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Martha Patricia Montero

Ana Mérida y los murales de Bonampak

La búsqueda de la llamada “Ciudad Perdida” de los mayas, provocó que los exploradores Giles Healy y Carlos Frey, guiados a su vez por los lacandones José Pepe Chambor y Acasio, descubrieran los extraordinarios murales de Bonampak, en Chiapas, durante los meses de abril y mayo de 1946. A partir de ese momento inició un amplio interés, nacional e internacional, por entender la historia plasmada en las pinturas; pero sería hasta 1948 que tendría lugar una primera expedición formal, integrada por expertos de México y Estados Unidos.

Ana Mérida Y LOS MURALES DE BONAMPAK
Ana Mérida Y LOS MURALES DE BONAMPAK

 

Eso sucedió durante el gobierno estatal de Francisco J. Grajales, quien por cierto el 30 de julio de ese año, y a iniciativa de Rómulo Calzada, convocaría a artistas e intelectuales –entre ellos Rosario Castellanos– a una reunión para crear el Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas, que desde el inicio se distinguió por sus diversas e intensas actividades. Como parte de las mismas, el propio gobernador invitaría unos años después a la bailarina y coreógrafa Ana Mérida a crear una obra inspirada, precisamente, en los murales de Bonampak; algo que seguramente la entusiasmó, ya que al ser hija del pintor Carlos Mérida –guatemalteco naturalizado mexicano– tenía raíces vinculadas a esa región del continente.

Ana Mérida
Ana Mérida

 

Después de varios meses de trabajo el resultado fue el Ballet Bonampak, para el que su propio padre realizó las escenografías, mientras que el argumento fue autoría del escritor Pedro Alvarado Lang. El vestuario estuvo en manos de Leopoldo y Ángeles Macías, y la música a cargo de Luis Sandi, estrenándose en noviembre de 1951, en Tuxtla Gutiérrez (vale la pena mencionar que gracias a los esfuerzos del INBA, las partituras originales se recuperaron y entregaron para su custodia a la Orquesta Sinfónica de Chiapas, en octubre de 2010).

Ana Mérida
Ana Mérida

 

Se trató de una obra monumental, que requirió, como una anécdota digna de mencionar, que Ana Mérida contratara a danzantes del centro de la Ciudad de México, como ella misma comentaría en una entrevista: Contraté a 35 y me los llevé a Chiapas, donde logré juntar a 140 elementos, contando entre ellos a las señoritas de sociedad. Se trataba de reproducir, de ponerle movimiento a los frescos de Bonampak; utilizaba pasos autóctonos y luego movimientos que yo inventaba”.

 

Ana Mérida
Ana Mérida

En junio de 1952 se repone el Ballet Bonampak en el Palacio Nacional de Bellas Artes. A la función del día 20 asistió Tomás Montero Torres, en su calidad de fotorreportero, tal como lo asentó en algunos fragmentos de su “Diario de un Fotógrafo de Prensa”.

Ballet de Bonampak
Ballet de Bonampak en Bellas Artes

 

Ana Mérida
Ana Mérida y los murales de Bonampak

Cabe decir que Montero Torres no fue el único que mostró una crítica al respecto. De acuerdo con el Laboratorio Mexicano de Recopilación de la Danza, el polifacético artista Miguel Covarrubias –quien además fue director de la Escuela de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, con Carlos Chávez a la cabeza– consideró que “más que una danza es un gran espectáculo escolar”. Pese a ello, el Ballet Bonampak es, junto con la Fiesta Chiapaneca, un espectáculo que a la fecha es signo de identidad de los habitantes de ese bellísimo estado, y al paso de los años su producción se ha ido perfeccionando.

Ana Mérida
Ana Mérida
Ana Mérida
Ana Mérida

 

El argumento parte de la amenaza que sufre la ciudad de Bonampak por ejércitos adversarios, ante lo cual los sacerdotes invocan a las divinidades y los guerreros entablan una batalla de la que salen triunfadores. Cuando va a caer el telón, los danzantes adoptan las posturas que muestran las figuras de uno de los murales.

 

Ana Mérida
Ana Mérida

Hace 23 años, un 12 de agosto de 1991, falleció en la Ciudad de México Ana Mérida. Este aniversario luctuoso nos permite recordar a quien está considerada como “una de las forjadoras de la danza moderna de México”, y quien en vida recibió distinciones por su actuación en la película El Santo Oficio (1973), y por el montaje de las coreografías La Luna y el venado, y La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca.

 

Ana Mérida
Ana Mérida

Cuando conocí a la poeta Dolores Castro Varela

Cuando conocí a la poeta Dolores Castro Varela, en 1991, aún habrían de transcurrir 18 años más para que nuestra abuela Lulú nos cediera el archivo de negativos de mi abuelo Tomás Montero Torres, en el 2009, y yo pudiese ver, extraída de uno de tantísimos sobres, una imagen suya de muy joven. Cursaba yo un Diplomado en Comunicación y Literatura y ella impartía uno de los módulos, lo que era una delicia porque nos ponía a leer poesía en voz alta, a sentir la cadencia de las palabras que variaba según la impronta de cada autor, y a identificarnos más con unos u otros, según nuestro momento de vida.

Recuerdo que manejaba un Volkswagen -azul, creo- y había un día que no circulaba que me permitía tener el privilegio de llevarla a su casa, desde donde estaba en ese entonces la sede de la Dirección de Educación Continúa de la Ibero, muy cerca del Teatro de los Insurgentes. En ese entonces yo vivía en Satélite, en casa de mis papás, y ella a espaldas del extinto Toreo de Cuatro Caminos. No era un trayecto largo, pero charlando con ella se hacía aún más corto.

Poco después me inscribí al taller de poesía que impartía en la Sala de Arte Público David Alfaro Siqueiros, ubicada en la calle de Tres Picos, en Polanco. No éramos muchos, así que las sesiones eran muy dinámicas, y ella siempre tenía el comentario justo y amable para alentarnos a expresarnos con una voz propia que se iría moldeando más al paso del tiempo. Aún conservó una nota manuscrita de ella sobre uno de mis poemas de aquellos días.

Al hecho grandioso de tenerla como maestra, en el Diplomado, se unió el tener como compañera de estudios a Beatriz Paredes, que en esos años era al mismo tiempo Gobernadora de Tlaxcala. Una mujer enorme en voz y presencia, que tenía el talento de construir narrativas dulces e inesperadas. Por ser ella la primera al mando en ese estado cercano al Valle de México, y querer rendirle un homenaje merecido a la poeta, organizó -o mandó organizar- una excursión para todos los que participábamos en el curso. Fuimos a Cacaxtla, donde el arqueólogo titular fungió de guía y nos adentró en parte de los coloridos secretos de los murales. Tengo también presente una cena donde uno de los platos era una exquisita crema de huitlacoche.

 

De esos años conservo dos libros de la poeta, con bellas dedicatorias para mi de su puño y letra: Obras Completas en un tomo editado ese 1991 por el Instituto Cultural de Aguascalientes, su tierra natal; y la antología poética “No es el amor el vuelo”.

Ahora, gracias al Facebook, puedo verla rodeada de su familia, de sus amigos y de una cauda infinita de admiradores de su obra, lo cual me alegra mucho. Creo que conserva el corte de cabello con que posa en estas fotografías -el mismo estilo con el que yo la conocí- y sé ahora que estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, donde mi abuelo impartió clases de fotografía y algunos de sus amigos, como el propio Carlos Septién García o José N. Chávez González y Alejandro Avilés, fueron directores; así que a lo mejor lo conoció ahí, o bien en la revista La Nación, dirigida por Septién y donde Tomás Montero Torres fue responsable del diseño, de la diagramación y de gran parte de sus fotografías, sobre todo en los primeros años de ese semanario, que tuvo en esa época a plumas como Rosario Castellanos, Salvador Novo, Hugo Gutiérrez Vega y Luis Spota, entre otros.

Lo cierto es que ellos se conocieron antes, así hubiera sido sólo para la toma de estos retratos, donde sus miradas se cruzaron; y yo cierro mis ojos y pienso en la magia de tantos y tan finos instantes…

Poema: Con mirada secreta, de Dolores Castro

Con mirada secreta entro en la bóveda:
el silencio cobija.
Hundo ahí el ojo, buceador de sombras.
El que sí ve,
el que no adivina.
Palpo sedosos, palpitantes materiales.
Busco membranas
en donde el sueño anida
.

Padre Emeterio que vuelas por los cielos

Le advertían: “La gente de San Martín de Bolaños es muy maldosa, no vaya usted”. En 1936, además, un hombre joven corría el riesgo de morir de aburrimiento en ese lugar. Pero él fue. Y se quedó, y ni la muerte lo ha podido sacar. Sus restos están a un costado del altar. Su foto preside paredes y repisas en innumerables hogares. Algodones con su sangre y restos de su ropa se guardan en petaquillas y su sola mención provoca una plática amigable que se sazona con anécdotas, realidades y leyendas en torno al cura que, para un puñado de habitantes de este cañón, no requiere del visto bueno del Vaticano para ser santo… Un santo hace milagros y él aquí los ha hecho, dicen.

