas ataviadas a la usanza tradicional, y se ponían de manteles largos para servir en vajillas de hermosos diseños de barro de Capula a los comensales más exigentes… Cada detalle se cuidaba al máximo, y en este arte de anfitrión Raymundo le solicitó a su hermano Tomás –el fotógrafo y pintor de la familia– le hiciera un mural…

 

¡Con que jocoso ánimo tomaría Tomás Montero Torres aquel pedido! Se afanó por plasmar una “Boda Tarasca” con vivos colores y un estilo pleno de humor y alegría, donde incluyó un autorretrató: en uno de los extremos aparece como parte de los músicos, con su bigote inconfundible y tocando la tambora; e incluyó también a una sobrina, una de las cuatro hijas de Raymundo, Raquel, como la cantante.

Las bodas tarascas tienen sus orígenes en los tiempos precolombinos, y a pesar de sufrir modificaciones propias del transcurrir del tiempo, conservan buena parte de sus ritos: desde el primer día (porque los festejos duran varios), el tañer de las campanas es constante para recordar a todos el gran evento, y tras la ceremonia religiosa el cuetero y los músicos acompañan a los esposos, invitados y familiares a casa de los padrinos o tátispiri, interpretando diferentes pirekúas (canciones), animando a la alegría por tan significativo día…

“El Rincón Tarasco” fue emblemático por largos años… En 1979 falleció el tío Raymi y aunque su viuda y algunas de sus hijas continuaron con el negocio otros años, hay ausencias que trastocan todo y en los años ochenta finalmente el restaurante cerró.

Queda el lienzo del mural con la alegría congelada, y unas fotos que dan fe del cariño con que se puso y atendió en la aventura restaurantera.

Diva, diva… pero cosía

Así probablemente podría titularse esta fotografía de la flemática Dolores del Río, quien mirando a lo lejos posa en una actitud apacible –mientras cose y sus pequeños carretes de hilo están al alcance de su mano–  en un bello rincón de su rancho La Escondida, en lo que en ese año de 1951 era aún un Coyoacán pueblerino, algo retirado del bullir del centro de la capital mexicana.

Con un quexquemétl que acentúa su sencilla dignidad, y que ya en el interior de su casa, con otro atuendo y un exquisito juego de aretes, anillos, collares y pulseras, la hará lucir cosmopolita y sofisticada, permite que Tomás Montero Torres le haga varios retratos para La Revista de Revistas, el Semanario Nacional, donde lucirá fabulosa en la portada del 8 de julio de ese año, con magnífico y sensual traje de noche, de tela sedosa y amarilla.

Varios rollos se emplearían en esta sesión, tanto en blanco y negro como a color, pero sólo 5 imágenes se publicarían en total.

¡Que diferente se ve luciendo su atuendo frente al espejo, sin el acento del color! De acuerdo con el crítico e impulsor de la fotografía de aquellos tiempos,  Antonio Rodríguez, Tomás Montero fue varias veces a Estados Unidos “para estudiar diversos problemas de la técnica, y fue de los primeros en introducir en México la fotografía a color y el Flexicrom”. De ahí que su colaboración para Revista de Revistas haya sido tan fructífera.

Cabe notar que, en la descripción minuciosa que se hace de la casa de la gran diva mexicana, resalta la mención de la biblioteca, donde además de libros de gran valor “destacan figuras de barro de arte indígena que Diego Rivera obsequió a la artista cinematográfica” y donde también hay “objetos de plata mexicana”. El manifiesto interés de los hacedores de la imagen de México de aquellos años por valorar las raíces y el arte que nos distinguen, y que buena falta haría retomar en estos tiempos, donde la paloma adquiere otro significado al de aquel que leemos en la imagen de Dolores del Río sosteniendo una en sus manos.

