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Con mi corazón

Una de las cosas más maravillosas para Pedro Infante, mi papá, era volar. De sus aeropuertos preferidos, estaban el Aéreo Militar de Santa Lucía y el aeropuerto de la Ciudad de México. En los hangares privados y la plataforma militar, convivía con el personal de operaciones, con los mecánicos y pilotos, para él como otras familias.

Otra de las cosas que más disfrutaba era elegir su ropa. Cuando la mandaba hacer -como las chamarras de aviador- siempre pedía dos o tres iguales. En lo que compraba, como gorras, kepis, lentes, escudos de aviación, etc., adquiría hasta diez de cada uno, ya que para él era un placer regalar sus cosas… Como pueden ver, mi padre era alguien con mucho amor por todo, pero con un gran desapego por lo material, por eso tan grande nuestra admiración.

La serie de fotografías de Don Tomás Montero en los Estudios Peerlees, increíbles, nos demuestran la confianza y el cariño que mi papá depositó en él.

Valió la pena la espera de este extraordinario trabajo. ¡Gracias Tomás Montero por tu valioso legado!

Las fotografías a que hace referencia Lupita Infante son parte de este blog y se pueden ver dando clic en el botón  ver publicación

(*) Lupita Infante Torrentera es hija de Don Pedro Infante, y para el equipo del Archivo Tomás Montero Torres es una gran satisfacción que nos haya enviado este cálido escrito. Bello pretexto para compartirles otra imagen del ídolo de Guamuchíl, a un par de semanas de que se conmemore su 55 aniversario luctuoso

Fotografiar a la fotógrafa

Fotografiar a la fotógrafa. ¿Quién toma al toro por los cuernos? Y no a cualquier fotógrafa: a Lola Álvarez Bravo. Fotografiar dos apellidos robustos, tomados de Manuel. Don Manuel. Gloria nacional. Vaca sagrada. (Estuvieron casados menos de una década, pero ella portó los apellidos casi 70 años.)

Observas una y otra vez esta serie de fotografías de Lola Álvarez Bravo (nombre de soltera: Dolores Martínez de Anda), tomadas por el fotógrafo michoacano Tomás Montero Torres, y no te resulta fácil decidir cuál de ellas te gusta más. En todas el chongo de pelo cano. En todas la actitud de seriedad. En todas el cigarrillo sin filtro y la cajetilla en las manos; es decir, sin ocultar un hábito, un gusto. Un vicio, diríamos los chocantes puritanos del siglo XXI. Tal vez, en ese entonces, un signo de libertad, autonomía, equidad. Lo único cierto: un gusto; tan fuerte, tan poderoso, como para desear incluirlo en el retrato, en la imagen de sí misma, en el recuerdo.

 

Y el atuendo, casi traje de batalla, de trabajo duro; cuatro botones metálicos en el pecho, como casaca militar. Lola Álvarez Bravo mestiza de Lagos de Moreno, Jalisco. Lola Álvarez Bravo con aires de escultura de Francisco Zúñiga. Lola sentada. Reflexiva. Imaginando, tal vez, lo que miraba el fotógrafo. Imaginándose en el sitio del fotógrafo. De un Manuel Álvarez Bravo. De un Edward Weston. De una Tina Modotti. De un Tomás Montero Torres. Viéndose ver. Deseando captar –tomarle prestados a la vida– el gesto, la expresión, la mirada, la actitud. Seduciendo a la luz. Cautivándola. Cosa fácil. Natural. Para ella, que supo ver.

(*) Ernesto Flores Vega es cinéfilo, melómano y fotógrafo amateur. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana y un posgrado en Periodismo Internacional en University of Southern California. Generoso en su sabiduría y afectos, en el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy honrados de contar con esta sensible colaboración suya.

De acuerdo con el informe oficial del Servicio Sismológico Nacional del Instituto de Geofísica de la UNAM, este martes 20 de marzo a las 12:07 se registró un temblor de 7.8 grados escala Richter, con epicentro en las cercanías de Ometepec, Guerrero, y Pinotepa Nacional, Oaxaca; que se sintió con fuerza en la zona central de la República Mexicana. En estas situaciones, nuestra memoria reciente revive las imágenes, estremecimientos y resquebrajos sufridos en 1985, cuando a las 7:17 de la mañana un temblor oscilatorio y trepidatorio, con una magnitud de 8.1 y con epicentro frente a la desembocadura del Río Balsas, en los límites de Michoacán y Guerrero, junto con su fuerte réplica del día siguiente, provocaron una de las más graves tragedias humanas de la capital mexicana, con más de 10 mil muertos, miles de heridos y damnificados, así como cuantiosas pérdidas materiales. Aunque no fue la primera vez que el Valle de México se estremecía…

 

La madrugada del domingo 28 de julio de 1957, exactamente a las 2:44am, los habitantes de la Ciudad de México despertarían sorprendidos y presurosos por un temblor de 7.7 grados en la escala de Richter, cuyo epicentro en esa ocasión se ubicó en Acapulco, Guerrero, con el resultado de 700 personas muertas y 2,500 heridas. Un año antes, en el ánimo de modernidad de aquella época, se había levantado el primer rascacielos del país: la Torre Latinoamericana, diseñada por el arquitecto Augusto H. Álvarez (44 pisos y 188 metros de altura incluyendo la antena), así que los días posteriores, en los medios y círculos especializados, se procuraba saber “si era peligroso crecer hacia arriba”.

Parece que los entrevistados por el reportero Alardo Prats -tres arquitectos y los pintores Ángel Zárraga y Diego Rivera- se inclinaban por promover un crecimiento horizontal y apegado a reglamentaciones que delimitaban la altura máxima de los edificios en sesenta metros, aunque las tendencias iban rompiendo el estilo de la Ciudad de México, con un crecimiento anárquico, “en todas direcciones, según el viento de las especulaciones monstruosas y desenfrenadas”, cuando el país albergaba 30 millones de habitantes y la capital tres millones y medio in crescendo

¿Qué dirían los urbanistas de hace 55 años de la fisonomía actual de la Ciudad de México, que con su ritmo de crecimiento se expandió vertical y horizontalmente? Trascendiendo este punto -digno de otras polémicas y complejas soluciones- habría que resaltar la gran diferencia entre las reacciones y los daños humanos y materiales de ese 1957 y la experiencia de este día de 2012…

 

Aquel movimiento telúrico llegó a conocerse como “El temblor del ángel”, porque también cayó al suelo la emblemática figura de la Victoria Alada que coronaba la Columna de la Independencia, tal y como podemos apreciar en esta serie de fotografías de Tomás Montero Torres. El ángel tuvo que ser reconstruido a lo largo de un año por un grupo de técnicos, bajo la dirección del escultor José María Fernández Urbina, así que la columna permaneció sin su colosal complemento hasta el 16 de septiembre de 1958, cuando fue reinaugurada.