Este cura también gana adeptos fuera del contorno religioso. Si un sacerdote-piloto aviador recibiría cientos de likes en Facebook, imaginen hace 60 años. Pero no era un piloto por afición, sino uno ante la necesidad de llevar la fe hasta los confines de su parroquia y porque en la avioneta trasladaba enfermos graves a Guadalajara o a Zacatecas, o para llevar medicamentos al pueblo. Mientras la Secretaría de Salud Jalisco ha negado recientemente la solicitud de un helicóptero para el norte del Estado, la zona más alejada y pobre, en los años cincuenta un solo hombre, no una institución ni un gobierno, lo hizo. Se les adelantó y aún ahora sirve de ejemplo para contrastar entre el querer y el hacer.

Emeterio Jiménez Martínez es el personaje. Llegó a San Martín de Bolaños, Jalisco, en 1934, estuvo un año, al siguiente lo mandaron al Teúl, Zacatecas, y quiso regresar en 1936 para nunca más abandonar esta comunidad. Aquí está parte de su historia: Nació en el rancho de La Escondida, municipio de Encarnación de Díaz, Jalisco, en 1909, hijo del agricultor Higinio Jiménez y de la ama de casa, Francisca Martínez. El tercero de siete hijos cuyos padres criaron apegados a la disciplina católica: “Si quehacer estaba haciendo (mi madre), ahí nos estudiaba el catecismo”, comentaba su hermana Pascuala, en tanto que su padre no dejaba pasar el día sin rezar el Rosario. Niño atrabancado, él y su hermano cuidaban los becerros, vieron un panal de miel y Emeterio insistió en bajarlo, pero pronto tuvieron que tirarse al suelo acosados por los moscos.

 

En un boletín escrito en 1970, a propósito de las bodas de plata del Colegio de San Martín de Bolaños, se rescata un poco de historia del municipio y aparece una cronología del cura Emeterio, nuestro personaje; ahí se cuenta que pudo ir a la escuela hasta los 11 años por iniciativa de la señorita Ma. del Refugio Alba: cursó dos años en la escuela parroquial de Encarnación de Díaz y después pasó al preseminario de Lagos de Moreno. En 1924, a la edad de 15 años ingresó al Seminario Diocesano de Guadalajara, sus años de estudio coincidieron con la Guerra Cristera; en este boletín se dice que no pocas veces los alumnos corrían a esconderse ante la llegada de las fuerzas federales y que este joven, incluso, llegó a ser encarcelado.

 

Como alumno no fue brillante, según sus calificaciones, pero en la etapa escolar mostró características que luego se manifestaron en el clérigo, como su carácter alegre (animó a sus compañeros para tomarse una foto grupal en la que se vistió con capa, como si fuera el superior del seminario), además de la imprudencia de la juventud (le gustaba la velocidad arriba de su bicicleta. Un día chocó contra un poste, quedando golpeado y con la cara sangrante).

Se ordenó sacerdote el 26 de mayo de 1934, y de inmediato fue nombrado vicario cooperador de la parroquia de San Martín de Bolaños, donde estaba como cura Ángel Valdés, hermano del padre Nicolás, excelente historiador que tanto hizo por el archivo de la Diócesis de Guadalajara y por el conocimiento histórico del norte de Jalisco. Después lo mandaron al Teúl, Zacatecas, pero en menos de un año regresó a San Martín. El mismo arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera, lo nombró párroco y le dio posesión de su iglesia en visita pastoral.

 

El cañón de Bolaños es puerta de entrada a la sierra madre occidental, por el lado de Jalisco donde la etnia wixárika tiene su territorio. Alineados en torno al río, que luego baja al río Santiago, se encuentran Bolaños, Chimaltitán y San Martín de Bolaños, tres de los 10 municipios que conforman el norte de Jalisco, una región históricamente aislada. Contrario a Bolaños, que ha vivido distintos momentos de esplendor por la explotación de sus minas desde la época colonial, San Martín siempre quedó al margen sin más atractivo que sus paisajes. Alejado, apenas se le conectó a Guadalajara con asfalto a principios de los años 90. El pueblo colinda con los estados de Zacatecas y Nayarit, y con los municipios jaliscienses de Tequila y Hostotipaquillo, sin embargo, para llegar a estos se debe atravesar la sierra en un caminar de varios días. Su altura es de 800 metros sobre el nivel del mar y de acuerdo con el Censo del 2010, tiene 3,405 habitantes. Hasta acá llegó el sacerdote Emeterio con el entusiasmo de sus 27 años de edad.

El bochorno de las 3 de la tarde hace imaginar que se está en la antesala del infierno. Es un calor seco, encajonado, sin corrientes de aire y cuando estas llegan ya se han calentado en el camino. La sombra de los árboles son el mejor refugio; debajo de uno, en el patio de su casa, doña María de Jesús Arellano Cortez atrae sus recuerdos. “Llegó sin nada, el pobre. Muy joven, alto, moreno; bien guapo”. Quienes dan testimonio son las personas de 70 y más. Doña María de Jesús con mayor razón: tiene 92 años y el cura la casó y le bautizó a sus hijos.

“La gente de San Martín de Bolaños es muy maldosa, no vaya usted a allá”, le decían, pero él les contestaba, “yo quiero ir, a ver si puedo regenerarlos”. Una comunidad lejana con gente tosca. Personas armadas con ganas de usarlas en los muchos bailes que terminaban en reyertas con difuntos; ni el alzacuellos era un salvoconducto, bien que lo recuerda doña María de Jesús. El boletín escrito en 1970 también lo consigna: “No fue bien aceptado, al contrario, (fue) rechazado y hasta amenazado varias veces con armas de fuego y otras fue obligado a salir del pueblo, pero él jamás se vio preocupado (…) su espíritu optimista lo hacía repetir, si no hay dificultades, no sirven las cosas”.

Emeterio Jiménez llegó a San Martín en los años posteriores a la Guerra Cristera (1926-1929) y al Rescoldo. Contrario a otras regiones donde la disputa fue entre grupos católicos contra las fuerzas gubernamentales, en la zona norte de Jalisco el conflicto tuvo rasgos de guerra civil, como lo ha señalado el historiador Jean Meyer. “Como ya había un principio de reforma agraria, había una base de agraristas —a la que el gobierno le dio armas—. El Ejército federal los metía a la vanguardia, decía, ellos conocen el terreno, la gente, y eso le dio a la Cristiada una dimensión de guerra civil que no tiene en los Altos de Jalisco. En los Altos fue más unánime, mientras que en esa zona… el padre Nicolás Valdés nos contaba de su propia familia de un padre cristero y de un hijo gobiernista (…) eso le da al conflicto una dimensión más trágica”. (La Gaceta, 22 de marzo de 2010).

En el caso del cañón de Bolaños, el gobierno federal incluso incorporó al Ejército a personas de la misma región. José Guzmán Quintero, de San Martín de Bolaños, relata: “Sí, yo era músico con pistola (…) fue el 29 que nos dieron de baja, cuando ya el gobierno dominó al que se les voltió”.

— Usted, ¿cuándo se da de alta en el Ejército?

— En el 27.

— Oiga, pero, ¿cómo peleaban contra los cristeros, creyendo en Dios, si la Guerra era contra la religión?

— ¡Eeeh! Porque sabíamos que eran una bola de bandidos. ¡Qué soldados de Dios ni que la madre! Hacían más crueldades ellos que el mismo gobierno, ¡nooo!, ellos al que agarraban no lo perdonaban, lo hacían pedazos. Luego andaban los “curitas”, no todos, pero sí muchos, con sus dos carabinotas echando bala también (…) Aquí había un cura de apellido Pérez, que era según ellos el coronel de los cristeros. Él ordenaba fusilamientos en masa fueran o no fueran gobiernistas, nomás con que no le simpatizaran… yo soy católico y soy hijo de Dios, pero ya, francamente, a los sacerdotes casi no les creo. No les tengo mucha fe, pues”. (Revista Niuki, número 12).

La Guerra Cristera terminó de manera oficial en 1929 con el arreglo entre el gobierno y la jerarquía católica, sin embargo, parte de la base cristera desconoció el pacto y siguió en armas en los años posteriores, lo que se conoce como el Rescoldo. Jean Meyer ubica el fin definitivo en 1938. Emeterio Jiménez llegó en este contexto a San Martín de Bolaños. Un escenario calientito, con brazas aún rojizas; el recelo hacia su persona, la enemistad o franca antipatía de una buena parte de la población. Por otra parte, del obispado de Guadalajara se advierte un genuino interés por la región norte antes y después de la Cristiada: impulsó de manera significativa la imagen del Señor de los Rayos, en Temastián, y a San Martín mandó un padre joven, activo, carismático. No un intelectual, sino uno que se mimetizara con la población. Incluso, el obispo y posterior primer cardenal mexicano, José Garibi Rivera, fue personalmente a darle posesión de la parroquia.