Durangueña de facciones recias, porta un curioso vestido para volver a posar en el jardín junto con uno de sus perros y una efigie que la inmortaliza. Tres son entonces los rostros que nos miran, perpetuando el encuentro a más de 60 años de distancia…

Trayectoria singular, iniciada en Estados Unidos un poco a broma, donde se consolidó en el cine mudo y transitó con rimbombantes éxitos al cine sonoro; para luego retornar a México triunfadora y eterna. Patria que la recibe amorosamente, con proyectos estelares a cargo de otros grandes del cine mexicano –Roberto Gavaldón y Emilio el Indio Fernández– donde demostrará con su talento y carisma que la juventud es un estado de gracia, pero no el condicionante para volverse el ideal soñado de un sinfín de corazones…

Ella encarna la universalidad de la imagen cinematográfica, porta el mundo en sus estolas y en la actitud para desenvolverse dentro y fuera de escena.  Impacta por su belleza y garbo, sin duda, pero también por haber franqueado numerosas fronteras: territoriales, idiomáticas e incluso la de los estereotipos femeninos de esos lustros, que permitían el desenvolvimiento de las mujeres en otras esferas profesionales siempre y cuando no perdieran las dotes propias de su género… ¡como coser!

 

Hoy que es un día dedicado internacionalmente a la mujer, tomemos estas imágenes de Dolores del Río como un homenaje a su persona, y como un bello pretexto para reflexionar en aquello que es esencia y lo que es imposición social en y para la mujer.

Pedro Infante

Pedro Infante: la relevancia de unas imágenes

Hubo una época de oro en México, cuando se consideraba un país en donde las oportunidades llegaban solas, con poca competencia y con trabajo para todos; y en la que los que se aventuraban a ir más allá destacaban, consolidando sus nombres para las generaciones futuras. Pedro Infante y Don Tomás Montero fueron unos de ellos.

 

Esta serie de imágenes -captadas a Pedro Infante por Tomás Montero Torres– tienen una relevancia tremenda, porque nos describen más de lo que cualquiera pueda imaginar… Se trata de una secuencia fotográfica en los estudios “Peerless” de la avenida Mariano Escobedo #201 de la Ciudad de México, donde vemos a Pedro Infante vestido del personaje de la película “Nosotros los Pobres”, ni más ni menos que de “Pepe el Toro”, con una camiseta con bandas horizontales en color rojo y un lápiz en la oreja; en otras más lo vemos descalzo, ensayando con los músicos o recibiendo instrucciones del director de la compañía fonográfica, el señor Don Guillermo Knorhauser.

 

Pero para explicar sobre esta sesión en particular, tengo que darle un vistazo a cómo Pedro Infante llegó a grabar en dicha compañía.

Los orígenes

Pedro Infante se iniciaría como músico desde muy joven; su padre, Don Delfino Infante, era músico de profesión, por lo que a Pedro le tocaría acompañarlo en sus múltiples compromisos en una orquesta. Ya de adolescente y por ser un muchacho “coqueto” empieza a cantar para culminar sus “conquistas” a las muchachas de su localidad (Guamúchil, Sinaloa); de esta manera, el destino hará un camino a Pedro Infante para llegar a ser el artista más famoso de México y Latinoamérica.

Pedro Infante en los estudios “Peerless”

Después de una aventura hacia la capital de México, en compañía de su primera esposa María Luisa León, las oportunidades para él no se hicieron esperar: cantaría para la estación de radio XEB “El Buen Tono de la Radio” (que aún sigue transmitiéndose como la primer estación de radio vigente y más longeva de México); de ahí le darían trabajo como “Crooner” en centros nocturnos; después de algún tiempo, en 1942, realizará una prueba para grabar su primer disco en la compañía “RCA Víctor”, dos boleros llamados “Guajirita” y “Te estoy queriendo”, de los cuales se tenía planeado vender 300 copias, pero sólo se vendieron 100, lo que motivó a que fuera expulsado de la compañía “RCA”.

Un año después, a finales de octubre de 1943, Pedro Infante fue contratado para grabar en la compañía de discos “Peerless”. El director artístico era el señor Guillermo Knorhauser (de origen alemán), quien le ofreció grabar y firmar un contrato de exclusividad que duraría hasta la muerte de Pedro Infante, el 15 de abril de 1957.