Resalta la proporción entre los trozos de la Victoria Alada esparcidos por el suelo y la dimensión de hombres y mujeres que llegaron hasta ese punto de la Avenida Reforma a verlo con sus propios ojos… Otras edificaciones se perderían por completo o sufrirían cuarteaduras de importancia, contribuyendo con sus ausencias o remodelaciones a reconfigurar la metrópoli…

 

Pero hubo aprendizajes… La Torre Latinoamericana, por ejemplo, fue de los primeros edificios del planeta en construirse en una zona de alto riesgo sísmico y, gracias a su estructura de acero y gatos hidráulicos se mantuvo sin percances, logrando gran prestigio internacional y el premio del American Institute of Steel Construction.

Es más, hoy día, con su fortaleza probada tras el sismo de 1985, “la Latino” está considerada “uno de los rascacielos más seguros del mundo”. De cierto modo constituyó un experimento positivo para la mejora de futuras construcciones, en México y el extranjero. Fue la edificación más alta del país hasta 1972, cuando concluyó la construcción del Hotel de México -hoy World Trade Center-, y durante ese tiempo también permaneció como “la más alta de Iberoamérica”.

Lo cierto es que los aprendizajes nunca concluyen, menos cuando habitamos un país con alto riesgo sísmico debido a sus características geológicas.

 

El Rincón Tarasco

Raymundo Clemente Montero Torres
Raymundo Clemente Montero Torres

Don Paulino Montero Pillé nació en Charo, Michoacán, y dedicó su vida a dar clases de música. Entre sus alumnos llegó a destacar por talento propio Miguel Bernal Jiménez, también michoacano de buena cepa. Pero de joven, muy joven, Don Paulino le echó el ojo a Mariana Plata y se la robó a caballo de una ranchería. Fueron una pareja de bien y felices, aunque el primogénito tardó algunos años en llegar y, cuando lo hizo, dejó tan débil a su mamá que ésta falleció a los 40 días… En ese todavía siglo XIX un viudo solo con un hijo recién parido era una verdadera tragedia… y conmovía. Así le ocurrió a Ángela Torres Ortiz, amiga muy cercana de la difunta y quien recién había ingresado de novicia al convento. Con el corazón estrujado, pidió permiso a la Madre Superiora para brindar un poco de ayuda, y esa decisión le cambió la vida, porque ya no llegó a ser “hermana” sino “madre”. A aquel primer hijo, de nombre Jesús, seguirían Raymundo Clemente, Ángela, Tomás, los gemelos Luis y Juan, Paulino y Manuel, a quienes Don Paulino vería tomar los más diversos caminos –desde un fotorreportero hasta un cura salesiano, pasando por otros oficios como el restaurantero–, con la tristeza de una segunda viudez y la alegría de conocer a un sinfín de nietos y hasta un par de bisnietas, la mayor de las cuales fui yo, ya que el bisabuelo falleció en la Ciudad de México a los 103 o 104 años (a esas edades se pierde un poco la cuenta).

Pero este breve escrito no aborda los vericuetos de lo familiar –aunque como en toda familia grande existen con amplio abanico de emociones– sino un  aspecto de la relación cercana y afectuosa de dos de los hermanos: Raymundo y Tomás, porque en sus años de vida y trabajo confluyó siempre el amor a las raíces, a Michoacán, a lo propio de esa tierra que exuda sin recato tradición y orgullo.

El primero llegó a ser dueño de “El Rincón Tarasco”, lugar bohemio y de excelente comida que estuvo ubicado por varios lustros en la calle de Galeana, en pleno centro de Morelia, capital michoacana.

 

De los primeros sitios en provincia en ofrecer “variedad”, y al que acudían personalidades de distintos ámbitos, como el actor emérito Ignacio López Tarso; con la especialidad de las enchiladas tarascas, también conocidas como enchiladas placeras… ¡Ah, que ricas con su salsa de chile colorado! Rellenas de queso, con sus piezas de pollo dorado al lado y esa verdura sazonada y frita que tan peculiar sabor le da al paladar…

 

Adornadas sus paredes con fina artesanía de la región, en “El Rincón Tarasco” atendían jóvenes hermosas ataviadas a la usanza tradicional, y se ponían de manteles largos para servir en vajillas de hermosos diseños de barro de Capula a los comensales más exigentes… Cada detalle se cuidaba al máximo, y en este arte de anfitrión Raymundo le solicitó a su hermano Tomás –el fotógrafo y pintor de la familia– le hiciera un mural…

 

¡Con que jocoso ánimo tomaría Tomás Montero Torres aquel pedido! Se afanó por plasmar una “Boda Tarasca” con vivos colores y un estilo pleno de humor y alegría, donde incluyó un autorretrató: en uno de los extremos aparece como parte de los músicos, con su bigote inconfundible y tocando la tambora; e incluyó también a una sobrina, una de las cuatro hijas de Raymundo, Raquel, como la cantante.

Las bodas tarascas tienen sus orígenes en los tiempos precolombinos, y a pesar de sufrir modificaciones propias del transcurrir del tiempo, conservan buena parte de sus ritos: desde el primer día (porque los festejos duran varios), el tañer de las campanas es constante para recordar a todos el gran evento, y tras la ceremonia religiosa el cuetero y los músicos acompañan a los esposos, invitados y familiares a casa de los padrinos o tátispiri, interpretando diferentes pirekúas (canciones), animando a la alegría por tan significativo día…

“El Rincón Tarasco” fue emblemático por largos años… En 1979 falleció el tío Raymi y aunque su viuda y algunas de sus hijas continuaron con el negocio otros años, hay ausencias que trastocan todo y en los años ochenta finalmente el restaurante cerró.

Queda el lienzo del mural con la alegría congelada, y unas fotos que dan fe del cariño con que se puso y atendió en la aventura restaurantera.