De parte de Emeterio, en lo íntimo, queda imaginar a un hombre disciplinado y comprometido, que de haber nacido en una región geográfica distinta, de vivir 10 años en Guadalajara, se lanzó a la aventura a una región ignota. Cito otro párrafo del boletín: “Le preocupó grandemente la ignorancia religiosa y la corrupción moral en que se encontraba y para contrarrestarlas se preocupó de formar centros de catecismo, tanto en la población como en los ranchos y exhortaba a sus fieles a dejar toda clase de vicios, en especial los bailes y las embriagueces”. Una problemática concreta, con hombres de carne y hueso, en un lugar y un tiempo específico… sin embargo, ahora sólo se escuchan relatos fantásticos:

Un grupo de hombres lo llevó al charco del Cable, le amarraron una piedras en las manos y en los pies, y lo echaron al agua para que se ahogara. Los hombres abandonaron el lugar con la tranquilidad del deber cumplido. A la mañana siguiente se escucharon las llamadas a misa, los fieles, como de costumbre, se dirigieron a la parroquia, pero también los maldosos con la sorpresa de que él apareció, como si nada, y ofició… Pero no claudicaron. En otra ocasión lo llevaron al panteón y justo cuando le apuntaban para descargarle las balas, les espetó de frente: “¿Con qué me vas a matar?, ¿con ese plátano?”. ¡Y es que el arma se les había convertido en una banana! Estas acciones provocaron que los malosos se hicieran conversos, según la interpretación que ahora se escucha de casa en casa, de calle en calle, de boca en boca. “El padre Emeterio terminó con la violencia poco a poquito, sin que se dieran cuenta. La gente se arrepintió, les quitó los bailes. Ya no fue maldosa y terminó queriéndolo mucho”, me dice la señora María de Jesús Arellano, sentada en una silla de plástico junto a la puerta de su recámara; al fondo se aprecia la foto del cura, posiblemente de recién llegado por los rasgos de su cara.

Dentro de sus logros en los 18 años en que vivió en este lugar, se encuentra la fundación del Colegio con la ayuda de las religiosas. Los primeros años, las clases se daban a un costado de la iglesia. “Como él no ha habido otro”, comenta la viejecita. “Era un líder. Nos hacía muy participativos, había adoraciones, vela perpetua, sagrado corazón. Un hombre muy carismático y entregado a su trabajo, desprendido e inteligente. No se quejaba del calor ni de nuestra pobreza. Decía: los frijoles son buenos compañeros de la tortilla… No saben lo que tienen”, nos dijo un día el obispo. La viejecita va más allá: “Él iba caminando, pero (en realidad) iba volando”.

Conocí a Emeterio Jiménez en la casa de Ignacio Sandoval Macías. Estaba dentro de un viejo álbum fotográfico, vestido de negro, con zapatos lustrosos, alzacuello y gorro de piloto aviador… estampa distinta a como te imaginarías a un cura de un rancho alejado de la mano de Dios a mediados del siglo XX. Sonriente, lo mismo cuando está al mando de su avioneta que si se encuentra en medio de un grupo de jóvenes y bellas mujeres. ¿Un cura-piloto aviador? ¿Un padre en los cielos de San Martín?

“Era un padre que tenía su propia avioneta”, me dice Ignacio Sandoval con el álbum fotográfico en las manos. “Era un padre millonario”, digo yo. “No, era de familia sencilla”, me contesta mientras pasa las hojas, muestra más fotos y de cada una de ellas tiene un dato que le inspira a regresar al pasado. Su sala está impregnada de recuerdos. “Un día fuimos a Bolaños… El cura era muy bromista. Cuando íbamos en el aire hizo que la avioneta diera un bajón de repente que yo sentí que los huevos se me subieron a la garganta. Él nomás soltó la carcajada, luego retomó la trayectoria y se río todo el camino”. Era bromista con todos. Y como en el chiste de la monja… dijeron que con todos. Cierto día le enseñó su moderna rasuradora a una religiosa, le dijo que era un teléfono nuevo y, como se lo decía el padre, ella quiso llamar a la casa de las madres en Guadalajara. Emeterio permaneció serio, hasta que no pudo contener la carcajada.

Martha Jiménez Martínez es sobrina directa del cura Emeterio. Gran parte de su vida ha sido residente en California (EU), pero de niña vivió en Colotlán y las vacaciones las pasaba con el tío sacerdote. “En una confesión le dije que comía tierra, entonces se me queda mirando muy serio y me dice, condenada chamaca, se lo voy a contar a tu madre”. Sólo de recordarlo, la señora Martha sonríe y también recuerda con simpatía cómo el señor cura se ponía a jugar con sus hermanos en la sacristía; ellos unos niños y él toda una autoridad. “Cuando llegaba al pueblo en su avioneta, antes de aterrizar le daba vueltas, se ponía a cantar y toda la chiquillada salía a las calles -su canción favorita era la de “Cuatro milpas”-. ¡Su voz se escuchaba clarita! Nos quedábamos impresionados que se escuchara hasta el suelo, ¡cómo le hacía!… ahora yo supongo que traería altavoz… pero, no sé… en ese tiempo las personas contaban que el cura se aparecía en dos lugares distintos al mismo tiempo: que estaba confesando en un rancho mientras rezaba el rosario en otro”.

De cómo aprendió a volar, se compró una avioneta de dos plazas y se convirtió en un cura adelantado a su tiempo, es un relato menos sobrenatural. Para quien conoce San Martín de Bolaños imagine las enormes dificultades para salir de ese lugar hacia la “civilización” hace más de 60 años. Quien no ha puesto un pié ahí, piense que en camioneta se necesitaba de un día para hacer el recorrido San Martín-Zacatecas y más de día y medio para llegar a Guadalajara. Eso, en el hipotético caso de contar con un vehículo o tener una ruta de transporte, pero en el primer caso la posibilidad se reducía de manera extrema y la segunda opción era ciencia ficción. Bajo esta circunstancia, los habitantes iban a Guadalajara a lomo de mula o caballo y tardaban casi dos semanas.

Consciente de la necesidad de comunicar al pueblo, Emeterio trabajó para establecer la ruta aérea hacia la capital de estado de Jalisco. Buscó a su amigo el capitán Ángel Chavarría, jefe de la empresa “Transportes Aéreos de Jalisco”, para convencerlo, sin embargo, la propuesta era poco atractiva para el empresario. Entonces la amistad fue parte de la estrategia en la persuasión. El capitán mandó a dos pilotos a conocer la ruta y el lugar propuesto para hacer la rústica pista, en el terreno de La Mesa de la Virgen. Pero había otro problema: el temor a volar. El señor Ignacio Sandoval saca otra imagen del álbum fotográfico. En primer plano se observa un jinete de espaldas y al fondo hombres y elegantes señoritas que abordan la avioneta. En el piso hay muchas piedras. ¿Cómo les quitó el miedo a volar? Don “Nacho” saca las hojas amarillentas del Boletín escrito en 1970, en el que se rescata la “anécdota”: El cura Emeterio organizó una peregrinación a Guadalajara, e invitó también a los feligreses de Chimaltitán y Bolaños, “pero se presentó entonces otra dificultad, la económica, y para ello pidió al capitán Chavarría que de 80 pesos que cobraba por persona, quedara en 20 pesos el viaje redondo, logrando así animar a alrededor de 200 personas a dicha peregrinación: 100 de San Martín y las restantes” de los otros dos municipios. Sin embargo, los pasajeros pusieron una condición: que el cura los acompañara. Y ahí tienen al sacerdote subiendo y bajando de la aeronave, para completar los cuatro viajes de ida, el 5 de abril de 1948, y los cuatro de regreso, el día 8 del mismo mes.

 

Padre Emeterio

“Desde entonces, no sólo para los de San Martín, sino para todos los de la región, utilizar el avión fue lo más natural”. La ruta comenzó en junio de 1948 con los servicios de carga y de pasajeros.

Si llegar a San Martín era complicado, visitar las rancherías era doblemente complicado. Nuestro personaje se movía a caballo, al primero lo llamó “Lucero” y tuvo un segundo equino llamado “Resorte” y le gustaba andar a la carrera. Pero no le era suficiente. Ya con la avioneta como vía de comunicación, un día en pleno vuelo le comunicó su plan al capitán Chavarría: aprender a volar para llevar la palabra de Dios a todos los rincones del municipio. Se dice que el capitán era serio en exceso, pero ese día sonrió y animó al cura en su objetivo. Más que preocuparse por el permiso de Dios, Emeterio trabajó para conseguir la anuencia de su madre y del obispo; con el prelado fue un poco menos complicado. El 10 de enero de 1949 “empezó a recibir instrucciones del capitán Chavarría, así como de otros dos pilotos que gustosos le ofrecieron su ayuda”. Un mes después realizó su primer vuelo sobre Guadalajara y el primer aterrizaje como examen final, y al hacerlo de forma satisfactoria sus maestros lo bañaron con cerveza, un ritual de la época entre los pilotos. Desde ese día fue capitán piloto aviador con la licencia No. 1590.