Lunes 24 de marzo de 1947

Tomás Montero, reconocido fotoperiodista, se cita con Pedro Infante desde muy temprano en las instalaciones de la compañía “Peerless”, para una sesión de fotografías exclusivas. Es un magnífico día, el sol está en todo su esplendor –si ese día llueve entonces se tendrán que cancelar las grabaciones por el ruido que genera la lluvia, y que quedaría grabado en los discos de 78 rpm–. Pedro lo invita a pasar mientras Don Guillermo Knorhauser le entrega al artista las canciones que deben grabarse ese día. Pedro no conoce las melodías, pero su memoria es privilegiada, sólo repasa unos 10 o 15 minutos la letra y ya se la aprendió para toda la vida (alguna vez, en una gira por Perú, a Pedro le preguntaron si recordaba a las personas y sus nombres, sin dudar dijo que “sí”). Don Guillermo expresa lo que dirá siempre: “Trabajar con Pedro es un placer”, en tanto los músicos muestran haber ensayado tiempo atrás para el día de las sesiones; ahora sólo falta afinar y darle pequeños arreglos a las canciones para iniciar las grabaciones… Pedro ensaya otros 15 minutos con los músicos y Don Guillermo –que es el director artístico– indica qué debe cambiarse para una mejor interpretación. Por su parte, Tomás Montero no pierde ningún detalle de los sucesos, realiza tomas en todo momento: a Pedro cantando,  a Pedro hablando con Guillermo Knorhauser,  a Pedro ensayando con los músicos, a Pedro tocando el piano, a Pedro escuchando como van quedando las grabaciones, etc. Ya todos lo conocen bien, sólo bastan pocos ensayos y Pedro Infante es capaz de grabar sin jamás equivocarse.

Las melodías de ese día fueron éxitos

Ese lunes 24 de marzo de 1947 en los estudios “Peerless” resultó un día especial, a Tomás Montero le fue permitido tomar fotografías al artista mientras se grababan las canciones. En las bitácoras alguien anotó: “Hoy se tomaron fotos”. El ingeniero de sonido de esa sesión es el señor Ed. L. Baptista, quien se encuentra tras la cabina escuchando y ecualizando los sonidos (esta persona fundaría tiempo después su propia compañía de discos, “Musart”). El orden correcto de la grabación de las canciones fue así:

1.- “Mi cariñito”

2.- “Maldita sea mi suerte”

3.- “Mi consentida”

4.- “Me voy por ahí”

5.- “Ojitos morenos”

6.- “El aventurero”

7.- “Que gusto da”

8.- “La motivosa”

Algo curioso de esta sesión fue que la compañía “Peerles” perdió dos grabaciones de este día: “Que gusto da” y “La Motivosa”. De hecho, después de un tiempo nadie las recuerda, sólo permanecen escritas en las bitácoras poco legibles… Salen a la luz después de un trabajo arduo, de años de investigación que dieron fruto en los últimos tiempos, ya que se pudieron encontrar gracias a un coleccionista norteamericano que facilitó el material para su restauración.

La despedida

Ya son las 4:00 pm, por fin se termina de grabar. Pedro, contento y satisfecho, porta en su bolsillo el cheque que le dieron por la sesión, él así lo ha pedido… “A mi no me den eso de regalías, yo soy muy malo para las cuentas, mejor páguenme por mi trabajo”… Se pone su saco nuevamente y le dice a Tomás: “Por hoy se terminó, si quieres acompáñame al estacionamiento”…

 




Se dirigen a la parte trasera de los predios de la compañía “Peerless”, en donde tiene estacionado su Lincoln convertible del año en color negro. Se deja fotografiar nuevamente y Tomás Montero le realiza estupendas poses en su auto. El reloj de Pedro marca exactamente las 4:12 pm del  lunes. Finalmente, se despide con la mano de su amigo Tomás, no sin antes agradecerle el haberlo acompañado durante el día en una sesión agotadora de trabajo.

La última vez que Pedro Infante pisa los estudios “Peerless” es el día sábado 1 de diciembre de 1956, para grabar cuatro canciones.

El predio original donde se ubicaban los estudios fue vendido por sus antiguos dueños, hace más de una década, a una compañía constructora que los demolió para edificar departamentos. En cuanto a los archivos sonoros, fueron adquiridos en precio secreto por la compañía Warner Music de México.

(*) Paul Riquelme es abogado, investigador y admirador profundo de toda la vida del ídolo de Guamúchil. Está en la etapa final de la elaboración de un libro sobre Pedro Infante, donde dará a conocer anécdotas e información poco conocida del actor y cantante. En el Archivo Tomás Montero Torres agradecemos profundamente su entusiasta colaboración, para enriquecer con contenidos interesantes una parte de la cantidad de fotografías que en el acervo se conservan de esa memorable sesión de grabación.