Diva, diva… pero cosía

Así probablemente podría titularse esta fotografía de la flemática Dolores del Río, quien mirando a lo lejos posa en una actitud apacible –mientras cose y sus pequeños carretes de hilo están al alcance de su mano–  en un bello rincón de su rancho La Escondida, en lo que en ese año de 1951 era aún un Coyoacán pueblerino, algo retirado del bullir del centro de la capital mexicana.

Con un quexquemétl que acentúa su sencilla dignidad, y que ya en el interior de su casa, con otro atuendo y un exquisito juego de aretes, anillos, collares y pulseras, la hará lucir cosmopolita y sofisticada, permite que Tomás Montero Torres le haga varios retratos para La Revista de Revistas, el Semanario Nacional, donde lucirá fabulosa en la portada del 8 de julio de ese año, con magnífico y sensual traje de noche, de tela sedosa y amarilla.

Varios rollos se emplearían en esta sesión, tanto en blanco y negro como a color, pero sólo 5 imágenes se publicarían en total.

¡Que diferente se ve luciendo su atuendo frente al espejo, sin el acento del color! De acuerdo con el crítico e impulsor de la fotografía de aquellos tiempos,  Antonio Rodríguez, Tomás Montero fue varias veces a Estados Unidos “para estudiar diversos problemas de la técnica, y fue de los primeros en introducir en México la fotografía a color y el Flexicrom”. De ahí que su colaboración para Revista de Revistas haya sido tan fructífera.

Cabe notar que, en la descripción minuciosa que se hace de la casa de la gran diva mexicana, resalta la mención de la biblioteca, donde además de libros de gran valor “destacan figuras de barro de arte indígena que Diego Rivera obsequió a la artista cinematográfica” y donde también hay “objetos de plata mexicana”. El manifiesto interés de los hacedores de la imagen de México de aquellos años por valorar las raíces y el arte que nos distinguen, y que buena falta haría retomar en estos tiempos, donde la paloma adquiere otro significado al de aquel que leemos en la imagen de Dolores del Río sosteniendo una en sus manos.

Durangueña de facciones recias, porta un curioso vestido para volver a posar en el jardín junto con uno de sus perros y una efigie que la inmortaliza. Tres son entonces los rostros que nos miran, perpetuando el encuentro a más de 60 años de distancia…

Trayectoria singular, iniciada en Estados Unidos un poco a broma, donde se consolidó en el cine mudo y transitó con rimbombantes éxitos al cine sonoro; para luego retornar a México triunfadora y eterna. Patria que la recibe amorosamente, con proyectos estelares a cargo de otros grandes del cine mexicano –Roberto Gavaldón y Emilio el Indio Fernández– donde demostrará con su talento y carisma que la juventud es un estado de gracia, pero no el condicionante para volverse el ideal soñado de un sinfín de corazones…

Ella encarna la universalidad de la imagen cinematográfica, porta el mundo en sus estolas y en la actitud para desenvolverse dentro y fuera de escena.  Impacta por su belleza y garbo, sin duda, pero también por haber franqueado numerosas fronteras: territoriales, idiomáticas e incluso la de los estereotipos femeninos de esos lustros, que permitían el desenvolvimiento de las mujeres en otras esferas profesionales siempre y cuando no perdieran las dotes propias de su género… ¡como coser!

 

Hoy que es un día dedicado internacionalmente a la mujer, tomemos estas imágenes de Dolores del Río como un homenaje a su persona, y como un bello pretexto para reflexionar en aquello que es esencia y lo que es imposición social en y para la mujer.

Pedro Infante

Pedro Infante: la relevancia de unas imágenes

Hubo una época de oro en México, cuando se consideraba un país en donde las oportunidades llegaban solas, con poca competencia y con trabajo para todos; y en la que los que se aventuraban a ir más allá destacaban, consolidando sus nombres para las generaciones futuras. Pedro Infante y Don Tomás Montero fueron unos de ellos.


 

Esta serie de imágenes -captadas a Pedro Infante por Tomás Montero Torres– tienen una relevancia tremenda, porque nos describen más de lo que cualquiera pueda imaginar… Se trata de una secuencia fotográfica en los estudios “Peerless” de la avenida Mariano Escobedo #201 de la Ciudad de México, donde vemos a Pedro Infante vestido del personaje de la película “Nosotros los Pobres”, ni más ni menos que de “Pepe el Toro”, con una camiseta con bandas horizontales en color rojo y un lápiz en la oreja; en otras más lo vemos descalzo, ensayando con los músicos o recibiendo instrucciones del director de la compañía fonográfica, el señor Don Guillermo Knorhauser.



Pero para explicar sobre esta sesión en particular, tengo que darle un vistazo a cómo Pedro Infante llegó a grabar en dicha compañía.

Los orígenes

Pedro Infante se iniciaría como músico desde muy joven; su padre, Don Delfino Infante, era músico de profesión, por lo que a Pedro le tocaría acompañarlo en sus múltiples compromisos en una orquesta. Ya de adolescente y por ser un muchacho “coqueto” empieza a cantar para culminar sus “conquistas” a las muchachas de su localidad (Guamúchil, Sinaloa); de esta manera, el destino hará un camino a Pedro Infante para llegar a ser el artista más famoso de México y Latinoamérica.

Después de una aventura hacia la capital de México, en compañía de su primera esposa María Luisa León, las oportunidades para él no se hicieron esperar: cantaría para la estación de radio XEB “El Buen Tono de la Radio” (que aún sigue transmitiéndose como la primer estación de radio vigente y más longeva de México); de ahí le darían trabajo como “Crooner” en centros nocturnos; después de algún tiempo, en 1942, realizará una prueba para grabar su primer disco en la compañía “RCA Víctor”, dos boleros llamados “Guajirita” y “Te estoy queriendo”, de los cuales se tenía planeado vender 300 copias, pero sólo se vendieron 100, lo que motivó a que fuera expulsado de la compañía “RCA”.

Un año después, a finales de octubre de 1943, Pedro Infante fue contratado para grabar en la compañía de discos “Peerless”. El director artístico era el señor Guillermo Knorhauser (de origen alemán), quien le ofreció grabar y firmar un contrato de exclusividad que duraría hasta la muerte de Pedro Infante, el 15 de abril de 1957.