Avioneta
Avioneta

 

El alumno graduado contaba ya con su propia avioneta: una Piper 90, matrícula XB-BUL de 65 caballos de fuerza, de dos plazas, que le había comprado a un amigo, Francisco Fuentes, en 12 mil pesos gracias a la cooperación de sus amistades. Emeterio Jiménez se convirtió en un ejemplar siervo de Dios. A bordo de su avioneta no tenía más límites que las “escasas” 24 horas del día. El obispo llegó a decir que  hacía el trabajo de cinco sacerdotes. Los viernes primero, por la mañana, distribuía la ostia en la cabecera municipal y más tarde lo hacía en las comunidades. Los primeros días de la semana confesaba a los fieles de 14 distintas rancherías… Y es que además de la pista principal de San Martín, los campesinos le ayudaron a hacer 14 pequeñas pistas en el mismo número de comunidades y, cuando tenía prisa, llegaba a un rancho y oficiaba misa debajo de las alas de su Piper. “En adelante fue su avión un instrumento para difundir la fe y (para) hacer otros bienes materiales a quienes se lo pedían”, se lee en el Boletín de 1970, valioso documento histórico.

Por si fuera poca la labor de su ministerio, el ciudadano Emeterio hizo de su avioneta una ambulancia que sacaba a los enfermos hacia los lugares donde pudieran encontrar alivio a sus males. Transportaba personas a la pequeña clínica de Colotlán, al hospital de Zacatecas o con los especialistas en Guadalajara. También llevaba medicamentos a su comunidad.

PADRE EMETERIO - Pueblo
PADRE EMETERIO

 

Si por el lado de la fe todavía no lograba la amistad de algunos nativos, que, según le advirtieron en 1936, eran muy maldosos y lo querían matar, 15 años después, con su servicio social desinteresado logró echarse a la bolsa al pueblo entero.

Tomás Montero Torres fue un hombre citadino. Periodista, diseñador, cronista y fotógrafo. Siendo de los primeros miembros del Partido Acción Nacional, creó el logotipo del periódico de ese partido, La Nación. También se le reconoce como uno de los precursores de la fotografía a color en México; con su cámara tomó imágenes de Agustín Lara, María Félix, Dolores del Río, Cantinflas y Pedro Infante; fotografío a Octavio Paz, Rufino Tamayo, Diego Rivera y al Doctor Atl. Hizo ensayos fotográficos del músico Carlos Chávez, del mismo Doctor Atl en el volcán Paricutín y reportajes en la sierra Tarahumara, ente otros. El Archivo de Tomás Montero estuvo guardado 40 años, tras su muerte en 1969. Sus nietas recién heredaron este tesoro visual, de poco más de 80 mil negativos. Martha Montero, una de ellas, se escucha entusiasmada a través de la línea telefónica cuando habla del legado de su abuelo, dice que lo está conociendo por medio de las fotografías. Cada sobre con negativos le depara agradables sorpresas; ella recuerda de manera especial las fotos de un sacerdote-piloto de Jalisco. “¿Qué fue de ese cura?”, me pregunta.

Avioneta
Avioneta

Avioneta2

Un día, Tomás Montero Torres se encontró por obra de la casualidad con el cura Emeterio. Como integrante de un equipo contratado para analizar las dimensiones y condiciones de uso de varias pistas de emergencia en el norte de Jalisco, Montero Torres salió de la Ciudad de México en lo que parecía una actividad más. “Empezamos nuestro trabajo en un avión Sesna de cuatro plazas: anotaciones, fotografías y a nuestra vista la montaña abrupta con paisaje de perspectivas que achican la tierra y agigantan nuestro temor al vacío”, escribió el fotógrafo a su regreso a la Ciudad de México. “Abstraídos en reflexiones y arrullados por el suave ronroneo de los motores, llevábamos dos horas de vuelo cuando repentinamente el piloto grita a nuestros oídos, ¡eso parece una pista… pero no es posible, es muy corta y su situación arriba del cerro… la hace peligrosa de usar! Volamos a siete mil pies, descendemos en círculos sobre la cima de la montaña en donde como burda cicatriz distinguimos claramente la posta y al final de ella y protegido por una arboleda, un cobertizo cuyo techo de aluminio nos lanza relámpagos de luz. Mientras tanto, a bordo se busca afanosamente en mapas y listas la ubicación y nombre de esta pista… ¡Nada! No aparece; es totalmente desconocida. Nuestra imaginación nos hace pensar en un campo de aviación clandestino de contrabandistas y aventuras…”.

Fe

El equipo se encontró con un hombre joven, risueño, moreno, delgado, estatura mediana, que trabajaba en el motor de una avioneta amarilla de dos plazas. Los capitalinos le hicieron muchas preguntas y él se las contestó una a una, dejándolos con la boca abierta. Tomás Montero advirtió “que el padrecito aviador tenía más jugo periodístico que el descubrimiento de un plantío clandestino de mariguana, y decidió quedarse dos días en aquel misterioso laberinto de cerros y barrancas”. De regreso a la Ciudad de México publicó un fotoreportaje de 12 páginas en la revista Impacto titulado, “La fe en avión”.

El cura Emeterio Jiménez —se lee en la revista— presta un “servicio social tremendo, llevando y trayendo por el cielo consuelo físico y moral a millares de campesinos que viven en pueblos y rancherías a donde sólo es posible llegar a lomo de mula (…) Los propios campesinos son los constructores de esa pista (…)  para facilitarle el acceso a los pueblos y poder tener su misa el domingo y a su padrecito, que les lleva medicinas y cuando hay un caso urgente lo transporta en su “pájaro” a un lugar donde puedan encontrar intervención médica. Pistas peligrosas construidas en las cimas de los cerros para este moderno misionero que lleva la Fe y la doctrina cristiana a 90 kilómetros por hora”.

Cura06Tomás Montero no esconde su entusiasmo por el personaje. Aporta datos concretos, como que en la bitácora del piloto están registradas 700 horas de vuelo, en las que se calcula haber recorrido 8 mil kilómetros. En su registro, el cura les muestra haber transportado cinco enfermos a Tepic, 16 a Guadalajara, 8 al Teúl de González Ortega, 4 a Villa Guerrero, Jalisco, y 15 más a pueblos y rancherías. “El padre Jiménez lleva la fe de un punto al otro sin desmayos, sin flaqueos y afrontando los peligros (…) En cuanto el avión del sacerdote vuela sobre los pueblos, las aldeas y las rancherías alejadas, los niños y los muchachos se precipitan a recibir al sacerdote y besar la mano que ha sostenido firmemente los mandos de su avión”. También lo sorprende por su habilidad en el manejo de una motocicleta: “Y al terminar nuestro día con él, nos da la sorpresa final al verlo abordar su motocicleta para alcanzar a llegar a su “base”: la parroquia, a tiempo de rezar a sus fieles el santo Rosario”. Luego la despedida: “Volteando su cara morena nos dirige una sonrisa y al agitar su mano un saludo. Se aleja entre la vereda de la sierra este capitán, modelo de hombre que nos ha enseñado a muchos kilómetros de nuestra casa, cómo se puede servir a Dios, sirviendo al prójimo”.

Poco tiempo después de la publicación en Impacto, en la revista Mañana apareció una entrevista al fotógrafo en la que platica los entretelones de su fotoreportaje del sacerdote-piloto aviador: “La vida por una foto”, es el título y la fecha, 1951. La historia del cura Emeterio consta de 17 negativos fotográficos, me comenta Martha Montero, quien añade un dato que hace más relevante el texto periodístico. “Mi abuelo quiso comprobar con sus propios ojos la labor de ese cura, pero lo hizo con grave riesgo de su salud”. Tomás Montero necesitaba de una dosis diaria de insulina, pero el día que llegó a San Martín de Bolaños había olvidado su medicamento. Aun así se quedó dos días para convivir con el sacerdote de la montaña. Martha Montero muestra curiosidad por ese personaje que conoce por fotos y por el texto que escribiera su abuelo hace más de 60 años. “¿Qué fue de ese cura?”, me pregunta… y yo me quedo pensando que quien se convierte en leyenda, casi siempre muere joven.

En San Martín hace un calor de los mil demonios. Sentados debajo de un árbol, la señora María de Jesús Arellano Cortez me sigue contando de ese padre “tan bueno” y “guapo” que un día, tristemente, falleció, al tiempo que se escucha la primera llamada con las campanas de la parroquia, ahí donde se encuentran los restos de Emeterio Jiménez Martínez. Estamos en los días previos a la fiesta patronal de agosto, el Señor de Santa Rosa. Por las calles hay “mucho gobierno”, dice la gente ante la presencia de decenas de policías estatales de Jalisco y a una partida de militares. Este pueblo ha sido caliente en cuestión de narcotráfico, y en el sexenio de Felipe Calderón se calentó todavía más. ¿Cómo habría actuado el cura en la actualidad ante este tipo de gente maldosa?