María Ignacia Mejía: mujer, pensamiento y acción

Las personalidades que dieron forma a la vida institucional de Acción Nacional, con liderazgo y congruencia, se han ido quedando en el olvido. María Ignacia Mejía Villa es uno de estos casos.

Nacha Mejía, como mejor se le conoce, nació el 1 de febrero de 1907 en Cruz de Caminos (actualmente Villa Madero), Michoacán, hija de José Guadalupe Mejía y de Zeferina Villa. Estudió la carrera de maestra normalista en el Colegio Italiano de Morelia, para dedicarse luego al magisterio y al trabajo social. En esos años intenta profesar como religiosa pero no es posible, y al regresar a la casa paterna se destaca como presidenta diocesana de la Juventud Católica Femenina de México (JCFM) y como militante de la Acción Católica Mexicana (ACM); es ahí donde el licenciado Miguel Estrada la invita a formar parte del naciente partido, en el año de 1939.

En cada oportunidad, Nacha Mejía participaba en debates y daba mensajes que llegaban a lo más hondo de los corazones panistas. Exigía que la mujer mexicana se entregara y viviera según altos ideales, sin dejar de criticar y sin hacer a un lado las realidades que vivía la nación en aquel momento. Al respecto, comentaba en uno de sus discursos: “en México tenemos un tipo especial: el de la mujer analfabeta que vive como esclava, que carece de toda cultura e ilustración, la que lleva como estigma el sentido de ‘su inferioridad’, que la incapacita para todo anhelo de progreso, para toda aspiración de mejorar”. Contra ello presentaba entonces, de manera más directa, al ideal que es la mujer panista, sobre la cual se expresaba en términos muy claros y de una solidez adelantada a su época: “…Y en su noble empresa de modelar ese nuevo tipo de mujer, Acción Nacional empieza por despertar en ella el anhelo de realizar un ideal, un ideal que llegue a constituirse en el móvil poderosísimo de todos sus actos; un ideal que pueda elevarla muy por encima de todas las trivialidades que constituyen su vida; un ideal que, como una fuerza poderosa, la lleve en su realización hasta las cumbres de heroísmo”.

 

Nunca quitó los pies de la tierra que tocaba y, tomando en cuenta la realidad política y social del momento, cuando la participación de la mujer no sólo era nula sino imposible en la Cámara de Diputados, Nacha afirmaba: “que si ella, la mujer, no formula las leyes, que si no las firma con su propio nombre, que si ella no llega a dictarlas desde la altura de una curul, sí puede inspirarlas por el camino de la verdad y de la justicia, aconsejando a los que de ellas se hacen responsables”.

Pero la participación de María Ignacia no se limitaba al ámbito local. En los eventos partidistas, como Convenciones y Asambleas, hacía escuchar su voz, como lo demuestran algunos fragmentos de dos de sus memorables discursos, uno de ellos en la tercera Convención Nacional de mayo de 1943 y el otro dictado durante la segunda Asamblea Ordinaria de septiembre de 1944.

En el primero, hacía un firme cuestionamiento a las políticas del sistema mexicano, y se preguntaba: “…en el orden moral, ¿se puede ser bueno fácilmente cuando se carece hasta de las mínimas condiciones que exige la dignidad de la existencia humana? ¿Se puede ser bueno fácilmente cuando se mira sancionar el vicio, la malicia y el crimen con un puesto de confianza? ¿Se puede ser bueno fácilmente cuando se es victima de la injusticia y de la más baja ambición por parte de los responsables del bien común?…”

“Lleguémonos –decía Nacha Mejía– hasta esas viviendas miserables de mínima categoría, la mayoría de ellas reducidas a un solo cuarto en donde se cocina, se come, se duerme, se lleva vida íntima, y no uno o dos seres, sino una familia entera y las más de las veces numerosas; recorramos esas calles atestadas de chiquillos harapientos, en donde encontramos la palabra soez, en donde aprenden toda clase de inmoralidades; salgamos a los campos y encontraremos el mismo espectáculo, la misma miseria, la misma pobreza acentuada quizá por el analfabetismo que no han logrado desterrar las numerosas escuelas situadas a lo largo de las carreteras. Y no hablemos de esos espectáculos; visitemos los hospicios, las cárceles, los cuarteles, y veremos en todas partes la misma nota saliente: miseria, negligencia, dolor, bajo cualquier aspecto, pero miseria al fin…”.