Lunes 24 de marzo de 1947

Tomás Montero, reconocido fotoperiodista, se cita con Pedro Infante desde muy temprano en las instalaciones de la compañía “Peerless”, para una sesión de fotografías exclusivas. Es un magnífico día, el sol está en todo su esplendor –si ese día llueve entonces se tendrán que cancelar las grabaciones por el ruido que genera la lluvia, y que quedaría grabado en los discos de 78 rpm–. Pedro lo invita a pasar mientras Don Guillermo Knorhauser le entrega al artista las canciones que deben grabarse ese día. Pedro no conoce las melodías, pero su memoria es privilegiada, sólo repasa unos 10 o 15 minutos la letra y ya se la aprendió para toda la vida (alguna vez, en una gira por Perú, a Pedro le preguntaron si recordaba a las personas y sus nombres, sin dudar dijo que “sí”). Don Guillermo expresa lo que dirá siempre: “Trabajar con Pedro es un placer”, en tanto los músicos muestran haber ensayado tiempo atrás para el día de las sesiones; ahora sólo falta afinar y darle pequeños arreglos a las canciones para iniciar las grabaciones… Pedro ensaya otros 15 minutos con los músicos y Don Guillermo –que es el director artístico– indica qué debe cambiarse para una mejor interpretación. Por su parte, Tomás Montero no pierde ningún detalle de los sucesos, realiza tomas en todo momento: a Pedro cantando,  a Pedro hablando con Guillermo Knorhauser,  a Pedro ensayando con los músicos, a Pedro tocando el piano, a Pedro escuchando como van quedando las grabaciones, etc. Ya todos lo conocen bien, sólo bastan pocos ensayos y Pedro Infante es capaz de grabar sin jamás equivocarse.

Las melodías de ese día fueron éxitos

Ese lunes 24 de marzo de 1947 en los estudios “Peerless” resultó un día especial, a Tomás Montero le fue permitido tomar fotografías al artista mientras se grababan las canciones. En las bitácoras alguien anotó: “Hoy se tomaron fotos”. El ingeniero de sonido de esa sesión es el señor Ed. L. Baptista, quien se encuentra tras la cabina escuchando y ecualizando los sonidos (esta persona fundaría tiempo después su propia compañía de discos, “Musart”). El orden correcto de la grabación de las canciones fue así:

1.- “Mi cariñito”

2.- “Maldita sea mi suerte”

3.- “Mi consentida”

4.- “Me voy por ahí”

5.- “Ojitos morenos”

6.- “El aventurero”

7.- “Que gusto da”

8.- “La motivosa”

Algo curioso de esta sesión fue que la compañía “Peerles” perdió dos grabaciones de este día: “Que gusto da” y “La Motivosa”. De hecho, después de un tiempo nadie las recuerda, sólo permanecen escritas en las bitácoras poco legibles… Salen a la luz después de un trabajo arduo, de años de investigación que dieron fruto en los últimos tiempos, ya que se pudieron encontrar gracias a un coleccionista norteamericano que facilitó el material para su restauración.

La despedida

Ya son las 4:00 pm, por fin se termina de grabar. Pedro, contento y satisfecho, porta en su bolsillo el cheque que le dieron por la sesión, él así lo ha pedido… “A mi no me den eso de regalías, yo soy muy malo para las cuentas, mejor páguenme por mi trabajo”… Se pone su saco nuevamente y le dice a Tomás: “Por hoy se terminó, si quieres acompáñame al estacionamiento”…

 




Se dirigen a la parte trasera de los predios de la compañía “Peerless”, en donde tiene estacionado su Lincoln convertible del año en color negro. Se deja fotografiar nuevamente y Tomás Montero le realiza estupendas poses en su auto. El reloj de Pedro marca exactamente las 4:12 pm del  lunes. Finalmente, se despide con la mano de su amigo Tomás, no sin antes agradecerle el haberlo acompañado durante el día en una sesión agotadora de trabajo.

La última vez que Pedro Infante pisa los estudios “Peerless” es el día sábado 1 de diciembre de 1956, para grabar cuatro canciones.

El predio original donde se ubicaban los estudios fue vendido por sus antiguos dueños, hace más de una década, a una compañía constructora que los demolió para edificar departamentos. En cuanto a los archivos sonoros, fueron adquiridos en precio secreto por la compañía Warner Music de México.

(*) Paul Riquelme es abogado, investigador y admirador profundo de toda la vida del ídolo de Guamúchil. Está en la etapa final de la elaboración de un libro sobre Pedro Infante, donde dará a conocer anécdotas e información poco conocida del actor y cantante. En el Archivo Tomás Montero Torres agradecemos profundamente su entusiasta colaboración, para enriquecer con contenidos interesantes una parte de la cantidad de fotografías que en el acervo se conservan de esa memorable sesión de grabación.

María Ignacia Mejía: mujer, pensamiento y acción

Las personalidades que dieron forma a la vida institucional de Acción Nacional, con liderazgo y congruencia, se han ido quedando en el olvido. María Ignacia Mejía Villa es uno de estos casos.

Nacha Mejía, como mejor se le conoce, nació el 1 de febrero de 1907 en Cruz de Caminos (actualmente Villa Madero), Michoacán, hija de José Guadalupe Mejía y de Zeferina Villa. Estudió la carrera de maestra normalista en el Colegio Italiano de Morelia, para dedicarse luego al magisterio y al trabajo social. En esos años intenta profesar como religiosa pero no es posible, y al regresar a la casa paterna se destaca como presidenta diocesana de la Juventud Católica Femenina de México (JCFM) y como militante de la Acción Católica Mexicana (ACM); es ahí donde el licenciado Miguel Estrada la invita a formar parte del naciente partido, en el año de 1939.

En cada oportunidad, Nacha Mejía participaba en debates y daba mensajes que llegaban a lo más hondo de los corazones panistas. Exigía que la mujer mexicana se entregara y viviera según altos ideales, sin dejar de criticar y sin hacer a un lado las realidades que vivía la nación en aquel momento. Al respecto, comentaba en uno de sus discursos: “en México tenemos un tipo especial: el de la mujer analfabeta que vive como esclava, que carece de toda cultura e ilustración, la que lleva como estigma el sentido de ‘su inferioridad’, que la incapacita para todo anhelo de progreso, para toda aspiración de mejorar”. Contra ello presentaba entonces, de manera más directa, al ideal que es la mujer panista, sobre la cual se expresaba en términos muy claros y de una solidez adelantada a su época: “…Y en su noble empresa de modelar ese nuevo tipo de mujer, Acción Nacional empieza por despertar en ella el anhelo de realizar un ideal, un ideal que llegue a constituirse en el móvil poderosísimo de todos sus actos; un ideal que pueda elevarla muy por encima de todas las trivialidades que constituyen su vida; un ideal que, como una fuerza poderosa, la lleve en su realización hasta las cumbres de heroísmo”.

