Los autógrafos

¿Qué significa para un fan conseguir un autógrafo de aquel a quien admira? ¿Qué emociones se producen en aquel que otorga una dedicatoria de propia mano a un desconocido que se lo pide con gesto fervoroso? He visto varias veces esta serie de imágenes captadas por Tomás Montero Torres en 1966, muy probablemente al finalizar un concierto del ídolo de la juventud de esos años, Enrique Guzmán, y lo primero que me impacta es el arrebato de unos y el contraste emocional del segundo: a ratos calmo, a veces angustiado, en unas tomas en aparente soledad, en otras con un resguardo que se antoja mínimo…

Para esa fecha Guzmán ya tenía cinco años de haber dejado a los Teen Tops para grabar su primer disco como solista, Cien Kilos de Barro. No era un novato en los escenarios y aunque incursionó en la carrera de Medicina en la UNAM, sabía que su vocación era el canto. Lo que probablemente no esperaba era la algarabía que su físico y voz provocarían en un público muy diverso, tanto en género como en edades y circunstancias sociales.

Muy probablemente contribuyó a la creación del fenómeno que significó en el rock nacional de aquellos años su participación, más que en la radio, en el cine con la película Locura de Juventud -donde estuvo apadrinado por Libertad Lamarque y Doña Sara García- lo mismo que por la joven televisión comercial mexicana, que desde sus inicios en 1950 vislumbró la influencia y capacidad que llegaría a alcanzar.

Pero ese día de 1966 Enrique Guzmán dedicó tiempo a sus admiradores: estuvo cercano a ellos, les miró a los ojos, escuchó nombres y los repitió en una frase afectuosa en hojas o cuadernos… Fue un ser alcanzable, una posibilidad, un dios del Olimpo que se situaba en una coyuntura terrenal. Rozarlo apenas, imagino, pudo haber causado el éxtasis en más de uno…

Yo creo que él disfrutó ese día los suspiros y las sonrisas, los cuchicheos revoloteando a su alrededor, la breve valla que lo separaba de esa entrega total que se le ofrecía encarnada en hombres y mujeres radiantes de felicidad al tenerlo tan, tan cerca.

Me gustaría imaginar que más de uno aún conserva entre sus recuerdos de juventud aquellas líneas hechas sin prisa -un pedacito de su ídolo-, con la ingenuidad de un cantante tan joven como muchos de ellos, que se sentía guarecido por el cobijo de sus afectos sinceros y desbordados. Esas hojas, muy probablemente amarillentas con el paso del tiempo, testificarían las épocas en que los ídolos no eran artificiosos e inalcanzables… Más bien, seres llenos de anhelos y empeños para alcanzarlos, como muchos que se ven en estas imágenes, tras los barandales y cercos improvisados, con sus brazos estirados hacia la encarnación del sueño.

 

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