“…Acción Nacional se ha reunido en esta ocasión para tratar los puntos fundamentales del problema nacional y ha dado un dictamen acertado a los puntos más interesantes que ofrece la cuestión social y ha dicho esta solución con la inteligencia y con el corazón, porque Acción Nacional no sólo quiere suavizar los males, sino remediarlos; no quiere únicamente manifestar los males, sino resolver, sino combatir su causa; y para eso, señoras y señores, se necesitan estudio e inteligencia; pero más que todo, voluntad y desinterés personal que nacen del corazón… “

Un año después, María Ignacia daría una de sus más grandes piezas oratorias, durante la segunda asamblea general ordinaria, al hablar de la reforma social y colocar a la mujer en el lugar que le corresponde; no por deseo sino por justicia:

“Señoras y señores: La sentencia luminosa de Enrique Bolo: ‘El porvenir del mundo se mece en las cunas’ parodiada en esta ocasión, podría precisarse en estos términos: ‘La reforma social de México se mece, se arrulla en el alma de la mujer mexicana’. Un tanto exagerada pudiera parecer a algunos, sin embargo, nada tan cierto, nada tan razonable y nada tan fundado hablando de reforma social y refiriéndose a México; porque la reforma social, la auténtica reforma social desbordará del hogar donde la mujer es la forjadora…”

En otro momento, agregaba: “si la juventud es promesa y no estado, de este estado de nuestras jóvenes estudiantes ¿cuál es la promesa? Pero no las culpemos a ellas. Después de algunos años de estar en su contacto, bien puedo tomar su defensa…. ¿Quién se ha preocupado jamás por despertar, orientar y robustecer en ellas el sentido social?… ¿Quién les ha hecho comprender la repercusión de cada uno de sus actos en la sociedad? ¿Quién les ha hablado jamás de bien común en su más alto y noble concepto y sin prescindir de los valores del espíritu? Hagámoslo nosotras, o empeñémonos porque se haga: Que las clases de historia, de civismo y otras más, dejen de ser meros ejercicios de memoria de cosas más o menos ciertas en los colegios particulares, o desahogos apasionados del profesor de escuelas oficiales, para convertirse en el estudio serio y provechoso de una humanidad que sufre, lucha y se esfuerza a través de los siglos en la conquista de la justicia, del bienestar y de las plazas que indiscutiblemente tiene derecho: de una humanidad que en cuya vida interviene la mujer como factor principal. De una humanidad que por lo tanto, no puede serle indiferente o extraña y a la que llegará a amar con generosidad y desinterés, por la que se forjará un ideal y para la que llegará a constituirse realmente en esperanza y promesa”.

“Hasta hace relativamente poco pudiera decirse, que para la mujer mexicana no existía otra profesión que la del magisterio. Noble y digna profesión que aquilataba su valor y la enaltecía a los ojos de todos, pero cambiaron los tiempos, logró franquear los umbrales de la universidad, desplazar el hombre en las oficinas e invadido casi todos los terrenos. En buena hora que haya obtenido estas conquistas; por saber más no es una mujer menos mujer, al contrario. Yo no concibo la profesionista sin ideal. Ellas son ciertamente para México un valor y una fuerza, y por eso precisamente, por eso, porque son un valor y una fuerza, cuando se habla de reforma social hay que estudiar la manera de aprovecharla. Pero por encima del respeto y la admiración que nos inspira la mujer doctorada en Leyes, en Medicina o en Filosofía, se mantiene nuestra veneración por la mujer que se dedica al magisterio: la profesión más ingrata; pero la más digna, la más noble, la más desinteresada y donde la mujer es más perfectamente mujer”.

“¿Dónde se está preparando el número suficiente de educadoras capacitadas para la niñez del mañana? ¿Quién se preocupa por despertar en nuestras jovencitas la vocación al magisterio, sustituyendo en su mente el aspecto gris y sombrío del faquirismo magisterial por una visión de claridad y de luz? ¡oh, cuánto falta por hacer a este respecto y cómo es de vital importancia solucionar este problema! Si a la siguiente generación, aprovechando el fruto de los tiempos pasados, ofrecemos un vergonzoso porcentaje de analfabetas, ¿Dónde está el personal docente que va combatir el analfabetismo en el futuro?… ¿No podríamos ceder la palabra a quien habla de campañas en contra del analfabetismo en el presente?”.