 

Nunca quitó los pies de la tierra que tocaba y, tomando en cuenta la realidad política y social del momento, cuando la participación de la mujer no sólo era nula sino imposible en la Cámara de Diputados, Nacha afirmaba: “que si ella, la mujer, no formula las leyes, que si no las firma con su propio nombre, que si ella no llega a dictarlas desde la altura de una curul, sí puede inspirarlas por el camino de la verdad y de la justicia, aconsejando a los que de ellas se hacen responsables”.

Pero la participación de María Ignacia no se limitaba al ámbito local. En los eventos partidistas, como Convenciones y Asambleas, hacía escuchar su voz, como lo demuestran algunos fragmentos de dos de sus memorables discursos, uno de ellos en la tercera Convención Nacional de mayo de 1943 y el otro dictado durante la segunda Asamblea Ordinaria de septiembre de 1944.

En el primero, hacía un firme cuestionamiento a las políticas del sistema mexicano, y se preguntaba: “…en el orden moral, ¿se puede ser bueno fácilmente cuando se carece hasta de las mínimas condiciones que exige la dignidad de la existencia humana? ¿Se puede ser bueno fácilmente cuando se mira sancionar el vicio, la malicia y el crimen con un puesto de confianza? ¿Se puede ser bueno fácilmente cuando se es victima de la injusticia y de la más baja ambición por parte de los responsables del bien común?…”

“Lleguémonos –decía Nacha Mejía– hasta esas viviendas miserables de mínima categoría, la mayoría de ellas reducidas a un solo cuarto en donde se cocina, se come, se duerme, se lleva vida íntima, y no uno o dos seres, sino una familia entera y las más de las veces numerosas; recorramos esas calles atestadas de chiquillos harapientos, en donde encontramos la palabra soez, en donde aprenden toda clase de inmoralidades; salgamos a los campos y encontraremos el mismo espectáculo, la misma miseria, la misma pobreza acentuada quizá por el analfabetismo que no han logrado desterrar las numerosas escuelas situadas a lo largo de las carreteras. Y no hablemos de esos espectáculos; visitemos los hospicios, las cárceles, los cuarteles, y veremos en todas partes la misma nota saliente: miseria, negligencia, dolor, bajo cualquier aspecto, pero miseria al fin…”.

“…Acción Nacional se ha reunido en esta ocasión para tratar los puntos fundamentales del problema nacional y ha dado un dictamen acertado a los puntos más interesantes que ofrece la cuestión social y ha dicho esta solución con la inteligencia y con el corazón, porque Acción Nacional no sólo quiere suavizar los males, sino remediarlos; no quiere únicamente manifestar los males, sino resolver, sino combatir su causa; y para eso, señoras y señores, se necesitan estudio e inteligencia; pero más que todo, voluntad y desinterés personal que nacen del corazón… “

Un año después, María Ignacia daría una de sus más grandes piezas oratorias, durante la segunda asamblea general ordinaria, al hablar de la reforma social y colocar a la mujer en el lugar que le corresponde; no por deseo sino por justicia:

“Señoras y señores: La sentencia luminosa de Enrique Bolo: ‘El porvenir del mundo se mece en las cunas’ parodiada en esta ocasión, podría precisarse en estos términos: ‘La reforma social de México se mece, se arrulla en el alma de la mujer mexicana’. Un tanto exagerada pudiera parecer a algunos, sin embargo, nada tan cierto, nada tan razonable y nada tan fundado hablando de reforma social y refiriéndose a México; porque la reforma social, la auténtica reforma social desbordará del hogar donde la mujer es la forjadora…”

En otro momento, agregaba: “si la juventud es promesa y no estado, de este estado de nuestras jóvenes estudiantes ¿cuál es la promesa? Pero no las culpemos a ellas. Después de algunos años de estar en su contacto, bien puedo tomar su defensa…. ¿Quién se ha preocupado jamás por despertar, orientar y robustecer en ellas el sentido social?… ¿Quién les ha hecho comprender la repercusión de cada uno de sus actos en la sociedad? ¿Quién les ha hablado jamás de bien común en su más alto y noble concepto y sin prescindir de los valores del espíritu? Hagámoslo nosotras, o empeñémonos porque se haga: Que las clases de historia, de civismo y otras más, dejen de ser meros ejercicios de memoria de cosas más o menos ciertas en los colegios particulares, o desahogos apasionados del profesor de escuelas oficiales, para convertirse en el estudio serio y provechoso de una humanidad que sufre, lucha y se esfuerza a través de los siglos en la conquista de la justicia, del bienestar y de las plazas que indiscutiblemente tiene derecho: de una humanidad que en cuya vida interviene la mujer como factor principal. De una humanidad que por lo tanto, no puede serle indiferente o extraña y a la que llegará a amar con generosidad y desinterés, por la que se forjará un ideal y para la que llegará a constituirse realmente en esperanza y promesa”.

“Hasta hace relativamente poco pudiera decirse, que para la mujer mexicana no existía otra profesión que la del magisterio. Noble y digna profesión que aquilataba su valor y la enaltecía a los ojos de todos, pero cambiaron los tiempos, logró franquear los umbrales de la universidad, desplazar el hombre en las oficinas e invadido casi todos los terrenos. En buena hora que haya obtenido estas conquistas; por saber más no es una mujer menos mujer, al contrario. Yo no concibo la profesionista sin ideal. Ellas son ciertamente para México un valor y una fuerza, y por eso precisamente, por eso, porque son un valor y una fuerza, cuando se habla de reforma social hay que estudiar la manera de aprovecharla. Pero por encima del respeto y la admiración que nos inspira la mujer doctorada en Leyes, en Medicina o en Filosofía, se mantiene nuestra veneración por la mujer que se dedica al magisterio: la profesión más ingrata; pero la más digna, la más noble, la más desinteresada y donde la mujer es más perfectamente mujer”.

“¿Dónde se está preparando el número suficiente de educadoras capacitadas para la niñez del mañana? ¿Quién se preocupa por despertar en nuestras jovencitas la vocación al magisterio, sustituyendo en su mente el aspecto gris y sombrío del faquirismo magisterial por una visión de claridad y de luz? ¡oh, cuánto falta por hacer a este respecto y cómo es de vital importancia solucionar este problema! Si a la siguiente generación, aprovechando el fruto de los tiempos pasados, ofrecemos un vergonzoso porcentaje de analfabetas, ¿Dónde está el personal docente que va combatir el analfabetismo en el futuro?… ¿No podríamos ceder la palabra a quien habla de campañas en contra del analfabetismo en el presente?”.