“Cuando murió”, dice la viejecita, “estuvimos de luto por cuatro años. Una tristeza generalizada, pesada, que se mantuvo en San Martín de Bolaños. Las noches eran de un silencio triste”. Los ranchos se vaciaron, todo mundo quería ver a su querido padre. Despedirlo. Su cuerpo estuvo dentro de la parroquia; fue un llorar dentro de la iglesia, en el atrio y las calles adyacentes. “Cuando estaba tendido, sentíamos que se nos había acabado el mundo”, la señora María de Jesús sigue recordando. “El señor cura muchas veces manifestó el deseo de morir en San Martín porque creía que sus feligreses harían oración por el eterno descanso de su alma”. Boletín, pág. 14. Emeterio Jiménez murió a las afueras de San Martín de Bolaños al desplomarse su avioneta el 15 de febrero de 1954, poco después de la una de la tarde. Tenía 44 años de edad. ¿Qué pasó ese día? Siempre le gustó la adrenalina. Jugaba a dar maromas en el aire con sus amigos pilotos de Guadalajara; a sus amigos del pueblo, como bien lo dice don “Nacho”, les hacía palidecer al dejar caer la avioneta de repente. Y tenía la costumbre de apagar el motor al aterrizar en San Martín, práctica bien controlada en su Piper 90… Como su pequeña avioneta le era insuficiente para cubrir el trabajo pastoral y su servicio social, compró una nave un poco más grande en 25 mil pesos. El 14 de febrero fue a Guadalajara a hacer el cambio y de regreso, al día siguiente, al llegar al pueblo, hizo lo mismo de siempre: apagar la nave poco antes de aterrizar…

“Como no conocía esa avioneta, por eso cayó, el pobre, sobre un pitayo. Su cuerpo y su ropa quedaron llenos de espinas”, dice la viejecita. El padre Narciso Chávez corrió hacia el lugar del siniestro y todavía lo encontró con vida. Ahí sobre el campo de su querido San Martín de Bolaños, como había sido su deseo, exhaló por última vez. Murió el hombre y comenzó la leyenda, de inmediato. Se dice que días antes del suceso, enfermo él, les comentó a las religiosas sonriendo: “No me quiero morir porque en el cielo no hay aviones, a no ser que se me conceda ir en mi avión al cielo”. Las madres le pidieron que las llevara consigo, pero el cura sólo le dijo sí a una de ellas; la misma religiosa que le acompañaba el día del accidente y que también falleció. Y al padre Chávez, de visita en San Martín, le comentó unos días antes: “Lo dejo en mi lugar, actué con todas las facultades que yo tengo… en una palabra: lo dejo como párroco”.

El cura Emeterio Jiménez Martínez sigue vivo en la mente de todas las personas de la tercera edad, las que lo conocieron y las que supieron de él de primera mano. Sin embargo, su imagen comienza a desdibujarse en la siguiente generación. Durante años se hacía misa los días 15 de febrero en el lugar donde murió, pero hace ya tiempo que se perdió esta tradición y entre los jóvenes es un ser del que escuchan mucho, pero conocen muy poco y les dice menos. Es una imagen irreal; contrario al sentir de las personas de 70 y más, para quienes lo irreal es tan cierto como los milagros que les ha hecho el cura. “¡A mi ya me hizo un milagro!”, me dice María de Jesús Arellano Cortez, “tuve perdidas unas arracadas durante un año, las buscaba y las buscaba, hasta que le pedí al señor cura que si estaban en mi casa, aparecieran. Y las encontré dentro de un colchón”. Otras personas cuentan de otros milagros.

 

La viejecita se confiesa, ya para despedirse: “Un día le pedí a Dios poder verlo. ¡Y ya lo vi! Fue en sueños. Con su traje negro, su sotana y la gorra. Lo vi en el campo, yo andaba cortando guamúchiles. ¡Ay señor cura, qué gusto de verlo!, le dije. Saliendo y bajando como los ángeles”.

PADRE EMETERIO
PADRE EMETERIO

 

 

(*) Francisco Vázquez Mendoza es investigador de la Universidad de Guadalajara y hace poco más de un año presentó una vasta exposición en torno al Cura Emeterio, resultado de sus amplios trabajos, en el Museo del Periodismo con sede en la perla del Bajío, con apoyo de su director, Víctor Ortiz Partida. La misma se inauguró recientemente en la Casa de Cultura de San Martín de  Bolaños, conmemorando los 60 años del fallecimiento del sacerdote, lo mismo que para beneplácito de sus habitantes, que tan bien lo conocieron. Para el Archivo Tomás Montero Torres es un privilegio la colaboración del Maestro Vázquez Mendoza en este blog, lo mismo que haya tomado en cuenta imágenes captadas por Montero Torres para incluirlas en el montaje.

Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti Castañares

“El niño terrible de los medios”

Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti Castañares, quien llegaría a trascender en prensa, radio, televisión, cine y literatura tan sólo como Luis Spota, partió de este mundo hace justo 29 años: el 20 de enero de 1985. Su precoz incursión al universo de los medios en el México de finales de los años cuarenta es el mejor ejemplo de lo que una afición temprana por la lectura puede llegar a inspirar. Se sabe que alentado por su padre, un inmigrante italiano asentado en la Ciudad de México, tuvo una infancia acompañada por las historias del francés Jules Verne y del compatriota paterno Emilio Salgari, entre otros. Aunque las vicisitudes económicas familiares lo empujaron pronto a “ganarse la vida”, mostró desde el principio un arrojo para destacar y lo mismo quiso ser torero que boxeador, afición ésta última que lo llevaría a presidir la Comisión de Box y Lucha del Distrito Federal, para más tarde ser presidente fundador del Consejo Mundial de Boxeo. Pero su vocación primera era encontrar historias, narrarlas y crearlas, utilizando para ello todas las posibilidades a su alcance.

Con seguridad sin duda envidiable, convenció a Regino Hernández Llergo, director de la revista “Hoy”, para que lo aceptara como realizador de entrevistas a la temprana edad de 14 años. Su audacia para conseguirlas marcó lo que sin duda fue una trayectoria brillante y sin tapujo alguno, ya que se desempeñó como fotógrafo, columnista, editor, locutor de radio y de televisión, guionista y director de cine, dramaturgo, poeta y novelista, cosechando premios y reconocimientos prácticamente en todos los ámbitos; lo mismo que el apodo de “el niño terrible de Bucareli”, durante el periodo de 1943 a 1944, por conseguir por 43 días consecutivos la nota de 8 columnas de Las Últimas Noticias de Excélsior, periódico con sede en esa calle.

 

Una intensidad por la narrativa -sustentada en la curiosidad, la cercanía con las esferas de poder lo mismo que por una observación detallista de la vida cotidiana, cuyos lados ásperos él mismo había padecido de niño- y gracias a la cual su legado periodístico, literario y fílmico es vehemente y vasto.

 

Publicó su primera novela, “De la noche al día”, a la edad de 20 años y todavía un año después de morir se publicaría de forma póstuma “Días de poder”, quedando inconclusa “Historia de familia”. Tan sólo esta referencia a una de sus pasiones pudiera bastar para imaginar su capacidad de entrega y una facilidad nata para reconocer y usar los distintos lenguajes que emanan de cada medio.

Hoy, para recordarlo, compartimos estos retratos hechos por Tomás Montero Torres a una edad temprana de Spota, en años donde sin duda coincidieron, ya que el fotorreportero también colaboró en los cuarenta y cincuenta para las revistas Hoy, Mañana y el periódico Excélsior, entre muchas otras publicaciones de la época. La mirada de Luis ya denotaba el entusiasmo que le caracterizaría a lo largo de la vida…

100 años Archivo Montero

A 100 años: dos cartas

Hoy mi abuelo cumpliría 100 años. Y aunque se dice fácil nunca es así de fácil para nadie. En los últimos 5 años he dedicado una buena parte de la jornada semanal a contar, clasificar, limpiar, catalogar, acomodar, digitalizar, buscar, platicar, aprender, estudiar, conocer y promover el archivo fotográfico de Tomás Montero Torres, mi abuelo.

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¿Por qué digo que no es fácil? Bueno, primero para él, como fotógrafo, porque debió de sacrificar tiempo con su familia, estar en un constante entrar y salir de su casa, de su oficina, de la vida de sus padres, de su esposa y de sus hijos. Además, también hay que tomar en cuenta que fue maestro de fotografía, publicista y pintor, actividades que requieren dedicación y tiempo. Privilegiado en su época, tuvo la suerte de capturar con su lente muchos acontecimientos de la construcción del México posrevolucionario, el México de los grandes cambios.