Esta gran mujer que fuera Consejera Nacional de 1954 hasta su muerte, el 19 de septiembre de 1961 (en Morelia, Michoacán); consejera regional e integrante del Comité Directivo Regional en Michoacán de 1939 a 1961; presidenta fundadora de la Sección Femenina del PAN en Michoacán; candidata a diputada federal suplente en dos ocasiones, fue y debe ser ejemplo para las nuevas generaciones de panistas que luchan por un México mejor. Debe ser faro de quienes pudieran pensar que la batalla panista está simplemente en las cámaras y que a nosotros no nos queda más que esperar la oportunidad. La acción política no es una responsabilidad de partidistas sino de ciudadanos.

No podríamos terminar estas líneas sin aquellas palabras con que concluía su discurso en Pátzcuaro en 1941, palabras que son algo más que un exhorto a las mujeres para tomar un rumbo y un ideal: “…entonces se habrá realizado en México el milagro de la mujer azul, la de los anhelos grandes, la de los ideales excelsos, porque azul es lo grande, porque azul es lo excelso, la mujer azul, en una palabra, que garantice el claro, el luminoso, el brillante porvenir de México”.

(*) José Gerardo Ceballos Guzmán es Director del Centro de Estudios, Documentación e Información sobre el Partido Acción Nacional (CEDISPAN), y en el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy agradecidos por esta valiosa colaboración para el blog, inspirada en una serie de fotografías históricas cuyo autor es el propio Tomás Montero Torres.

El día que la tierra parió un volcán

Pocas veces la naturaleza deja mirar sus prodigios con tal majestuosidad y sin daños humanos que lamentar, como cuando surgió de las entrañas de la tierra el volcán más joven del mundo, michoacano para más seña, el 20 de febrero de 1943, hace justamente 69 años. Dionisio Pulido, el paisano que tuvo la fortuna de percatarse del extraordinario acto de parir de la tierra, no saldría de su asombro ya nunca, y menos los 9 años, 11 días y 10 horas que permaneció en actividad constante el ya llamado Paricutín, para no dejar duda en nadie de su naturaleza pasional e incendiaria.

Lo que inició en la granja de Dionisio y de Paula, su esposa, apenas como una grieta en el suelo no mayor a 50 centímetros de largo, en pocos segundos se transformaría en una hinchazón de tierra de cuyo boquete comenzó a brotar fina ceniza, un persistente olor azufrado y el bramar profundo del planeta. El héroe local -cuyo nombre y apellido pasaron a la historia a la par del volcán- dio oportuno aviso a las autoridades del Ayuntamiento de Parangaricutiro, lo que permitió evacuar con rapidez a todos los habitantes.

El mar de lava y rocas alcanzaría 10 km. a su alrededor, cubriendo las poblaciones de Paricutín y Parangaricutiro, y de ésta última sólo llegaría a sobrevivir la torre de la Iglesia…

Ubicado en las coordenadas 19º29’34.8″N102º15’3.6″O y con una altitud de 424m., el Paricutín trastocaría el paisaje de la meseta purépecha para siempre, adquiriendo la afamada distinción de “maravilla natural del mundo”.

 

Tomás Montero Torres fue por partida doble a presenciar tal acontecimiento, como michoacano y como reportero gráfico, y lo hizo más de una vez, como quien se sabe ante la presencia de un milagro.

Lo que no sabía es que a veces los milagros se suscitan en pares y que a él le tocaría acompañar al mismísimo “Volcánico señor del volcán” -como nombrarían en su reportaje a Gerardo Murillo- a una exploración concienzuda por los alrededores de esta aparición de magma, lava y gases, y que más tarde se determinaría su tipo como “Stromboliano”, al adquirir una forma cónica por sus capas de lava fluida y materiales sólidos…

De esto sabía mucho quien era y es más conocido como Dr. Atl, ya que entre sus variados saberes destacaba la vulcanología. Ya con muletas, iría a esta exploración con una cámara Contax al hombro, una pipa de la que a ratos parecía brotar la fumarola del naciente volcán, y un proyecto claro en el que trabajaría por largo tiempo: dar cuenta con su singular destreza de “Cómo nace y crece un volcán”.

 

En este peculiar aniversario, celebremos esos instantes de vida irrepetibles…