Esta gran mujer que fuera Consejera Nacional de 1954 hasta su muerte, el 19 de septiembre de 1961 (en Morelia, Michoacán); consejera regional e integrante del Comité Directivo Regional en Michoacán de 1939 a 1961; presidenta fundadora de la Sección Femenina del PAN en Michoacán; candidata a diputada federal suplente en dos ocasiones, fue y debe ser ejemplo para las nuevas generaciones de panistas que luchan por un México mejor. Debe ser faro de quienes pudieran pensar que la batalla panista está simplemente en las cámaras y que a nosotros no nos queda más que esperar la oportunidad. La acción política no es una responsabilidad de partidistas sino de ciudadanos.

No podríamos terminar estas líneas sin aquellas palabras con que concluía su discurso en Pátzcuaro en 1941, palabras que son algo más que un exhorto a las mujeres para tomar un rumbo y un ideal: “…entonces se habrá realizado en México el milagro de la mujer azul, la de los anhelos grandes, la de los ideales excelsos, porque azul es lo grande, porque azul es lo excelso, la mujer azul, en una palabra, que garantice el claro, el luminoso, el brillante porvenir de México”.

(*) José Gerardo Ceballos Guzmán es Director del Centro de Estudios, Documentación e Información sobre el Partido Acción Nacional (CEDISPAN), y en el Archivo Tomás Montero Torres nos sentimos muy agradecidos por esta valiosa colaboración para el blog, inspirada en una serie de fotografías históricas cuyo autor es el propio Tomás Montero Torres.

El día que la tierra parió un volcán

Pocas veces la naturaleza deja mirar sus prodigios con tal majestuosidad y sin daños humanos que lamentar, como cuando surgió de las entrañas de la tierra el volcán más joven del mundo, michoacano para más seña, el 20 de febrero de 1943, hace justamente 69 años. Dionisio Pulido, el paisano que tuvo la fortuna de percatarse del extraordinario acto de parir de la tierra, no saldría de su asombro ya nunca, y menos los 9 años, 11 días y 10 horas que permaneció en actividad constante el ya llamado Paricutín, para no dejar duda en nadie de su naturaleza pasional e incendiaria.

Lo que inició en la granja de Dionisio y de Paula, su esposa, apenas como una grieta en el suelo no mayor a 50 centímetros de largo, en pocos segundos se transformaría en una hinchazón de tierra de cuyo boquete comenzó a brotar fina ceniza, un persistente olor azufrado y el bramar profundo del planeta. El héroe local -cuyo nombre y apellido pasaron a la historia a la par del volcán- dio oportuno aviso a las autoridades del Ayuntamiento de Parangaricutiro, lo que permitió evacuar con rapidez a todos los habitantes.

El mar de lava y rocas alcanzaría 10 km. a su alrededor, cubriendo las poblaciones de Paricutín y Parangaricutiro, y de ésta última sólo llegaría a sobrevivir la torre de la Iglesia…

Ubicado en las coordenadas 19º29’34.8″N102º15’3.6″O y con una altitud de 424m., el Paricutín trastocaría el paisaje de la meseta purépecha para siempre, adquiriendo la afamada distinción de “maravilla natural del mundo”.

 

Tomás Montero Torres fue por partida doble a presenciar tal acontecimiento, como michoacano y como reportero gráfico, y lo hizo más de una vez, como quien se sabe ante la presencia de un milagro.

Lo que no sabía es que a veces los milagros se suscitan en pares y que a él le tocaría acompañar al mismísimo “Volcánico señor del volcán” -como nombrarían en su reportaje a Gerardo Murillo- a una exploración concienzuda por los alrededores de esta aparición de magma, lava y gases, y que más tarde se determinaría su tipo como “Stromboliano”, al adquirir una forma cónica por sus capas de lava fluida y materiales sólidos…

De esto sabía mucho quien era y es más conocido como Dr. Atl, ya que entre sus variados saberes destacaba la vulcanología. Ya con muletas, iría a esta exploración con una cámara Contax al hombro, una pipa de la que a ratos parecía brotar la fumarola del naciente volcán, y un proyecto claro en el que trabajaría por largo tiempo: dar cuenta con su singular destreza de “Cómo nace y crece un volcán”.

En este peculiar aniversario, celebremos esos instantes de vida irrepetibles…

66 Aniversario de la Monumental

El coso más grande del mundo, con el aforo lleno

¡Qué lejos han quedado los días donde la Plaza de Toros México, el Coso de Insurgentes, La Monumental, se llenaba en su totalidad de personas ansiosas de ver y disfrutar uno de los espectáculos más antiguos del mundo: las corridas de toros!

Corrida de inauguración, 5 de febrero de 1946 ante 43,000 espectadores
Corrida de inauguración, 5 de febrero de 1946 ante 43,000 espectadores

Legado español de rápido arraigo en nuestro país, la fiesta brava es una forma de expresión que desde su nacimiento ha despertado críticas y desatado polémicas. La primera corrida en la Nueva España está fechada el 24 de junio de 1526, y tenemos como dato curioso el que algunos de nuestros héroes estaban ligados a la fiesta brava. Ignacio Allende, hábil jinete, era reconocido como un buen torero a pie, y Miguel Hidalgo y Costilla, padre de la patria, era dueño de ganado y proveedor de éste en los diferentes festejos que se realizaban en el Bajío, zona torera por excelencia.

En sus inicios la fiesta estaba ligada a las festividades cívicas y religiosas, donde se utilizaban las plazas públicas como ruedos.

La Real Plaza de Toros de San Pablo es el primer ruedo fijo, construido de madera y con la característica de ser desmontable.

En el siglo XX y hasta la década de 1940, la plaza más famosa era el Toreo de la Condesa, ubicado en los terrenos  que hoy ocupa la tienda departamental El Palacio de Hierro Durango. Esta dejó de tener sentido después de que se demolió el Hipódromo de la Condesa y se comenzó la construcción de la nueva colonia; funcionó hasta su última corrida, el 19 de mayo de 1946, cuando fue desmantelado y trasladado a los terrenos de la Ex Hacienda de Los Leones, lugar que más tarde sería conocido como “cuatro caminos” o “El Toreo”, en los límites entre la Ciudad de México y el Estado de México, y que recientemente también fue desmantelado.