No ha sido fácil para mi tampoco. A través de su trabajo estoy conociendo su ideología, sus gustos, su filiación política, sus compromisos, el amor a su tierra. He conocido a algunos de sus amigos, compañeros y su forma de trabajar, historias tristes, historias alegres, anécdotas. En otras palabras, estoy conociendo a mi abuelo a más de 40 años de su muerte.

Abuelito: te quiero mucho y te extraño, ¡feliz cumpleaños!

Silvia Sánchez Montero

Tomás Montero
Tomás Montero

Hace 100 años en Morelia, Michoacán, nació Tomás Montero Torres. Tengo no solo el enorme privilegio de ser su nieta sino de formar parte del entusiasta equipo de cuatro (Silvia, Claudia, Julieta y yo), que nos dedicamos a rescatar y difundir su legado fotográfico, integrado por poco más de 86 mil negativos. Crecí extrañándolo, me enseñaron a respetar su ausencia y a interesarme por su persona, ya que falleció muy joven y cuando yo tenía poco más de tres años. Lo sabía sobre todo pintor, porque en todas las casas de la familia hay obra suya (autorretratos, paisajes, miniaturas, cristos y vírgenes); y la verdad poco fotógrafo. Mi abuela solía contar como una gran anécdota la vez que, en el año 50, estuvo en la sierra tarahumara para hacer un reportaje gráfico muy amplio y había pasado hambre, igual que los rarámuris, y comido rata de campo. También sabía que había sido compadre de Carlos Septién García y que por una gripa se había salvado del accidente de avión que le quitó la vida al decano del periodismo.

Fotógrafos

No imaginé que varios lustros después descubriría que la fotografía había sido el eje central de sus actividades profesionales, que había sido colega y amigo de otros grandes de la lente como los Casasola o los Mayo, que había colaborado con gran productividad en prácticamente todos los periódicos y revistas ilustradas de su época, que entre otros temas tendría uno de los archivos más completos en aviación civil o que, con la honrosa tarea de salvaguardar su legado, tendríamos la oportunidad de conocer a personas imprescindibles en este camino…

AbueloFlor

La vida es sabia y hoy más que nunca estás cálidamente presente, compartiendo a través de tu diario, de los amigos que te sobreviven, de tus pinturas, y sobre todo por medio de tus fotografías, la extraordinaria generosidad de tu ser. ¡Gracias, gracias, gracias! Te quiero mucho…

Martha

 

Para conmemorar el centenario del natalicio de Tomás Montero Torres los invitamos a participar en una serie de trivias, que da inicio a partir de esta fecha tan significativa para el Archivo Tomás Montero Torres. Cada semana tendremos una nueva, junto con escritos y fotografías que iremos compartiendo. A los diez primeros que envíen sus respuestas correctas a archivotomasmontero@gmail.com les haremos llegar a vuelta de correo una postal conmemorativa por este aniversario… ¡Anímense y participen!

1.- ¿En qué fecha apareció la primer entrada de este blog?

2.- ¿Cuál es el artículo que cuenta con el mayor número de comentarios?

3.- Diga el nombre de por lo menos un colaborador de este blog que no sea familiar de Tomás Montero Torres

 

¡Gracias!

Luis Cernuda, el amigo de Octavio Paz

 
“…Tú justificas mi existencia
si no te conozco no he vivido
si muero sin conocerte, no muero,  porque no he vivido…
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz…”
 
Luis Cernuda 

* Su tumba se encuentra en la fosa 48, fila 4, sector C. Está abandonada en el Panteón Jardín de la Ciudad de México; debería estar en Sevilla, con todo respeto.

* En la lápida dice: “Luis Cernuda Bidon. Poeta. Sevilla 1902-México 1963”.

Hoy martes 5 de noviembre se conmemora el 50 aniversario luctuoso del poeta Luis Cernuda Bridón. Nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902 y murió  de un infarto la mañana del 5 de noviembre de 1963 en la casa de su amiga Concha Méndez,  en la calle Tres Cruces 11 en  Coyoacán, Distrito Federal.  Al lado de donde quedó inmóvil estaba una máquina de escribir y un libro –Novelas y cuentos- de Emilia Pardo Bazán. Dentro del ejemplar había dos marcadores de página -uno con el David de Miguel Ángel y otro con el retrato de Francisco I por Tiziano- que desvelaban en qué página había quedado interrumpida la lectura.

Eva Díaz Pérez escribió en El Mundo (03/11/2013) que “el cuerpo del poeta estaba en el suelo, vestido aún con su batín, el pijama, las zapatillas y al lado, la pipa y unas cerillas. La muerte lo había sorprendido intentando fumar. En la máquina de escribir había frases por terminar, anotaciones sobre el teatro de los hermanos Álvarez Quintero….”

Un día antes había ido al cine. Vio el filme Divorcio a la italiana, de Pietro Germi, con Marcello Mastroianni, y le gustó tanto que durante el almuerzo propuso a Paloma Altolaguirre –hija de Concha Méndez y del poeta Manuel Altolaguirre- volver a verla con ella. Luego se retiró a su habitación como hacía todas las tardes.

Quizá por ser una persona poco amigable y difícil, el poeta fue enterrado con el acompañamiento de muy pocos amigos. Alí Chumacero comentó en su momento que él fue uno de los pocos que asistieron al Panteón Jardín.

“–Yo conocí mucho a Luis Cernuda, porque estuve encargado de la primera edición de su poesía completa para el Fondo de Cultura Económica: La realidad y el deseo. Corregimos juntos las pruebas. Fue una edición bastante bien hecha. Ahora sé que han hecho una edición en España que todavía no conozco. Él era un hombre muy huraño, muy extraño. No se llevaba con los españoles. Peleaba con todos. Cuando murió, aquí en México, fuimos a su entierro 17 personas. (…) Yo hice la observación en el camposanto y me dijeron: ‘No, es que toda la gente fue a (la funeraria) Gayosso. Por eso no vienen’. Pero cuando a un muerto no lo acompañan más que 17 personas, eso quiere decir que no es precisamente un personaje muy popular”. (Proceso, no.1651, 22 de junio de 2008).

El Ateneo de Madrid le rendirá un justo homenaje presentando el libro “Leve es la parte de la vida que como dioses rescatan los poetas (poemas para Luis Cernuda)”, editado por la revista Áurea. En la obra participan poetas como Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Colinas, Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre, Andrés Trapiello, Luis Alberto de Cuenca, Pablo García Baena, Luis Antonio de Villena, Juan Gelman y la Premio Nobel Herta Müller, entre otros. Además, en este volumen se encuentra un manuscrito inédito de Cernuda con los borradores del “Soliloquio del farero” y dibujos y fotografías suyas, de igual forma inéditas.

A la vez, se proyectarán imágenes del madrileño de “Los placeres prohibidos” y se podrá escuchar su voz grabada; los asistentes al Ateneo podrán recorrer la etapa madrileña del poeta y su vinculación con el Ateneo, que solía frecuentar con sus amigos de la denominada Generación del 27, como Federico García Lorca y Vicente Aleixandre.

El día ocho de noviembre, también en Sevilla -su ciudad natal- será la presentación del libro; ahí se dieron cita más de 40 poetas; un día después, el sábado nueve se leerán poemas en las calles Acetres, frente a la casa donde nació y creció el poeta.

¡Maravilloso! Lástima que estemos tan lejos de la madre Patria. Quizá vaya a depositar una flor a su tumba en el Panteón Jardín.

Pero Cernuda no murió de amor, murió él, bueno una parte de él, ya que él vive cada vez que leemos su poesía:

“No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos….”
Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara….”
 

Luis Cernuda llegó a México exiliado y para quedarse. Nació en Sevilla en 1902 y vivió allí hasta 1928; después todo fue exilio eterno, pero siempre pensando en volver a Sevilla. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Sevilla, donde conoció a Pedro Salinas, que fue su profesor. Ya en los años veinte se trasladó a la ciudad de Madrid, donde entró en contacto con los ambientes literarios de lo que luego se llamará Generación del 27.

Durante un año trabajó como lector de español en la Universidad de Toulouse. Cuando se proclamó la República se mostró dispuesto a colaborar con todo lo que fuera buscar una España más tolerante, liberal y culta. Durante la Guerra Civil participó en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia, y en 1938 fue a dar unas conferencias a Inglaterra, de donde ya no regresó a España, iniciando un triste exilio después de la guerra civil. Fue profesor de Literatura en Glasgow, Cambridge, Londres, Estados Unidos y  llegó a establecerse en México en noviembre de 1952, con 500 dólares en la bolsa; antes había estado de vacaciones; la primera vez fue verano de 1949. El poeta entonces vivía y trabajaba “bien” en Mount Holyoke, un colegio para mujeres en Massachusetts, Nueva Inglaterra.

En ese tiempo Cernuda vivió en México en varios lugares; durante el primer año vivió en un departamento en la calle Madrid pero luego, hacia finales de 1953, animado por su amigo Manuel Altolaguirre (quien entonces vivía con su segunda esposa, María Luisa Gómez Mena), Cernuda fue a vivir a casa de Concha Méndez y su hija, Paloma Altolaguirre, en Coyoacán. Con algunas breves interrupciones, ésta había de ser su casa durante los once años que le quedaban de vida. Dichos años resultaron ser un período muy fructífero, aunque más productivo, tal vez, en trabajos críticos que en poesía.

En nuestro país se reencontró con amigos españoles como Altolaguirre, Méndez, José Moreno Villa, Ramón Gaya y Emilio Prados, a quienes no había visto desde su salida de España, en plena Guerra Civil, en febrero de 1938.

Fortaleció su amistad con Octavio Paz e hizo relación con el pintor Manuel Rodríguez Lozano, los músicos Salvador Moreno e Ignacio Guerrero, y el poeta Enrique Asúnsolo y Guadalupe Dueñas.

El apoyo de Octavio Paz. En 1954 y gracias a la intervención de Octavio Paz, Luis Cernuda entró a trabajar como profesor en la UNAM, a la vez que como becario en El Colegio de México. Paz fue el padrino y ayudó a Cernuda sin condición. Le solicitó a su amigo Alfonso Reyes, entonces presidente de El Colegio de México, que acogiera  a su amigo Luis y éste le concedió  una beca, misma que le fue con cedida de inmediato por 450 pesos mensuales –de entonces- y para justificarla lo consideró “investigador independiente”.

Para mantener la beca, Cernuda propuso y el Colegio aceptó un estudio sobre poesía inglesa del siglo XIX. Y cuatro años después, en 1958, Alfonso Reyes decide por problemas de salud darle carácter honorario a su cargo de presidente del COLMEX y crear el puesto de director, para el que se escogió a Daniel Cosío Villegas. A él se dirigió don Alfonso en diciembre de ese mismo año  para “hacerle tres súplicas”, una de las cuales era sostenerle la beca a Luis Cernuda, “que vive muy pobremente” y “es cumplido en su trabajo”.

Cernuda ya había empezado también a escribir en la prensa mexicana, notablemente en las dos principales revistas de esa época: México en la Cultura y Universidad de México. No es casual que el fruto destacado de su labor de estos años son dos libros de crítica literaria: Estudios sobre poesía española contemporánea (1957) y Pensamiento poético en la lírica inglesa (Siglo XIX) (1958). Al publicarse en España, el primero causó verdadero asombro y consternación por la dureza con que el sevillano enjuició a varios de sus contemporáneos, sobretodo a sus maestros Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. Hay una carta muy dura de Pedro Salinas en contra de Cernuda.

Un año después –el 27 de diciembre de 1959- muere Alfonso Reyes y en agosto de 1961 Daniel Cosío le cancela la beca al poeta español. En  una entrevista con Enrique Krauze  le habla de ese asunto.

Discusión pública. Al fallecer Cernuda, apareció en la Revista de la Universidad (julio de 1964) un artículo en el que Octavio Paz afirmaba del poeta español que “a la muerte de Reyes, el nuevo director (del Colmex) lo despidió sin mucha ceremonia”. Entonces Cosío Villegas envió una carta de respuesta a Paz, la que apareció en el número de octubre de la misma publicación y tachaba de “falsa de toda falsedad la acusación” de que hubiera quitado el apoyo económico a Cernuda, pues argüía la existencia de una carta de éste en la que anunciaba que iría a Estados Unidos como profesor visitante de una universidad “que no nombra”, lo que motivó que le suspendieran la beca.

En el mismo número de Revista de la Universidad, Octavio Paz contestó con un texto fulminante: “Por lo visto Cernuda no fue despedido por El Colegio de México. Me alegra saberlo. Mis noticias eran otras y uno de mis informantes fue el mismo Cernuda. Como el poeta muerto era todo menos un mentiroso (y como tampoco lo es el señor Cosío Villegas) no hay más remedio que atribuir el incidente a un equívoco: Cernuda creyó que con frías y correctas maneras burocráticas, se le quería despedir y se alejó voluntariamente. La actitud del Director debe haber contribuido a esa impresión del poeta. No es un misterio que el señor Cosío Villegas, por afectación anglicista o inclinación natural, es un témpano en el trato con sus semejantes y que ha hecho de la impertinencia y el desdén, ya que no un estilo, un hábito. Cernuda tenía fama de susceptible; Cosío Villegas la tiene de intratable: todo se explica”.

Octavio Paz, dice Enríquez Perea, retiró ese texto de sus Obras completas. Quizá, porque de alguna manera lo que decía de Cosío Villegas era el autorretrato del Octavio Paz endiosado de sus últimos años. (Fuente: Revista Contralínea, Junio 2a quincena de 2007).

El escritor y biógrafo de Cernuda, Antonio Rivero Taravillo escribe también sobre el tema en Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963, Ed. Tusquets.)

(*) Fred Álvarez Palafox es columnista de temas políticos para varios medios de México, consultor de asuntos religiosos y un declarado amante de la poesía. Para el Archivo Tomás Montero Torres  es una privilegio contar con una colaboración suya con motivo del 50 aniversario luctuoso de Luis Cernuda, que nos otorga, además, un buen motivo para compartir estas dos fotografías del poeta sevillano tomadas por Tomás Montero Torres

Margarita Michelena

Cuatro instantes con Margarita Michelena

Desconozco si cultivaron una amistad, pero Margarita Michelena y Tomás Montero Torres coincidieron, por lo menos, durante cuatro momentos de su vida. La primera en la Universidad Nacional Autónoma de México, a mediados de los años 30, cuando ella estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras y Montero Torres en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. De esos primeros años de estudio, llegarían a convertirse en poeta y periodista, la primera; pintor y fotorreportero, el segundo. Durante esa época, para ser más precisos, en agosto de 1937, ambos asistieron al evento de inauguración de la Galería Permanente de la Generación Revolucionara Unificadora de Artistas (GRUA), ubicada en la calle de Corpus Christi No. 6, como puede comprobarse en la publicación que esa misma asociación hizo, con motivo de registrar tal suceso:

La publicación hacía referencia a los 23 artistas cuya obra se expuso para ese acto, además de incluir el cuento “Historia de travesuras”, de quien entonces firmaba como “Marga Michelena”. Entre otros, participaba también el pintor Manuel Montiel Blancas, quien compartiría una larga amistad con Tomás Montero.

 

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Posteriormente, los dos trabajarían para la revista América, ella -oriunda de Hidalgo- comenzaría ahí su carrera literaria; él -oriundo de Michoacán- colaboraría ahí como fotógrafo y “asesor artístico”, de acuerdo con los créditos de ejemplares de la época.

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Y por último, hay un cuarto instante registrado de vida compartida entre ellos, que en lo personal a mi me gusta mucho: una visita de Tomás Montero Torres a casa de Margarita Michelena.

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Me lo cuenta esta serie de imágenes de fino acercamiento al espacio íntimo, al hogar y los afectos cercanos… Incluso una imagen que registró un abrazo de Margarita con su esposo e hija, que aunque ya se encuentra muy diluido, alcanza a mostrar un perfil de su brazo, cierta silueta.

Margarita Michelena.

 

En todas hay un porte indudable de esta mujer que, para muchos intelectuales de altura, como el propio Nobel Octavio Paz, poseyó una de las mentes mejor cultivadas de su tiempo.

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Sus finas manos, ese mirar hacia dentro de sí misma, la suavidad que se intuye en la tela de su atuendo… No creo que sea sencillo posar así para un desconocido pero sí, quizá, para alguien que detrás de la lente se sabe amigo.

Margarita Michelena

Veámosla como mujer indómita y entera, que halló en la palabra la forma directa de denunciar verdades y en la poesía la mejor manera de hablarse a sí misma. En el número 237 de la legendaria revista Vuelta, Octavio Paz escribió, con motivo del justo homenaje que en 1996 se le hiciera en Bellas Artes a Margarita Michelena: “pertenece a esa rara estirpe de poetas que en formas diáfanas alían el pensamiento al sentimiento, lo que pensamos con los sentidos a lo que sentimos con la cabeza. Sus poemas son cristalizaciones transparentes. Desde su primer libro me impresionaron, por igual, la maestría de la hechura, la profundidad del concepto y la autenticidad de la emoción. Equidistante del grito y del frío conceptismo, de la confesión sentimental y del «preciosismo», sus poemas brotan del suelo del lenguaje como chopos, pinos o álamos; también como torres de reflejos y esbeltos obeliscos de claridades. Poemas bien plantados en la tierra pero movidos por una misteriosa voluntad de vuelo. Gravitación y levitación”.