Vista de la construcción del "Toreo de Cuatro Caminos", hoy desaparecido
Vista de la construcción del “Toreo de Cuatro Caminos”, hoy desaparecido

Por su parte, para el Coso de Insurgentes se hizo pública una convocatoria el domingo 4 de enero de 1942, en la que se invitaba a los arquitectos e ingenieros a enviar proyectos para la construcción de una nueva plaza.

Propuesta como parte de un ambicioso proyecto llamado Ciudad de los Deportes y promovido por el empresario yucateco de origen libanés Neguib Simón Jalife, que incluía, además de la plaza, un estadio de fútbol, canchas de tenis y frontón, boliches, cines, restaurantes, arena de box y lucha, albercas, playa con olas, terreno para ferias y exposiciones. Solo llegaron a construirse la plaza y el estadio (actualmente el Estadio Azul, del equipo Cruz Azul).

 

El ingeniero a cargo de la construcción fue el ingeniero Modesto Rolland. El 1o. de diciembre de 1944 comenzaron las obras en los terrenos donde se ubicaba la ladrillera “La Guadalupana” en la colonia Nochebuena que para esas fechas se encontraba en las afueras de la ciudad.

La obra se terminó en un tiempo récord de 180 días: 10 mil trabajadores laborando en tres turnos las 24 horas del día logran tal hazaña. Su ruedo se encuentra a 20 metros por debajo del nivel de la calle. Está rodeada por esculturas del valenciano Alfredo Just, gran amigo de Tomás Montero Torres.

El maestro Alfredo Just con un asistente, junto a una de sus creaciones
El maestro Alfredo Just con un asistente, junto a una de sus creaciones

El 3 de febrero de 1945 el Arzobispo de México Luis María Martínez le da su bendición y no es hasta el 5 de febrero de 1946 que es inaugurada con aquel inolvidable cartel: Luis Castro “El Soldado”, Manuel Rodríguez “Manolete” y Luis Procuna. “Jardinero”, “Fresnillo”, “Gavioto”, “Gallito”, “Peregrino” (devuelto y sustituido por “Monterillo”) y “Limonero” fueron los toros de San Mateo que se lidearon ese día.

Como puede leerse al calce en letra del fotógrafo Montero Torres, la pareja más emblemática de aquellos años engalanó con su presencia la corrida inaugural de aquel 5 de febrero de 1946...
Como puede leerse al calce en letra del fotógrafo Montero Torres, la pareja más emblemática de aquellos años engalanó con su presencia la corrida inaugural de aquel 5 de febrero de 1946…

Agustín Lara y María Félix eran asiduos asistentes a las corridas de toros desde el Toreo de la Condesa y no podían faltar el día de la inauguración de la Monumental Plaza de Toros México. Ellos, al igual que las otras cerca de 41,260 personas asistentes esa tarde, observaron el primer muletazo de Luis Castro “el Soldado”, vestido de marfil y plata, y seguramente gritaron con todas sus fuerzas y con una sincronía no ensayada ¡Oleeeeé! haciendo retumbar al coso más grande del mundo.

TRIVIA:

En esta última fotografía el flaco de oro, Agustín Lara, aparece acompañado por una guapa y enigmática mujer, cuyo nombre desconocemos… La persona que proporcione un dato contundente que nos ilustre quién es ella y sustente bien su información, obtendrá como regalo una publicación sobre el Archivo Tomás Montero Torres, que enviaremos por paquetería a su domicilio. Se podrá obsequiar un ejemplar a los primeros tres que den la respuesta…

El flaco de oro en compañía de una enigmática mujer...
El flaco de oro en compañía de una enigmática mujer…

La Tarahumara: una deuda de más de 60 años

El 13 de junio de 1953, el fotorreportero Tomás Montero Torres y el cronista Ignacio Mendoza Rivera partieron de la Ciudad de México, en un avión DC-3 de la empresa LAMSA, rumbo a Chihuahua, como primer escala para su destino final: la Sierra Tarahumara. Enviados por el semanario ilustrado Mañana, lograrían un muy extenso reportaje que se publicaría a lo largo de 10 números continuos de la publicación, bajo los esclarecedores títulos de “En la ruta de las llanuras abandonadas”, “Hambre, sed y enfermedades en la Tarahumara”, “Misión de Sisoguichi: donde renace una raza”, “Ropiri Brama: el pescador de almas”, “Siquirichi: una obra de salvación en desamparo”, “El saqueo de Ganochi”, “Rarámuri: el indio de los pies alados”, “La superstición: ruina de la raza india”, Prudencia y bondad: virtudes que gobiernan a la raza Tarahumara”, “Huída a las montañas” y “Rostros tarahumaras”.

Dirigido por Daniel Morales y contando -entre muchos- con colaboradores de la talla de los Hermanos Mayo y Arno Brehme en la imagen, y Salvador Novo, Jaime Torres Bodet y Carlos Septién García en la escritura, el semanario Mañana hacía honor a su activa participación en la llamada “época de oro de las revistas ilustradas en México”, otorgando créditos con igual importancia a Mendoza Rivera y a Montero Torres, e incluyendo en su muy detallada “misión periodística” una cantidad profusa de fotografías. Ya desde el principio, dos señalamientos cruentos; el primero como pie de imagen: “La tierra norteña, anémica, agoniza por la sed prolongada en cinco años y niega sus frutos a los hombres y a los animales. La vida sucumbe y por todo el camino se repite este cuadro aterrador: el caballo muerto y el zopilote listo a devorar la carroña”; el segundo como parte de un recuadro introductorio: “Ignacio Mendoza Rivera, redactor de Mañana, y Tomás Montero Torres, fotógrafo, recorrieron más de mil kilómetros en el curso de su exahustiva jornada. Primero contemplaron el panorama de la tierra mexicana que se muere lentamente por falta de agua. Después, en la entraña misma de la tierra del indio rarámuri, fueron testigo de las flagelaciones que sufren los tarahumaras a consecuencia del hambre y de las injusticias de los blancos”.

Los dos comisionados por la publicación hicieron 17 horas de Chihuahua a Creel -su primer parada- a bordo del ferrocarril Kansas City México y Oriente. Ya desde ese momento sus ojos se impactaron con el suelo erosionado que se prolongaría a lo largo de toda la Sierra Tarahumara que, “como otros lugares de Chihuahua, fue un emporio de riqueza, pero la sequía y la voracidad de algunos terratenientes se confabularon hasta arruinarla”.