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Y es un cierto halo de levitación el que yo distingo en varias de estas fotografías. En estos retratos amorosos de una poeta que, entre mucho, alguna vez escribió:

“Cuando yo digo amor”

Cuando yo digo amor identifico
sólo una pobre imagen sostenida
por gestos falsos,
porque el amor me fue desconocido.

Cuando yo digo amor
sólo te invento
a ti, que nunca has sido.Y cuando digo amor
abro los ojos
y sé que estoy en medio
de mis brazos vacíos.

Cuando yo digo amor
sólo me afirmo
una presencia impar
como mi almohada.

Cuando yo digo amor
olvido nombres
y redoblo vacíos y distancias.
Cuando yo digo amor
en una sala
llena de rostros fútiles
y pisadas oscuras en la alfombra.

Cuando yo digo amor
crece la noche
y mis manos encuentran
para su hambre doble y prolongada
mi pobre rostro solo
repetido por todos los rincones.

Cuando yo digo amor
todo se aleja
y me asaltan mi nombre y mis cabellos
y las hondas caricias no nacidas.

Cuando yo digo amor
soy como víctima.
La inválida en salud.
El granizo y la rosa paralelos.
La dualidad del árbol y el paseante.
La sed y el parco refrigerio. Yo soy mi propio amor
y soy mi olvido.

Cuando yo digo amor se me desploma
la ascensión de las venas.
Sobreviene un otoño
de fugas y caídas
en que yo soy el centro
de un espacio vacío.

Cuando yo digo amor
estoy sin huellas.
De porvenir desnuda
e indigente de ecos y memoria.

Cuando yo digo amor
advierto inútil
la palma de mi mano —que es convexa—
e increíble
ese girar soltero
del pez en su pecera.

Agustin Lara

Por el sabor que tienen sus canciones

El problema con Agustín Lara es que todo sucede en primera persona, Agustín siempre habla de Lara. Además, todo puede ser una fantasía, realidad mancillada por el hambre de grandilocuencia.

ALCabina

La ventaja con Agustín Lara es que todo es verídico, sin importar el origen.

Al final, se puede decir cualquier cosa. Por ejemplo, que yo tenía ocho años cuando escuché los versos que definieron mi vida.

 

ALactores

Era de noche, el Tren Jarocho estaba a punto de salir de la estación de Veracruz con destino al Distrito Federal. La gente subía, bajaba, conversaba, gritaba, caminaba por el andén.

Yo, pasajero contra mi voluntad, sabía que detrás de las rejas, los arcos, las bancas y las enormes puertas de madera estaban los muelles, la playa, el zócalo, los portales, la pinera, el mercado de pescadería, la iglesia del Sagrado Corazón, el refresco Okey… pero no tenía palabras para describir la tristeza.

Agustin Lara y Músicos
Agustin Lara y Músicos

 

Entonces, mientras el tren iniciaba sus movimientos, escuché Veracruz, vibra en mi ser,/ algún día hasta tus playas lejanas/ tendré que volver… Eso cambió todo. Veracruz vibraba en mi ser. Y yo quería volver, algún día. Y las playas estaban lejanas. Y alguien había dicho eso para que yo lo escuchara en la voz de un hombre que tocaba la guitarra sentado sobre un costal lleno de mangos, entre una mujer que revisaba su canasta de enchiladas y dos tipos que daban inicio al interminable juego de baraja.

Agustin Lara
Agustin Lara

Las palabras me habitaron. Me convertí en otro, en alguien capaz de nombrar el mundo, de bautizar sentimientos y tirar el ancla en el mar de su identidad. Fui, por primera vez, durante esos minutos, Agustín Lara.

Agustin Lara
Agustin Lara

Esto pasa cada vez que el flaco de oro canta. Uno tensa la cicatriz al decir tu párvula boca/ que siendo tan niña/ me enseñó a pecar, y se siente viajero incansable mientras asegura y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme/ porque al fin tus ojos, me los llevo yo, y entiende de farolitos y de cómo se enjuagan las estrellas en Acapulco y de que todo nuevo querer es el amor de sus amores y del hechizo que fascina en su mirar y de que la vida para nada me sirve sin ti… porque uno es Agustín Lara poniéndole nombre a lo que parecía indescriptible.

Agustín Lara
Agustín Lara

Gracias a eso, más allá de los romances, las ciudades, las películas, las actas de nacimiento, los personajes y la desmesurada fantasía en la que se regodeó, Lara nos regaló la fe en el lenguaje, en nuestro lenguaje, porque cantamos sin poner en duda lo expresado, convencidos de que mi rival/ es mi propio corazón,/ por traicionero,/ yo no sé/ cómo puedo aborrecerte/ si tanto te quiero.

Al final, la memoria de Agustín Lara siempre habla de nosotros.

Agustin Lara XEW
Agustin Lara XEW

(*) Es un honor contar con la colaboración de Efrén Calleja Macedo, como un buen pretexto para compartir parte de las fotografías que Tomás Montero Torres captó del flaco de oro en diversas ocasiones. Efrén es gestor de contenidos y editor de libros de poesía y de la revista La Otra L.

El niño Quijote

Los niños de Monterito

Pelones de Hospicio
Pelones de Hospicio
La risa de las niñas
La risa de las niñas

Por su figura menuda, a Tomás Montero Torres le decían “Monterito”, un mote que al paso del tiempo trascendería la referencia al atributo físico para ser un modo cariñoso de nombrarlo, de afirmar vínculos, de cultivar la amistad. Era afable y detallista. A la gente que quiso le obsequiaba dibujos acompañados de breves dedicatorias, todo de su puño y letra. Cuentan que al llegar a su casa traía dos regalos distintos en los bolsillos de su saco –porque siempre iba a trabajar de traje y con pañuelo en el bolsillo, como lo dictaba la elegancia de la época– en el de un lado caramelos para sus hijos, en el otro chocolates para su esposa.

Niña tarahumara
Niña tarahumara
Aprendiendo el Jarabe Tapatío
Aprendiendo el Jarabe Tapatío
Tejiendo a orilla del lago
Tejiendo a orilla del lago
Pequeños pescadores
Pequeños pescadores

Quizá mucho de ese espíritu es el que hizo que lograra gran empatía con los niños y ésta se reflejará en las fotografías donde los captó, lo mismo en sus encuentros cotidianos que en regiones indígenas, orfanatorios  e incluso en las experiencias del viaje. Los niños le miran, le sonríen… Esta es solo una pequeña muestra de un tesoro mayúsculo que, sobre niños, se halla en su legado fotográfico. Son otra forma de ver su corazón amoroso.

Tomás Montero
Tomás Montero
Manuel Buendía

Icono de la libertad: Manuel Buendía

Tomás Montero Torres y Manuel Buendía estaban destinados a conocerse, porque ambos eran michoacanos, y porque a ambos sus familias les desearon la profesión de sacerdortes, aunque, a ambos también, la vida los llevó por otros caminos: fotógrafo y pintor el primero; docente y periodista el segundo (además, Buendía era 13 años más joven que Montero). El destino los reunió en un proyecto editorial comandado por otro gran representante y decano del medio periodístico: Carlos Septién García; y más tarde los llevaría a compartir la aventura de ser docentes en la escuela de periodismo que lleva su nombre.

Fundador de La Nación, considerado en su tiempo el semanario político más importante de América Latina, Septién García atrajo el talento e interés de ambos y los formó en la crítica objetiva y sagaz; mientras que la revista sería, para los dos, una plataforma fundamental de despegue hacia otros derroteros de la comunicación.

Manuel Buendía
Manuel Buendía

 

Manuel Buendía tuvo una trayectoria coherente y de aportes valiosos. Fue el iniciador, por ejemplo, de esfuerzos de divulgación científica en la prensa escrita, en colaboración larga y estrecha con el Conacyt.

Su oficio incisivo se reflejó en todo su trabajo, y aún más, en una de las columnas que firmaba y que, gracias a su calidad, se publicaba en gran número de medios nacionales e internacionales: Red Privada. Fue censurado en más de una ocasión, y siempre encontró el modo de dejar atrás las presiones para brindar su voz clara e inquisitiva en otros espacios, donde ahondó sobre la CIA, el tráfico de armas y drogas, entre otros temas candentes para la época.

A más de uno molestó, porque el 30 de mayo de 1984 un sicario lo asesinó con cinco balazos por la espalda, en el cruce de Reforma e Insurgentes. Se sabe que estuvieron involucrados varios altos mandos de la Defensa y la Policía de aquel entonces, el nieto del ex Presidente Manuel Ávila Camacho (por lo que estuvo preso 18 años), y Manuel Bartlett, hoy Senador de la República por el Partido del Trabajo.

Manuel Buendía
Manuel Buendía

En honor de Manuel Buendía se creó en 1998 una fundación que lleva su nombre, y que desde entonces publica cada año el informe Recuento de daños, sobre el estado de la libertad de expresión e información en México. Hoy que es Día de la Libertad de Expresión en nuestro país, con tantos periodistas abatidos y censurados, Buendía es uno más para ser recordado.