"Por este tramo pasaba un río, ahora solamente queda la ruina de la tierra. ¿Acaso será posible que el hombre permanezca en este inhóspito suelo? ¡No! se diría. Sin embargo, muchos seres viven aferrados a él".
“Por este tramo pasaba un río, ahora solamente queda la ruina de la tierra. ¿Acaso será posible que el hombre permanezca en este inhóspito suelo? ¡No! se diría. Sin embargo, muchos seres viven aferrados a él”.

Las siguientes paradas de estos nómadas de la información serían: Bocoyna, Sisoguichic, Cerocahui, Batopilas, Chinatú o Guadalupe y Calvo, entre otros, a los que llegarían tras jornadas de varias horas en camioneta, a lomo de mula o caballo, e incluso a pie. “Cerca de 120 mil almas, adheridas a las peñas y a los escabrosos planos de la Sierra Tarahumara son, en la actualidad, víctimas indefensas del hambre y la sed. Los indios tarahumaras sufren de la carencia de alimentos, particularmente, porque han sido flagelados por el azote de una sequía prolongada en cinco años que les ha arrebatado los exiguos productos de su tierra, paupérrima y degenerada. Además, el terrible azote de la carencia de agua no sólo ha calcinado los suelos de los indios rarámuris sino que, como plaga incontenible, aniquila lenta y pavorosamente las pocas cabezas de ganado que tienen para su manutención. De esta manera y en estas desastrosas condiciones, la voz trágica de los tarahumaras se vuelve un lastimoso eco que recorre todo el ámbito de la sierra y de las principales ciudades del estado de Chihuahua, pidiendo limosna”.

¡Korima! -escucharon Ignacio Mendoza y Tomás Montero más de una vez, mientras algún rarámuri se les acercaba con la palma extendida solicitando ayuda-; y a lo largo de los días que convivieron con esta región y sus nobles habitantes también llegaron a padecer hambre y sed.

“La tierra paupérrima de la Sierra Tarahumara es irónica. Se abre al impulso del surco, pero cuando los hombres quieren recoger el fruto de su trabajo les niega, definitivamente, la más mínima planta”.

Además de dejar registro, con sus palabras e imágenes, del hambre y el abandono, los enviados de Mañana se darían tiempo para conocer y testimoniar otros hechos, como el saqueo de la Cueva de Ganochi –lugar de gigantes-; caverna de unos 12 metros de profundidad y en cuyas entrañas “se esconde una parte del pasado de la raza tarahumara. Los restos de los antiguos moradores de la sierra permanecen ocultos, conservándose de esta manera el secreto de las antiguas costumbres rarámuris que determinaron la manera de ser de los actuales habitantes de la Tarahumara. Sin embargo, la voracidad de algunos aventureros procedentes de países extraños, ha roto en algo el enigma de la tumba india. Decenas de momias que descansaban en el silencio del sepulcro han sido sacadas irrespetuosa e ilícitamente; según versiones de los guías fueron llevadas al Museo de Chicago”.

En las páginas amarillentas y gastadas del semanario de los años cincuenta, queda también una visión prejuiciosa hacia las costumbres de los rarámuris: “…el indio de la planta corredora va dejando tristemente su precaria existencia en el cúmulo de supercherías perniciosas que, como lastre, le heredaron sus antepasados”. Lo que hoy causa respeto y se admira como parte de una cosmogonía de fuerte raíz espiritual, se percibía en aquel entonces como “una esclavitud espiritual casi indestructible”.

Y aún así, puede percibirse que Ignacio Mendoza Rivera y Tomás Montero Torres permitieron que sus propios espíritus se cimbraran en el convivio cercano con los rarámuris, y se dejaron tocar por la fuerza de los sukuruames -hechiceros- y admiraron la alta dignidad del siriame -quien posee el don de la elocuencia-. Presenciaron con admiración a las corredoras rarámuris, “que como estrellas fugaces cruzan el desierto”, y admiraron la notable resistencia de los hombres que, de requerirse, pueden recorrer “hasta 100 kilómetros sin descanso”.

Entre el primer reportaje publicado y el último, dedicado a los “Rostros Tarahumaras”, se percibe que los corresponsales de Mañana se dejaron trastocar los corazones. Las descripciones visuales y textuales contemplan a los rarámuris con mayor intimidad y gozo: “Los ojos de la mujer tarahumara son tiernos, brillantes. A veces almendrados y en ocasiones perfectamente circulares. Muchos hay que son grandes, negrísimos; otros muy pequeños, como gotitas de agua. Los ojos siempre están brillantes, como estimulados por una fuerza invisible que transmite ese brillo a los dientes parejos y sólidos. La vida palpita en sus pómulos carnosos y la dignidad brilla en su frente, que es como media luna en menguante. Las orejas son delgadas, grandes, y en todo el conjunto facial de la india joven vibra la inquietud sexual de su edad, pues es atractiva y propicia a humanos deseos” / “En el broncíneo fulgor de la cara de los adolescentes tarahumaras late la inocencia. Sus ojos, de características aún indefinidas, miran con una confianza inaudita. Su sonrisa es blanca, como blanca es su alma. Tienen el cabello negro y apenas si pinta sus cejas un bello disparejo y brusco”.

“El rostro indio es un reflejo de lo que acontece en su alma. En todas las líneas de su cara se intensifica el sístole diástole de su corazón y en el brillo de sus ojos se manifiestan uno a uno los sentimientos que bullen en su interior. La cara del indio tarahumara es una prolongación de vibraciones. Sugerente y firme relata todo lo que acontece al numeroso pueblo rarámuri en su paupérrima existencia por los caminos de la Sierra Tarahumara, que esconde en sus entrañas el pasado, el presente y el futuro de los indios de la planta corredora”.

Quien iba a decir que esta última frase, que cierra el largo reportaje de diez entregas, iba a ser premonitoria de la situación de los tarahumaras más de 60 años después, en este 2012 de un siglo diferente; y que la sed y el hambre iban a prevalecer como una triste constante de esta línea de tiempo entre aquellos instantes registrados textual y fotográficamente para la posteridad y hoy. Releyendo lo escrito por Ignacio Mendoza y viendo las imágenes legadas por Tomás Montero Torres, volvemos a cimbrarnos; más aún, sabiendo que su realidad paupérrima y de abusos no ha logrado transformarse. Nuestra deuda con ellos es honda, no hay duda.